Diario El Comercio Lima -Perú 02-09-1998

Martha Meier MQ.

 
Paraísos cercanos a lima
De lagunas, torres de piedra y otras bellezas...
 
¿Cómo puede el papel soportar tanta belleza? ¿Cómo pueden unas cuántas páginas abrirnos tantas puertas? ¿Cómo pueden las imágenes trasladarnos de manera casi mágica a lugares lejanos? ¿Cómo pueden las palabras traernos en un instante ante los ojos los más recónditos rincones de nuestro país? ¿Cómo el simple hecho de hojear una revista puede mojarnos y mojarlo todo con su luz? Estas son las preguntas que como mariposas, o aves multicolores, revolotean en la mente cuando entre manos está 'Rumbos de Sol y Piedra'.

La publicación que dirige Charles Stone ya entró en su tercer año y pese a las dificultades, número tras número y con gran esfuerzo y más amor que ganancias, ha seguido entregándonos el alma del Perú en lo que, sin duda, es una de las más hermosas revistas editadas en nuestro país.

Mejores vientos parecen estar soplando para Rumbos gracias al auspicio de una serie de empresas fascinadas con el Perú, y al empeño y dedicación de su gerenta general María Fé García Uranga. Hace pocos días llegó a nuestra redacción su más reciente número, con interesante material sobre el patrimonio natural y cultural de este pequeño rincón del planeta, que es nuestra patria. Para muestra un botón. A continuación resumimos 'La Vuelta de las Mil Lagunas', texto de Jorge Yamamoto, que nos descubre un periplo de ensueño a tan sólo tres horas de la polucionada y caótica Lima...
(MMMQ)

Al salir de Lima por la congestionada Panamericana Norte, nos alejamos del bullicio y desorden de la ciudad, tomando el desvío a Canta, por una carretera estrecha y zigzagueante que rápidamente nos transporta al ambiente rural. Los amplios valles costeros van cediendo paso a las primeras estribaciones de la Cordillera de los Andes.

Continuando el ascenso, pasamos por los petroglifos de Checta, que reflejan no sólo el enigmático pasado de nuestra cultura, sino también su deplorable presente. Desgraciadamente muchas de las magníficas figuras han sido garabateadas. Si se desea contemplar los petroglifos, deberá caminar considerablemente, hasta donde los ignorantes se cansaron de hacer grafitis y dibujar figuras indignas de mencionar.

CANTA LA BELLA

Más adelante, ascendiendo por la cordillera, pasamos Santa Rosa de Quives, donde encontramos un buen hotel (el único en toda la ruta), muy cerca de donde vivió la santa limeña. Desde allí el camino va dibujando cada vez más vegetación, y un río más transparente y amplio, hasta llegar a Canta, capital del distrito del mismo nombre.

Canta conserva en su mayor parte la arquitectura típica de los pueblitos serranos: construcciones de adobe, balcones de madera, techos a dos aguas, plaza de armas con iglesia y municipio. A 3,000 metros sobre el nivel del mar, resulta el lugar perfecto para aclimatarse y continuar el viaje. Puede pernoctar en hospedajes y hostales, desde lo aceptable hasta lo folklórico, o bajar unos diez minutos hasta Obrajillo, donde encontrará lugares donde puede hacer algún campamento.

El camino continúa a partir de allí por una ruta afirmada en buen estado. El polvoriento camino asciende por paisajes que resultan cada vez más bellos y remotos, el tránsito se vuelve más escaso, y el río más transparente. El verdor del pasto, las montañas y cataratas, van describiendo lugares donde sería muy agradable un relajante campamento de fin de semana (lejos del bullicio y hacinamiento frecuentes en Obrajillo).

ARRIBA, CERCA AL CIELO

Rápidamente aparecen los primeros ichus, planta típica de la región que nos advierte estar bordeando ya los 4,000 m.s.n.m. El verdor del paisaje va cambiando por el color dorado de la puna. De pronto, en el fondo, aparecen los primeros nevados del viaje, al divisar la Cordillera de la Viuda. Este no es el mejor ángulo para apreciar la cordillera, pero desde ese punto es posible iniciar caminatas para contemplar sus glaciales en toda su magnitud.

Allí aparecen las primeras lagunas del camino. Torococha se encuentra justo antes de bordear la Viuda. Después se ve la segunda laguna, Chuchón, según el Instituto Geográfico Nacional. Su color azul profundo, acompaña por más de un kilómetro la carretera que la bordea.

Apenas es perdida de vista, se pasa por Verde Cocha, cuyo hermoso color explica su nombre. Así sucesivamente, se irán encontrando más y más lagunas, hasta perder la cuenta y la idea de cuál era más hermosa que la otra.

Desde aquí el camino se vuelve menos apto para vehículos de ciudad, llegando en varios momentos a requerir una considerable altura sobre el suelo (20 centímetros), aunque la doble tracción es sólo necesaria cuando llueve y en varios tramos específicos.

FAUNA VARIADA

La fauna no es escasa en esta zona: infaltables vizcachas en las rocas más altas, patos, halcones, huashuash, vicuñas y tarucas, entre muchos más animales, nos transportan a un ambiente muy íntimo con la naturaleza, donde prima la preocupación de que se conserve así.

Es sumamente importante estar aclimatados, porque desde ese punto el camino marca los 4,500 m.s.n.m en promedio y en los próximos días no se baja de 4,200 m.s.n.m. Esto, por otro lado, permite contemplar hermosos nevados en la ruta, como el cerro Yanque.

La ruta en esta parte no se encuentra señalizada, y cuenta con muchas cruces y desvíos. Recomendamos llevar la carta nacional de Canta, Ondores y Cerro de Pasco. El resto del camino está adecuadamente señalizado o hay dónde preguntar.

IRREPETIBLES FORMACIONES

Contando con un buen equipo para el frío (pues uno se halla a temperaturas de congelamiento), hay muchos lugares ideales para acampar: agua, buen paisaje, tranquilidad y soledad. Casi al final de la explanada, tras unas cuatro horas y media desde la Cordillera de la Viuda, hallamos la laguna de Huascacocha, la más grande hasta ese momento, cuyas aguas cambian de azul profundo, pasando por el rozado, al ocre. Su delgada y zigzagueante forma acompaña al camino por varios kilómetros, hasta alejarse en una esquina; caprichoso contorno que más la hace parecer un río que una laguna.

Desde allí comenzamos a ver extrañas formaciones de arcilla, que matizan el color dorado de la puna con su intenso rojo ladrillo.

Cuando empieza a hacerse un poco monótono el camino, van apareciendo en medio de la puna los primeros farallones de roca, los cuales se hacen cada vez más grandes hasta llegar a Huayllay. Este pequeño pueblo está rodeado de inmensas placas que cortan el interminable altiplano en miles de acres de torres de roca, y marcan el ingreso al santuario nacional del mismo nombre.

Tras pasar el pueblo, dentro del santuario, la puna simula una quebrada al tener en ambos lados del camino los inmensos e incontables farallones de roca que denotan el camino con sus imponentes formas. Cerca de Ccochapacha se puede encontrar diversos lugares que si no fuera por el frío y la altura serían perfectos: riachuelos de aguas transparentes por donde nadan libremente las truchas, pasto, árboles de piedras por todas partes, clima seco y muy pocos insectos.

SINFONIA DE PIEDRA

Los incontables acres del santuario emulan una sinfonía lograda, en donde se mantiene la coherencia de un mismo paisaje de torres de piedras. Cada espacio cuenta con un carácter propio, sin que caigan en ningún momento en la monotonía. Pinturas rupestres, baños termales, figuras antropomorfas y zoomorfas, rutas de escalada en roca extrema (algunas de las rutas de escalada más difíciles del Perú están allí) así como la grata ausencia de grupos turísticos organizados, complementan sus atractivos.

Dejando atrás Huayllay, la pista mejora de estado; la vía presenta piedras sueltas, pero rara vez huecos considerables. El camino es recto salvo por un par de curvas, hasta llegar a la carretera asfaltada que a la izquierda nos lleva a Cerro de Pasco y a la derecha hacia Junín.

BOSQUE DE ENSUEÑO

Huayllay es un bosque de piedras formado por miles de torres de roca vertical que pueden llegar a medir unos cuarenta metros de altura.

Entre los estrechos pasos, en medio de las incontables torres, discurren pequeños riachuelos donde las truchas se podrían pescar con la mano. Un pasto sacado de un jardín japonés (ideal para acampar), agua cristalina y una de las mejores rutas exóticas de escalada en roca a nivel mundial, definen un lugar de ensueño, tanto para el escalador de roca, como para cualquier sensible amante de la naturaleza.

Al salir de los estrechos pasos, es posible encontrar amplios espacios abiertos, siempre rodeados por los erguidos árboles de piedra.

Cuevas y rocas gigantescas con decoraciones rupestres milenarias, estancias de ganaderos (cuya paz, cultura y costumbres reflejan la rica historia del lugar al cual pertenecen) describen un espacio muy singular, inclusive comparándolo con el increíble Cumbemayo.

Luego, tras caminar por los interminables acres de Huayllay, se encuentran aguas termales que compensan el intenso frío al caer el sol. De noche, con luna llena, las sombras de las torres caprichosas crean formas a las que la imaginación se encarga de dar contenido, significado o razón de miedo.

Además, producen un ambiente que, especialmente en los estrechos donde no hay luz, la luna pinta de plata los pequeños riachuelos, para generar una sensación que solamente estando allí se puede percibir y entender. -JORGE YAMAMOTO/Rumbos