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456 años de
fundada celebró ayer Lima. Hoy, la alguna vez llamada Ciudad
Jardín es una gigantesca urbe rodeada de esteras, barro y
basurales que crece arrasándolo todo con el desorden de sus
pasos. Ruidos incesantes de toda clase, humos y hedores que el calcinante
sol de verano profundiza.
Suciedad y pobreza. El caos que hoy reina es el
patético resultado de años de improvisación
y egoísmo frente al medio ambiente.
La Lima de Pizarro, con menos de un centenar de habitantes y 214
hectáreas de superficie, cubre hoy cuarenta mil hectáreas
y es habitada por casi siete millones de personas, muchas de los
cuales recuerdan aún el aroma quieto de los parques, el color
intenso de sus flores y el canto potente de la cuculí...
Jorge Eduardo Eielson en su novela-collage Primera
Muerte de María nos da una visión lúgubre de
la Lima del futuro. Y se pregunta: "Pero ¿qué
cosa era Lima? ¿Esa playa interminable, sembrada de pescado
y pájaros muertos? ¿Esa espantosa humedad que todo
lo podría y lo llenaba de polilla? ¿Esos pobres hermanos
suyos cubiertos de arena, de harapos y de piojos?.."
Esta es, sin duda, una visión pesimista,
pero por lo general la literatura se ha esforzado en darnos ese
tipo de imágenes de nuestra ciudad. De la pobre se ha dicho
casi de todo: "Horrible" dijo Salazar Bondy. Martín
Adán en su Casa de Cartón se refiere a ella como "Lima,
la sucia Lima, caballista, comercial, deportiva, nacionalista tan
seria..." . Y Herman Mellville en su "Moby Dick"
nos habla de "...la imposible Lima, la ciudad más triste
y extraña que se pueda imaginar..."
No uno sino muchos problemas
Que Lima es una ciudad sucia es un asunto que
no tenemos que repetir. Basta salir a la calle para darse cuenta
de que la basura sobra. Las limeñas y los limeños
producimos un kilogramo de basura al día, es decir que los
habitantes de esta entristecida urbe "fabricamos" en conjunto
tres toneladas y media de desperdicios cada 24 horas. Como si las
basuras no fueran suficiente problema, hemos asfaltado casi la totalidad
de nuestras tierras fértiles (no sólo en el valle
del Rimac sino además en los del Chillón y Lurín).
Y si hablamos de ríos tenemos que decir que el río
"hablador" se ha transformado en uno de los más
sucios del planeta, un río muerto que aniquiló la
rica fauna que antaño habitaba en sus aguas.
Hay quienes miran con nostalgia esa Lima que se
nos escapó y hasta podrían jurar que fuimos victimas
de un conjuro maléfico. Pero ¿qué pasó
con Lima? ¿En qué momento perdimos el rumbo?...
Si bien, es cierto que nuestras autoridades pocas
veces han actuado con una visión a largo plazo, el peso de
la responsabilidad no debe caer exclusivamente sobre sus hombros.
En el caso de un juicio todos y todas nosotras tendríamos
que sentarnos sobre el banquillo de los acusados. Si los casi siete
millones que hoy somos pusiéramos un granito de arena, un
poco de esfuerzo y cariño para aligerar las faenas de limpieza
y conservación de la ciudad, indudablemente Lima volvería
a ser la bella Ciudad Jardín, el sueño eterno de poetas
y trovadores.
Quizá el barón Von Humboldt tuvo razón
cuando escribió: "Un egoísmo frío gobierna
a todos y lo que no sufre uno mismo no da cuidado al otro".
Le faltó añadir que inclusive lo que a todos atañe
importa poco. Indudablemente lo que la ciudad necesita, hoy cumplidos
sus 456 años, es que sus habitantes comprendan que de ellos
depende transformarla en una metrópoli limpia, refrescada
por la sombra de los árboles y el colorido perfume de las
flores y con sus casas, edificios y monumentos limpios. Las autoridades,
es cierto, deben hacer también lo suyo en asuntos como el
ordenamiento del comercio ambulatorio, en la restricción
a vehículos obsoletos y contaminantes, en el reciclaje de
aguas servidas. .Juntos, autoridades, vecinos y vecinas, debemos
trabajar para volver a traer ese pasado de esplendor.
El mejor de los parajes
Que nadie se atreva a decir lo contrario, Lima se
fundó en el mejor de los parajes del calcinante desierto
costeño. Si las huestes de don Francisco Pizarro determinaron
que aquí debía establecerse la capital del Perú
fue porque se trataba de un valle fértil y cercano al mar;
inalterable campiña rodeada de frondosos bosques y refrescada
por un río de aguas transparentes. Mucho anduvieron los españoles
descartando en su recorrido otros poblados y parajes por no reunir
las condiciones óptimas para establecer la que sería
una de las capitales más importantes de la Colonia.
Fue sólo aquí, en las tierras del
curaca Taulichusco, donde los españoles se dieron cuenta
de que se podría desarrollar una grandiosa ciudad. Hoy, 456
años después, de cada uno de nosotros depende recuperar
lo que fue esta Lima de la que Cieza de León escribiera:
"...hay muchas estancias y heredamientos, donde los españoles
tienen sus ganados y palomares y muchas viñas y huertas muy
frescas y deleitosas, llenas de las frutas naturales de la tierra,
y de higuerales, platanales, granadas, cañas dulces, melones,
naranjas, limas, cidras, toronjas y las legumbres que se han traído
de España; todo tan bueno y gustoso que no tiene falta, antes
digno por su belleza para dar gracias al gran Dios y Señor
nuestro que lo crío. Y cierto, para pasar la vida humana,
cesando los escándalos y alborotos y no habiendo guerra,
verdaderamente es una de las buenas tierras del mundo, pues vemos
que en ella no hay hambre, ni pestilencia, ni llueve, ni caen rayos
ni relámpagos, ni se oyen truenos, antes siempre está
el cielo sereno y muy hermoso"...
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