Diario El Comercio Lima -Perú
22-12-1990

 
El último delfín
 

Alrededor del globo, en todos los puertos del planeta, se escribe una misma historia de sangre donde algunas de las víctimas son los delfines. Inmensas embarcaciones pesqueras llegan con sus redes cargadas de infinitas especies entre las que, lamentablemente, se distingue siempre las siluetas del mamífero más simpático de los océanos.

Una terrible masacre en la que participan también pequeñas embarcaciones de pesca artesanal, botecitos que llegan manchados con la sangre de cetáceos, muchas veces muertos a golpes. En las islas Aleutianas, en los mares de Túnez, Japón, Dinamarca y, cómo no, en los del Perú, la matanza de delfines es un asunto cotidiano; y como si tanta muerte no fuera suficiente, la contaminación, flagelo contemporáneo, está convirtiendo en veneno el agua salada, extendiendose así la maléfica acción humana. Cetáceos enfermos que llegan agónicos a morir en las playas son un asunto de todos los días. Sin duda, estamos frente a uno de los tantos episodios vergonzosos de la historia del hombre, en que el progreso se confunde con la muerte...

Marguerite Yourcenar, una de las más lúcidas y brillantes escritoras que ha visto nuestro tiempo, reflexiona en `¿Qué? La Eternidad', su último ensayo editado póstumamente, frases que hoy cobran mayor vigencia: "...De repente, en alta mar y a buena distancia de la costa, apareció un grupo de delfines atravesando oblicuamente la ruta del barco.


Una docena de grandes criaturas relucientes y felices, que nada sabían acerca de los fugitivos que íbamos en aquella miserable arca humana, libre como en esos días en que el mundo ya viejo, con millones de años encima se sentía todavía nuevo y rebosante de dioses. Raza sublime, mejor dotada que las otras criaturas limitadas de la tierra, que se encuentra igual de a gusto en la curva de las olas que en las sinuosidades de su cuerpo. Es cierto que conozco, después del breve idilio de Grecia en que, al parecer, los delfines y los hijos de los hombres se socorrieron y amaron, todos los crímenes que hemos cometido y cometemos más que nunca contra esas saltarinas deidades del mar. Sé que nuestra destrucción de la naturaleza justifica la del hombre. Lo sé ahora: en aquella época la aparición maravillosa era una epifanía sin sombras.

Así escribía la Yourcenar sobre un encuentro con estos maravillosos seres cuando era tan solo una niña. ¿Cómo se hubiera sentido de conocer la dramática situación actual?
Redes asesinas

Hace algunas semanas publicamos una nota acerca de los estragos que causan, sobre el equilibrio ecológico de los mares, la operación de naves "rastreras"; enormes embarcaciones de pesca industrial que utilizan redes flotantes de hasta setenta kilómetros de largo. Monstruos como éstos también operan en nuestros mares y, al igual que en los del resto del planeta, literalmente "barren" el fondo marino. Son mallas tan finas y resistentes que impiden que ser vivo alguno, por pequeño que sea, logre escapar. Según informa la edición de aniversario de la revista "Conocer y Saber" (de cuyo informe: "Delfines: hay que salvarlos de la matanza", extraemos algunos datos y fotos) el impacto de estas redes sobre la fauna marina es tan brutal que los ecologistas la han bautizado con el apodo de "muro de la muerte".

Pero, no sólo estas redes afectan al mamífero más simpático e inteligente de los mares, también los pescadores artesanales los matan, y, a ¡palos!. "Para proteger nuestras redes", "porque hay muchos y se comen los peces" o "porque la gente gusta de su carne y pagan bien", según dicen. Justamente esta última afirmación la hemos podido constatar en la bahía de Ancón.

Desde hace algunas semanas "El Comercio", tanto en la sección Ecología al Día, como en las páginas de información local, ha venido denunciando la matanza de delfines en Ancón, Pucusana, Paita y otros lugares de nuestra costa.

Según pudimos averiguar, su carne se vende un poco más barata que la de vaca. En los mercados es ofrecida con el nombre de chancho marino y en los restaurantes como "muchame" o "bushame". Lamentable que nos estemos comiendo a una especie en extinción, tan fácil de domesticar y que en más de una ocasión ha salvado la vida de sobrevivientes de naufragios, ahuyentando a uno que otro tiburón que pretendía deleitarse con un bocadillo de carne humana para el almuerzo.
Pero comer delfín no es exclusividad de los peruanos, ni resultado de la crisis, como nos quieren hacer creer. La American Cetacean Society, por ejemplo, ha denunciado que grandes conserveras japonesas envasan la carne del mamífero en aceite para venderla como si fuera atún y, según dicen, lo mismo viene ocurriendo en España y otras naciones del mundo "desarrollado".

Viejos amigos

Desde siempre la figura saltarina de los delfines ha sido la compañía preferida de los navegantes, quienes han sabido reconocer en ellos a unos buenos amigos dispuestos a dar un momento de alegría y auxilio cuando es necesario.

Plinio el Viejo, célebre escritor romano, cuenta en su "Historia Natural", cómo los pescadores de Narbona (hoy en la costa mediterránea francesa) pescaban una especie similar al atún, ayudados por los delfines.

Relatos de todas las épocas dan cuenta sobre el socorro prestado a los seres humanos, probablemente es recordado por todos nuestras lectoras y lectores, el relato de Telémaco que fue ayudado a flotar y luego empujado hasta la playa por un hermoso y blanco ejemplar; un delfín, pues, arrancó de los brazos de la muerte al hijo del eterno Ulíses. Pero no sólo en libertad los delfines nos sorprenden...

En los acuarios del mundo estos inteligentísimos seres se dedican a deleitarnos con una diversidad de trucos y piruetas que rápidamente aprenden de sus entrenadores. La Marina Norteamericana, haciendo uso de esa dócil inteligencia ha desarrollado un, no tan inteligente, programa bélico: han enseñado a los delfines a colocar bombas en las embarcaciones enemigas y a accionar alarmas ante la presencia de submarinos extraños.

Lamentablemente, tanta amistad no ha impedido que nuestro amigo de los océanos esté a punto de convertirse en un mito...los estudiosos afirman que de no revertirse la actual tendencia, los delfines que podremos admirar serán aquellos ejemplares disecados que decoran algunos Museos de Historia Natural.
Una mortal simbiosis

Según informa "Conocer y Saber", la flota pesquera española acabó con todos los ejemplares que poblaban las costas de Túnez. El pecado de estos animalitos es un sofisticadisimo sonar natural que le permite detectar objetos tan pequeñitos como una chapita de gaseosa a varios kilómetros de distancia. Esta maravilla tecnológica ha hecho que los atunes, que comparten con ellos las mismas aguas, la usen a su favor, esta maravilla tecnológica y así cuando los cetáceos salen a "almorzar" los nada tontos atúnes nadan por debajo en grandes cardúmenes, asi son guiados hasta los comedores. Una vez allí cada especie se va por su lado. Esta simbiosis fue desde hace mucho detectada por los pescadores que, la aprovechan para su propio beneficio, sin ver más alla de sus bolsillos.

Según informa la mencionada revista, es en estos comederos que "auxiliados" por helicópteros los hombres arrojan cargas de dinamita para cortar el paso de los cetáceos, obligándolos a enfilar rumbo a las redes de las naves. Una vez en el sitio elegido, recogen las mallas y extraen miles de atunes junto con cientos de delfines".

En las aguas japonesas del Pacífico, por ejemplo, en los años sesenta y setenta se capturaron menos de nueve mil animalitos pero para los años ochenta la cifra se había elevado a trece mil. El año pasado, las autoridades japonesas aceptaron avergonzadas que la pesca de delfines llegaba casi a los cuarenta mil ejemplares y se supo también que en las aguas del sol naciente no vivian ya más de ciento cuatro mil ejemplares.
En la zona del Golfo de Bengala se capturan cada año 42 mil ejemplares de esta especie. En los mares de Nueva Zelanda, donde habita una variedad única llamada héctor, las masacres eran tan grandes que el gobierno se vió obligado a declarar Santuario Nacional de Mamíferos Marinos a la bahía de Banks. En California una especie ya desapareció para siempre del golfo debido a la pesca intensiva, algo similar ocurrirá con una variedad llamada baiji, para fines de siglo y los delfines del Ganges y del Amazonas seguramente no correrán mejor suerte.

Parece increíble que se cause tanto sufrimiento y dolor a una criatura tan hermosa y amable con la raza humana. Pero así es nuestra especie de malagradecida.

Treintaiuna especie de delfines forman la gran familia de los delfínidos, la familia más grande de mamíferos marinos, un grupo en problemas que parece haber comprendido mejor que nosotros y nosotras lo que significa vivir en sociedad y el significado de la palabra solidaridad.

Ojalá algún día en estas páginas podamos contarles que la matanza ha terminado....