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Alrededor del globo,
en todos los puertos del planeta, se escribe una misma historia
de sangre donde algunas de las víctimas son los delfines.
Inmensas embarcaciones pesqueras llegan con sus redes cargadas de
infinitas especies entre las que, lamentablemente, se distingue
siempre las siluetas del mamífero más simpático
de los océanos.
Una terrible masacre en la que participan también
pequeñas embarcaciones de pesca artesanal, botecitos que
llegan manchados con la sangre de cetáceos, muchas veces
muertos a golpes. En las islas Aleutianas, en los mares de Túnez,
Japón, Dinamarca y, cómo no, en los del Perú,
la matanza de delfines es un asunto cotidiano; y como si tanta muerte
no fuera suficiente, la contaminación, flagelo contemporáneo,
está convirtiendo en veneno el agua salada, extendiendose
así la maléfica acción humana. Cetáceos
enfermos que llegan agónicos a morir en las playas son un
asunto de todos los días. Sin duda, estamos frente a uno
de los tantos episodios vergonzosos de la historia del hombre, en
que el progreso se confunde con la muerte...
Marguerite Yourcenar, una de
las más lúcidas y brillantes escritoras que ha visto
nuestro tiempo, reflexiona en `¿Qué? La Eternidad',
su último ensayo editado póstumamente, frases que
hoy cobran mayor vigencia: "...De repente, en alta mar y a
buena distancia de la costa, apareció un grupo de delfines
atravesando oblicuamente la ruta del barco.
Una docena de grandes criaturas relucientes y felices, que nada
sabían acerca de los fugitivos que íbamos en aquella
miserable arca humana, libre como en esos días en que el
mundo ya viejo, con millones de años encima se sentía
todavía nuevo y rebosante de dioses. Raza sublime, mejor
dotada que las otras criaturas limitadas de la tierra, que se encuentra
igual de a gusto en la curva de las olas que en las sinuosidades
de su cuerpo. Es cierto que conozco, después del breve idilio
de Grecia en que, al parecer, los delfines y los hijos de los hombres
se socorrieron y amaron, todos los crímenes que hemos cometido
y cometemos más que nunca contra esas saltarinas deidades
del mar. Sé que nuestra destrucción de la naturaleza
justifica la del hombre. Lo sé ahora: en aquella época
la aparición maravillosa era una epifanía sin sombras.
Así escribía la
Yourcenar sobre un encuentro con estos maravillosos seres cuando
era tan solo una niña. ¿Cómo se hubiera sentido
de conocer la dramática situación actual?
Redes asesinas
Hace algunas semanas publicamos una nota acerca de los estragos
que causan, sobre el equilibrio ecológico de los mares, la
operación de naves "rastreras"; enormes embarcaciones
de pesca industrial que utilizan redes flotantes de hasta setenta
kilómetros de largo. Monstruos como éstos también
operan en nuestros mares y, al igual que en los del resto del planeta,
literalmente "barren" el fondo marino. Son mallas tan
finas y resistentes que impiden que ser vivo alguno, por pequeño
que sea, logre escapar. Según informa la edición de
aniversario de la revista "Conocer y Saber" (de cuyo informe:
"Delfines: hay que salvarlos de la matanza", extraemos
algunos datos y fotos) el impacto de estas redes sobre la fauna
marina es tan brutal que los ecologistas la han bautizado con el
apodo de "muro de la muerte".
Pero, no sólo estas redes
afectan al mamífero más simpático e inteligente
de los mares, también los pescadores artesanales los matan,
y, a ¡palos!. "Para proteger nuestras redes", "porque
hay muchos y se comen los peces" o "porque la gente gusta
de su carne y pagan bien", según dicen. Justamente esta
última afirmación la hemos podido constatar en la
bahía de Ancón.
Desde hace algunas semanas "El
Comercio", tanto en la sección Ecología al Día,
como en las páginas de información local, ha venido
denunciando la matanza de delfines en Ancón, Pucusana, Paita
y otros lugares de nuestra costa.
Según pudimos averiguar,
su carne se vende un poco más barata que la de vaca. En los
mercados es ofrecida con el nombre de chancho marino y en los restaurantes
como "muchame" o "bushame". Lamentable que nos
estemos comiendo a una especie en extinción, tan fácil
de domesticar y que en más de una ocasión ha salvado
la vida de sobrevivientes de naufragios, ahuyentando a uno que otro
tiburón que pretendía deleitarse con un bocadillo
de carne humana para el almuerzo.
Pero comer delfín no es exclusividad de los peruanos, ni
resultado de la crisis, como nos quieren hacer creer. La American
Cetacean Society, por ejemplo, ha denunciado que grandes conserveras
japonesas envasan la carne del mamífero en aceite para venderla
como si fuera atún y, según dicen, lo mismo viene
ocurriendo en España y otras naciones del mundo "desarrollado".
Viejos amigos
Desde siempre la figura saltarina de los delfines ha sido la compañía
preferida de los navegantes, quienes han sabido reconocer en ellos
a unos buenos amigos dispuestos a dar un momento de alegría
y auxilio cuando es necesario.
Plinio el Viejo, célebre
escritor romano, cuenta en su "Historia Natural", cómo
los pescadores de Narbona (hoy en la costa mediterránea francesa)
pescaban una especie similar al atún, ayudados por los delfines.
Relatos de todas las épocas
dan cuenta sobre el socorro prestado a los seres humanos, probablemente
es recordado por todos nuestras lectoras y lectores, el relato de
Telémaco que fue ayudado a flotar y luego empujado hasta
la playa por un hermoso y blanco ejemplar; un delfín, pues,
arrancó de los brazos de la muerte al hijo del eterno Ulíses.
Pero no sólo en libertad los delfines nos sorprenden...
En los acuarios del mundo estos
inteligentísimos seres se dedican a deleitarnos con una diversidad
de trucos y piruetas que rápidamente aprenden de sus entrenadores.
La Marina Norteamericana, haciendo uso de esa dócil inteligencia
ha desarrollado un, no tan inteligente, programa bélico:
han enseñado a los delfines a colocar bombas en las embarcaciones
enemigas y a accionar alarmas ante la presencia de submarinos extraños.
Lamentablemente, tanta amistad
no ha impedido que nuestro amigo de los océanos esté
a punto de convertirse en un mito...los estudiosos afirman que de
no revertirse la actual tendencia, los delfines que podremos admirar
serán aquellos ejemplares disecados que decoran algunos Museos
de Historia Natural.
Una mortal simbiosis
Según informa "Conocer
y Saber", la flota pesquera española acabó con
todos los ejemplares que poblaban las costas de Túnez. El
pecado de estos animalitos es un sofisticadisimo sonar natural que
le permite detectar objetos tan pequeñitos como una chapita
de gaseosa a varios kilómetros de distancia. Esta maravilla
tecnológica ha hecho que los atunes, que comparten con ellos
las mismas aguas, la usen a su favor, esta maravilla tecnológica
y así cuando los cetáceos salen a "almorzar"
los nada tontos atúnes nadan por debajo en grandes cardúmenes,
asi son guiados hasta los comedores. Una vez allí cada especie
se va por su lado. Esta simbiosis fue desde hace mucho detectada
por los pescadores que, la aprovechan para su propio beneficio,
sin ver más alla de sus bolsillos.
Según informa la mencionada
revista, es en estos comederos que "auxiliados" por helicópteros
los hombres arrojan cargas de dinamita para cortar el paso de los
cetáceos, obligándolos a enfilar rumbo a las redes
de las naves. Una vez en el sitio elegido, recogen las mallas y
extraen miles de atunes junto con cientos de delfines".
En las aguas japonesas del Pacífico,
por ejemplo, en los años sesenta y setenta se capturaron
menos de nueve mil animalitos pero para los años ochenta
la cifra se había elevado a trece mil. El año pasado,
las autoridades japonesas aceptaron avergonzadas que la pesca de
delfines llegaba casi a los cuarenta mil ejemplares y se supo también
que en las aguas del sol naciente no vivian ya más de ciento
cuatro mil ejemplares.
En la zona del Golfo de Bengala se capturan cada año 42 mil
ejemplares de esta especie. En los mares de Nueva Zelanda, donde
habita una variedad única llamada héctor, las masacres
eran tan grandes que el gobierno se vió obligado a declarar
Santuario Nacional de Mamíferos Marinos a la bahía
de Banks. En California una especie ya desapareció para siempre
del golfo debido a la pesca intensiva, algo similar ocurrirá
con una variedad llamada baiji, para fines de siglo y los delfines
del Ganges y del Amazonas seguramente no correrán mejor suerte.
Parece increíble que se
cause tanto sufrimiento y dolor a una criatura tan hermosa y amable
con la raza humana. Pero así es nuestra especie de malagradecida.
Treintaiuna especie de delfines
forman la gran familia de los delfínidos, la familia más
grande de mamíferos marinos, un grupo en problemas que parece
haber comprendido mejor que nosotros y nosotras lo que significa
vivir en sociedad y el significado de la palabra solidaridad.
Ojalá algún día
en estas páginas podamos contarles que la matanza ha terminado....
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