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Desde palillos de dientes
hasta pesados materiales de construcción, pasando por lápices
labiales, chocolates y pañales, vinos, alimento para gatos,
ropa, juguetes, zapatos... la lista es interminable; en las naciones
más desarrolladas del globo literalmente todo empieza a producirse
de manera más `inteligente'. Mujeres y hombres conscientes
de su responsabilidad individual frente a la actual crisis ambiental
empiezan a modificar sus patrones de consumo. El ecologismo no es
más un tema de sobremesa o de debate especializado, sino
que se han integrado las propuestas a la vida cotidiana.
Las empresas y conglomerados tratan de satisfacer
la demanda y se ven obligadas a producir lo que `la gente quiere'
y lo que la gente quiere son productos más saludables y naturales,
alimentos libres de contaminación y residuos químicos,
artículos reciclados o reciclables que no ocasionan daños
al entorno, cuya materia prima no esté amenazada de extinción
y cuyos envases no generen mayores problemas de contaminación
y basuras.
Grupos organizados de consumidores están cambiando
las reglas de juego y han comprendido el poder que tienen en sus
manos. La compra se hace cada vez más racionalmente; las
eco-etiquetas con su sello de "verde" diferencia distinguen
a los productos `más inteligentes'.
No es raro que los asuntos ambientales y ecológicos
sean tema de conversación en la sobremesa y de constante
debate en foros especializados. Todos nos preocupamos con las espeluznantes
informaciones sobre el `efecto invernadero', la diseminación
de la capa de ozono, la deforestación de la Amazonía...
Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar cómo
nuestros hábitos, costumbres e inclusive nuestras `compras'
pueden estar contribuyendo a generar mayores descalabros ambientales.
Poco a poco, sin embargo, se empieza a ver un cambio de actitud.
El ecologismo no debe ser sólo un discurso, ante todo es
una forma de vida; una propuesta que debemos asumir hasta en nuestros
más cotidianos actos.
Así lo han comprendido muchos hombres y mujeres
alrededor del globo, quienes coordinando acciones a través
de organizaciones de consumidores han ejercido suficiente presión
como para obligar a las grandes empresas y conglomerados a descontinuar
ciertos productos o modificarlos.
Alrededor del planeta son muchos los productos que
han visto restringidas sus ventas. Debido al exterminio de delfines
a causa de las `redes rastreras' usadas en la pesca industrial del
atún, este enlatado, por ejemplo, se consume cada vez menos.
En los Estados Unidos, las cadenas de restaurantes de venta de hamburguesa
la están viendo díficil porque la mayor parte de la
carne que comercializan procede de ganado vacuno criado en las selvas
centroamericanas. Así, grandes extensiones de selva virgen
han sido deforestadas para habilitar zonas ganaderas, lo cual ha
parecido poco apropiado a millones de consumidores.
Este tipo de presión hace que las grandes
empresas busquen métodos cada vez más `verdes' tanto
para la elaboración, como el empacado de sus productos. Además,
la gran demanda de estos consumidores conscientes ha permitido la
aparición de productos más inteligentes: Diferentes
sellos y símbolos se han desarrollado en los países
para identificar y realzar a estos nuevos productos.
Primero fue Alemania
Fueron los grupos de consumidores alemanes los primeros en llamar
la atención sobre la necesidad de desarrollar productos más
acordes con las propuestas `verdes' y que representaran una real
alternativa. Así es que desde l978 se decidió diferenciarlos
con un símbolo determinado. Los productos que llevan el distintivo
alemán son todos aquellos que no constituyen amenaza a la
salud humana, no impactan negativamente sobre el entorno, no dependen
de la explotación irracional de los recursos naturales para
su materia prima y comparados con sus similares producen menor impacto
ambiental, sin disminuir su valor práctico.
El distintivo alemán es el logotipo de las
Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), llamado `Angel Azul'.
Alrededor de este diseño se especifican las bondades medio-ambientales
del producto (inofensivo para la capa de ozono, cultivado sin pesticidas,
hecho con material reciclado, etc.) Pero lograr que las autoridades
alemanas otorguen el `Angel', no es nada fácil. Hay que cumplir
con varios requisitos. Primero presentar una propuesta a la Agencia
Federal del Medio Ambiente con documentos que confirman el `ecologismo'
del producto. Luego de estudiada, la propuesta es remitida al `Umweltzeichen'
o `Comité de Etiquetado Ambiental'. Científicos, organizaciones
ecologistas, asociaciones de consumidores, poderes públicos
y universidades entre otros, conforman el `Umweltzeichen', ellos
son quienes determinan los grupos de productos susceptibles a la
eco-etiqueta.
Luego de lograr la victoria en la primera prueba,
el fabricante deberá presentar una solicitud al RAL (Instituto
Alemán para la garantía de Calidad y el Etiquetado
de los Productos), organismo que, coordinadamente con la Agencia
de Medio Ambiente verificará los datos del producto y las
instalaciones donde se produce. Si así fuera, se otorga el
sello, sólo por dos años después de los cuales
se analizará si se siguen manteniendo las iniciales excelencias
de calidad.
Luego de casi catorce años, más de
4,000 productos alemanes de todo tipo llevan en sus etiquetas al
`Angel Azul', el símbolo se ha convertido en sinónimo
de calidad.
También en Canadá
La hoja de arce del Escudo canadiense formando tres
palomas entrecruzadas es el eco-logo de ese país. El proceso
para obtenerlo es similar al alemán y se le denomina `Le
Choix Environemental' (o la elección medioambiental). Dieciséis
expertos procedentes de diversos sectores (derecho, economía,
medio ambiente, ciencias, fabricantes, etc.) conforman el primer
comité evaluador, el segundo paso está a cargo de
la Asociación Canadiense de Normalización (ACNOR).
Luego de seleccionados, los productos son sometidos a un período
de información pública donde cualquiera puede presentar
sus observaciones.
El abrazo japonés
Hace un par de años, en l989, se inició
el eco-etiquetado en Japón y en la actualidad cerca de medio
millar de productos lucen el logotipo que bien podría ser
llamado el `abrazo japonés' y que consiste en dos brazos
rodeando protectoramente nuestro redondo planeta.
En su adjudicación participan la estatal Agencia
del Medio Ambiente y la Asociación Japonesa del Medio-Ambiente
quienes exigen que en el proceso de fabricación del producto
se utilicen tecnologías contra la polución, reciclaje
de los desagües de las fábricas, etc. Deben tener envases
de fácil eliminación, su utilización debe propiciar
el ahorro de energía y recursos naturales, el precio debe
ser competitivo con sus similares.
Muchos otros países han desarrollado sistemas
de eco-etiquetado, respondiendo a las exigencias de una creciente
demanda, tales como Noruega, Suecia, Dinamarca y Holanda. Nuestro
vecino del sur, Chile, también viene implementando un sistema
similar.
Eco-símbolos que nos demuestran cómo
nosotros sí podemos hacer la diferencia y que nos ayudan
a replantearnos actividades tan cotidianas como el ir de compras.
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