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Orquídea. La
más rara, la más hermosa de las flores. Algunas crecen
en las selvas, otras en las montañas más altas, sobre
la copa de los árboles o la roca desnuda, también
flotando en el agua. Dos especies, rarísimas, florecen enterradas
sin jamás asomar sus colores para ver la luz del sol. Mirarlas
es todo un espectáculo.
Toman formas que recuerdan lepidópteros, cisnes,
lagartijas, y hasta hombrecitos barbados. Aunque las hay de colores
tan profundos que se acercan al negro, no se conoce orquídea
alguna de tal oscuridad. Pero sí de muchos otros colores:
rojas, blancas, lilas y naranjas, intensamente amarillas, marrones
y muy pocas azules. Tan pequeñitas son algunas que cabría
la planta toda en un dedal, otras son enormes. Los especialistas
no se ponen de acuerdo en la cantidad de especies que existen, aunque
las calculan en algo más de treinta mil. Se trata, pues,
de la más grande familia de flores del jardín terrestre.
Belleza y aroma que han cautivado a través
de los tiempos, y que en nuestro país están a punto
de desaparecer arrancadas por manos inescrupulosas que han descubierto
el buen negocio del rapto de las orquídeas...
La orquídea, esa hermosa y fragante flor cuyos más
exóticos ejemplares se desarrollan en el trópico húmedo
es, para los coleccionistas, un raro y valioso trofeo.
La pasión por los intensos colores y caprichosas
formas de la flor, fomenta un millonario comercio internacional
que "rapta" a la especie para llevarla a las grandes ciudades
del mundo. Esto, en opinión de los conservacionistas, ha
puesto en peligro la supervivencia de la especie en su hábitat
natural, situación que se ve agravada por la pérdida
irreversible de extensas zonas naturales donde ella florece.
La mayoría de naciones donde las orquídeas
son parte del paisaje han dado estrictos reglamentos para su conservación,
que apuntan al control de la extracción y del comercio masivo
como una medida para evitar una irreversible pérdida. En
nuestro país, pese a que existen algunos reglamentos, los
especialistas coinciden en afirmar que de no adoptarse medidas más
estrictas y efectivas, la orquídea peruana estaría
irremediablemente perdida.
La belleza y fragancia de esta planta se dá
principalmente en nuestra húmeda selva. De las especies existentes
sobre el planeta, tres mil florecen en nuestras tierras. Cusco,
Madre de Dios, Loreto, Ucayali, San Martín, Piura, Ancash,
Amazonas son algunos de los lugares que, con tristeza, ven como
manos inescrupulosas han ido borrando la flor de sus paisajes.
Un poco de historia
Las orquídeas ya eran muy conocidas desde
la antigüedad. Fueron los primeros griegos quienes se ocuparon
de la planta por sus peculiaridades.
Teofrasto, el padre de la botánica, dio el
nombre de Orchis, a la especie europea que estudió; palabra
griega que hacía referencia a la anatomía masculina.
Desde la antigüedad, pues, existió un
gran interés por estas flores siempre rodeadas de leyendas
y misterio.
Con el advenimiento de las conquistas y la exploración
de las zonas tropicales; Europa aprendió que existían
especies mucho más imponentes que las que se daban en sus
tierras, y que algunas resultaban muy agradables al paladar.
Cuando los recios conquistadores de México
se toparon con los aztecas, descubrieron que estos añadían
las semillas fragantes de la vaina de una orquídea a su bebida
de cacao.
La Vainilla planifolia (la flor del sabor de los
helados contemporáneos) fue llevada a Europa y luego a Madagascar.
La isla es hoy, el más grande productor de la semilla; satisface
más de la mitad del consumo mundial. En Madagascar los agricultores
se han beneficiado con un recurso al que no se le apoya en nuestro
país. La vainilla, como las demás orquídeas
podrían ser una herramienta para elevar los niveles de vida
de las comunidades selváticas, y un motivo más para
promover entre los colonos la protección de las selvas tropicales.
Extrañas relaciones
En 1862 Darwin publicó "Sobre los variados
artificios mediante las orquídeas son fertilizadas por los
insectos". "Estos -escribiría el sabio inglés-
son variados y tan hermosos como las adaptaciones del reino animal".
Y es que las orquídeas aseguran su fertilización con
artimañas tan caprichosas que a veces resultan increíbles...
En 1731 un botánico inglés recibió
un herbario de las Bahamas donde había un espécimen
de orquídea. Después de muchos cuidados logró
que floreciera, se trataba de la hermosísima Bletia purpurea.
Este suceso desencadenó una fiebre sin precedentes por la
flor, sin embargo pasaron más de cien años para que
se lograra cultivar orquídeas en los invernaderos de Europa;
los intentos habían sido desastrosos.
Los botánicos desconocían entonces
que estas flores necesitan ser polinizados por insectos y avecillas,
y los bichos definitivamente tienen negado el ingreso a los invernaderos.
Cuando por algún descuido una pequeña abeja (quizá)
logró su cometido, las semillas producidas no lograron germinar.
No se había descubierto aún que las semillas pulvurulentas
de la orquídea, a diferencia de la mayoría de semillas,
carecen de endosperma (reserva nutritiva) y que dependen de una
frágil y complicada relación para sobrevivir.
Para 1904 un francés apellidado Bernart, intrigadísimo
por el comportamiento de la flor fuera de su habitat natural descubrió
que estas sólo lograban germinar al ser "infectadas"
por un hongo. Hoy sabemos que se trata de un hongo simbionte que
les suministra alimentos a cambio de determinadas sustancias.
Los descubrimientos sobre las peculiaridades reproductivas
de las orquídeas permitieron su domesticación en los
invernaderos. Comenzó entonces la "cacería"
de especies raras.
Los bribones...
Para comienzos del siglo diecinueve el tráfico
de orquídeas era un excelente negocio. Se formaron diversas
sociedades que entre intrigas y espionaje lograban ubicar las especies
más valiosas y sacarlas de los países tropicales.
A nuestro país llegó, en 1892, un tal
Oversluys, un bribón que por más de siete meses recorrió
nuestras tierras en busca de la Cattleya Rex, una valiosísima
especie que hoy a desaparecido casi totalmente.
En 1885 un tal Mr. Williams, funcionario de una de
las casas comercializadoras de orquídeas, escribía
preocupado sobre la forma como los "raptores" arrancaban
por millares bellísimas especies "teniendo muy poco
respeto por estos tesoros naturales y sin tomar en cuenta el futuro..."
La depredación que establecieron estos traficantes
es, en la actualidad, asunto cotidiano; las cosas resultan además
bastante más serias debido al retroceso de las selvas. Este
sólo factor, en el Perú, deriva en una pérdida
anual de 25 millones de orquídeas. Es pues evidente la necesidad
de una mayor protección.
Como bien dice el Dr. Miguel Ibañez "no
es posible que ante este hecho lamentable no se preste atención
a la depredación causada por la mano del hombre. Es cierto
que frente a la magnitud de la desaparición de orqúideas
por otras causas, el problema causado por la extracción con
fines comerciales parece mínimo. Pero lo cierto es que esas
orquídeas que se arrancan de su hábitat natural para
venderlas a los coleccionistas internacionales pueden las últimas".
Si el deterioro de nuestros bosques húmedos
continúa al ritmo actual y no se desarrollan proyectos que
permitan conservar las orquídeas peruanas, para el año
dos mil tendremos que conformarnos con ver fotografías de
los ejemplares...
Es necesario promover la investigación, conocer
a fondo este recurso florístico y realizar un inventario
de las especies amenazadas. Un importante paso al respecto sería
el establecimiento del banco de germoplasma propuesto por algunos
especialistas de la Universidad de San Marcos. Allí se resguardarían
semillas para el futuro. Se hace necesario, además, el establecimiento
de invernaderos; de ellos deberían salir todos los ejemplares
a comercializarse
La orquídea es un excelente recurso; bien
manejado puede significar la base del desarrollo de olvidadas comunidades
de la selva. La flor es muy cotizada en los mercados internacionales;
algunos ejemplares pueden alcanzar un valor de más de dos
mil dólares. Sin duda una buena oportunidad para traer prosperidad
a los colonos y una forma más de demostrar que el desarrollo
de la amazonía no tiene por que estar basado en la deforestación
masiva.
Las más raras, las más hermosas flores
podrían desaparecer de nuestro país para siempre...¡No
lo permitamos!
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