¿Cómo puede el papel
soportar tanta belleza? ¿Cómo pueden unas cuántas
páginas abrirnos tantas puertas? ¿Cómo pueden
las imágenes trasladarnos de manera casi mágica a
lugares lejanos? ¿Cómo pueden las palabras traernos
en un instante ante los ojos los más recónditos rincones
de nuestro país? ¿Cómo el simple hecho de hojear
una revista puede mojarnos y mojarlo todo con su luz? Estas son
las preguntas que como mariposas, o aves multicolores, revolotean
en la mente cuando entre manos está 'Rumbos de Sol y Piedra'.
La publicación que dirige Charles Stone ya entró
en su tercer año y pese a las dificultades, número
tras número y con gran esfuerzo y más amor que ganancias,
ha seguido entregándonos el alma del Perú en lo
que, sin duda, es una de las más hermosas revistas editadas
en nuestro país.
Mejores vientos parecen estar soplando para Rumbos gracias al
auspicio de una serie de empresas fascinadas con el Perú,
y al empeño y dedicación de su gerenta general María
Fé García Uranga. Hace pocos días llegó
a nuestra redacción su más reciente número,
con interesante material sobre el patrimonio natural y cultural
de este pequeño rincón del planeta, que es nuestra
patria. Para muestra un botón. A continuación resumimos
'La Vuelta de las Mil Lagunas', texto de Jorge Yamamoto, que nos
descubre un periplo de ensueño a tan sólo tres horas
de la polucionada y caótica Lima...
(MMMQ)
Al salir de Lima por la congestionada Panamericana Norte, nos
alejamos del bullicio y desorden de la ciudad, tomando el desvío
a Canta, por una carretera estrecha y zigzagueante que rápidamente
nos transporta al ambiente rural. Los amplios valles costeros
van cediendo paso a las primeras estribaciones de la Cordillera
de los Andes.
Continuando el ascenso, pasamos por los petroglifos de Checta,
que reflejan no sólo el enigmático pasado de nuestra
cultura, sino también su deplorable presente. Desgraciadamente
muchas de las magníficas figuras han sido garabateadas.
Si se desea contemplar los petroglifos, deberá caminar
considerablemente, hasta donde los ignorantes se cansaron de hacer
grafitis y dibujar figuras indignas de mencionar.
CANTA LA BELLA
Más adelante, ascendiendo por la cordillera, pasamos Santa
Rosa de Quives, donde encontramos un buen hotel (el único
en toda la ruta), muy cerca de donde vivió la santa limeña.
Desde allí el camino va dibujando cada vez más vegetación,
y un río más transparente y amplio, hasta llegar
a Canta, capital del distrito del mismo nombre.
Canta conserva en su mayor parte la arquitectura típica
de los pueblitos serranos: construcciones de adobe, balcones de
madera, techos a dos aguas, plaza de armas con iglesia y municipio.
A 3,000 metros sobre el nivel del mar, resulta el lugar perfecto
para aclimatarse y continuar el viaje. Puede pernoctar en hospedajes
y hostales, desde lo aceptable hasta lo folklórico, o bajar
unos diez minutos hasta Obrajillo, donde encontrará lugares
donde puede hacer algún campamento.
El camino continúa a partir de allí por una ruta
afirmada en buen estado. El polvoriento camino asciende por paisajes
que resultan cada vez más bellos y remotos, el tránsito
se vuelve más escaso, y el río más transparente.
El verdor del pasto, las montañas y cataratas, van describiendo
lugares donde sería muy agradable un relajante campamento
de fin de semana (lejos del bullicio y hacinamiento frecuentes
en Obrajillo).
ARRIBA, CERCA AL CIELO
Rápidamente aparecen los primeros ichus, planta típica
de la región que nos advierte estar bordeando ya los 4,000
m.s.n.m. El verdor del paisaje va cambiando por el color dorado
de la puna. De pronto, en el fondo, aparecen los primeros nevados
del viaje, al divisar la Cordillera de la Viuda. Este no es el
mejor ángulo para apreciar la cordillera, pero desde ese
punto es posible iniciar caminatas para contemplar sus glaciales
en toda su magnitud.
Allí aparecen las primeras lagunas del camino. Torococha
se encuentra justo antes de bordear la Viuda. Después se
ve la segunda laguna, Chuchón, según el Instituto
Geográfico Nacional. Su color azul profundo, acompaña
por más de un kilómetro la carretera que la bordea.
Apenas es perdida de vista, se pasa por Verde Cocha, cuyo hermoso
color explica su nombre. Así sucesivamente, se irán
encontrando más y más lagunas, hasta perder la cuenta
y la idea de cuál era más hermosa que la otra.
Desde aquí el camino se vuelve menos apto para vehículos
de ciudad, llegando en varios momentos a requerir una considerable
altura sobre el suelo (20 centímetros), aunque la doble
tracción es sólo necesaria cuando llueve y en varios
tramos específicos.
FAUNA VARIADA
La fauna no es escasa en esta zona: infaltables vizcachas en
las rocas más altas, patos, halcones, huashuash, vicuñas
y tarucas, entre muchos más animales, nos transportan a
un ambiente muy íntimo con la naturaleza, donde prima la
preocupación de que se conserve así.
Es sumamente importante estar aclimatados, porque desde ese punto
el camino marca los 4,500 m.s.n.m en promedio y en los próximos
días no se baja de 4,200 m.s.n.m. Esto, por otro lado,
permite contemplar hermosos nevados en la ruta, como el cerro
Yanque.
La ruta en esta parte no se encuentra señalizada, y cuenta
con muchas cruces y desvíos. Recomendamos llevar la carta
nacional de Canta, Ondores y Cerro de Pasco. El resto del camino
está adecuadamente señalizado o hay dónde
preguntar.
IRREPETIBLES FORMACIONES
Contando con un buen equipo para el frío (pues uno se
halla a temperaturas de congelamiento), hay muchos lugares ideales
para acampar: agua, buen paisaje, tranquilidad y soledad. Casi
al final de la explanada, tras unas cuatro horas y media desde
la Cordillera de la Viuda, hallamos la laguna de Huascacocha,
la más grande hasta ese momento, cuyas aguas cambian de
azul profundo, pasando por el rozado, al ocre. Su delgada y zigzagueante
forma acompaña al camino por varios kilómetros,
hasta alejarse en una esquina; caprichoso contorno que más
la hace parecer un río que una laguna.
Desde allí comenzamos a ver extrañas formaciones
de arcilla, que matizan el color dorado de la puna con su intenso
rojo ladrillo.
Cuando empieza a hacerse un poco monótono el camino, van
apareciendo en medio de la puna los primeros farallones de roca,
los cuales se hacen cada vez más grandes hasta llegar a
Huayllay. Este pequeño pueblo está rodeado de inmensas
placas que cortan el interminable altiplano en miles de acres
de torres de roca, y marcan el ingreso al santuario nacional del
mismo nombre.
Tras pasar el pueblo, dentro del santuario, la puna simula una
quebrada al tener en ambos lados del camino los inmensos e incontables
farallones de roca que denotan el camino con sus imponentes formas.
Cerca de Ccochapacha se puede encontrar diversos lugares que si
no fuera por el frío y la altura serían perfectos:
riachuelos de aguas transparentes por donde nadan libremente las
truchas, pasto, árboles de piedras por todas partes, clima
seco y muy pocos insectos.
SINFONIA DE PIEDRA
Los incontables acres del santuario emulan una sinfonía
lograda, en donde se mantiene la coherencia de un mismo paisaje
de torres de piedras. Cada espacio cuenta con un carácter
propio, sin que caigan en ningún momento en la monotonía.
Pinturas rupestres, baños termales, figuras antropomorfas
y zoomorfas, rutas de escalada en roca extrema (algunas de las
rutas de escalada más difíciles del Perú
están allí) así como la grata ausencia de
grupos turísticos organizados, complementan sus atractivos.
Dejando atrás Huayllay, la pista mejora de estado; la
vía presenta piedras sueltas, pero rara vez huecos considerables.
El camino es recto salvo por un par de curvas, hasta llegar a
la carretera asfaltada que a la izquierda nos lleva a Cerro de
Pasco y a la derecha hacia Junín.
BOSQUE DE ENSUEÑO
Huayllay es un bosque de piedras formado por miles de torres
de roca vertical que pueden llegar a medir unos cuarenta metros
de altura.
Entre los estrechos pasos, en medio de las incontables torres,
discurren pequeños riachuelos donde las truchas se podrían
pescar con la mano. Un pasto sacado de un jardín japonés
(ideal para acampar), agua cristalina y una de las mejores rutas
exóticas de escalada en roca a nivel mundial, definen un
lugar de ensueño, tanto para el escalador de roca, como
para cualquier sensible amante de la naturaleza.
Al salir de los estrechos pasos, es posible encontrar amplios
espacios abiertos, siempre rodeados por los erguidos árboles
de piedra.
Cuevas y rocas gigantescas con decoraciones rupestres milenarias,
estancias de ganaderos (cuya paz, cultura y costumbres reflejan
la rica historia del lugar al cual pertenecen) describen un espacio
muy singular, inclusive comparándolo con el increíble
Cumbemayo.
Luego, tras caminar por los interminables acres de Huayllay,
se encuentran aguas termales que compensan el intenso frío
al caer el sol. De noche, con luna llena, las sombras de las torres
caprichosas crean formas a las que la imaginación se encarga
de dar contenido, significado o razón de miedo.
Además, producen un ambiente que, especialmente en los
estrechos donde no hay luz, la luna pinta de plata los pequeños
riachuelos, para generar una sensación que solamente estando
allí se puede percibir y entender. -JORGE YAMAMOTO/Rumbos