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Hace ya dos años, la tarde
del último miércoles de mayo, en el andino paraje
de Tinyaclla...
El viento llevaba en su canto el hielo de cumbres cercanas. Un cielo
dolorosamente azul resaltaba las heridas abiertas del suelo. La
luz, la inigualable luz de la sierra, le pintaba inconfundibles
reflejos a cada una de las piedras. Una decidida mujer se dirigía
a comprobar cómo la vida empezaba a ganar la batalla. Lejos
estaba de pensar que la muerte la mordería en el camino,
allí en la triste inmensidad de la sierra que tanto soñó
reverdecida. Lo que debió ser una crónica de viaje,
una nota informativa sobre los progresos de un proyecto de camélidos
en la zona de Huancavelica, se transformó en violento adiós.
Bárbara D'Achille, quien había hecho del Perú
su patria y durante años vivió alucinada con sus voluptuosos
paisajes e indignada con lo poco que los peruanos hacíamos
por preservar tanta riqueza ecológica, murió defendiendo
la vida. Los últimos años se había dedicado
a recorrer nuestro país tratando de dar a conocer su maravillosa
naturaleza y sensibilizar a una generación de peruanos y
peruanas cuya oscura fascinación con los humos industriales
no les permitía ver el bosque ni comprender la importancia
de las aguas claras o del azul perfume de los pastos. Conocedora
de nuestra geografía, en sus sensibles escritos trató
de transmitirnos su preocupación sobre el tema ambiental
y advertir sobre las consecuencias de nuestro egoísmo.
El viernes se cumplieron dos años desde que, junto al ingeniero
Esteban Bohórquez Rondón, cayera víctima de
esa terrible violencia que desangra nuestros días. A modo
de homenaje nos ha parecido oportuno resumir una de sus crónicas
más poéticas y que fuera publicada pocas semanas antes
de su muerte: Tierra de camungos y garzas reales en un mundo sumergido,
en la que nos habla de un paraje de pronto convertido en noticia
de primera plana: la Reserva Nacional Pacaya-Samiria, la tierra
de los ríos espejo.
Situada en Loreto (entre los ríos Marañón
y Ucayali) la más inmensa de las reservas peruanas, la segunda
a nivel amazónico y la cuarta de toda Sudamérica,
Pacaya-Samiria podría sufrir pérdidas irreparables,
de permitirse las faenas petroleras en el lote 61. Al respecto,
diversos sectores han alzado su voz tratando de defender este paraíso
amenazado. En las últimas semanas, organizaciones indígenas,
grupos ambientalistas, colegios profesionales (como el de Ingenieros
y Biólogos), el gobierno regional del Amazonas, centros de
investigación científica, diversos parlamentarios
y hasta instituciones vinculadas a la Iglesia Católica, se
han pronunciado en contra del controvertido contrato entre la Texas
Crude y Petroperú.
Hoy, en este contexto y a poco de celebrarse el Día del
Medio Ambiente, el mejor homenaje que se le puede tributar a Bárbara
d'Achille es tomar en cuenta lo que nos dice en el prólogo
de su libro: "...traté, a través de las crónicas
e historias sobre plantas y animales, de crear conciencia sobre
la necesidad de preservar los recursos naturales. Bien pronto encontré
que la conservación es imposible si no se tiene en cuenta
al ser humano, la influencia que tiene sobre su medio y las necesidades
al vivir en él y de él. Vivir del medio sin destruirlo
es el gran reto actual para la humanidad..."
(Martha Meier M.Q.)
Una alfombra verde claro se extiende entre árboles desnudos
y matorrales abigarrados. Los helechos se desflecan en medio de
flores rosadas. El olor denso a vegetación lo envuelve todo.
De pronto una forma grande se desdobla del paisaje, se aísla
un momento, y levantando las alas emprende vuelo; un vuelo que por
pesado y portentoso parece improbable. Sin embargo, el gran camungo,
blanco y negro se eleva por encima de las plantas y arbustos, traza
su parábola y desciende sobre una alta rama. Como haciéndole
eco, otros camungos, aún anónimos, lanzan al aire
sus trompeteos, que rebotan de árbol en árbol como
siete trombones de banda militar.
Un signo de interrogación blanco y enorme se extiende en
línea recta y también él emprende vuelo. Otros
signos iguales lo imitan, y las garzas reales con su perfecta blancura
destacan en doble paréntesis horizontal el dramático
verde de la selva.
De repente el mundo plano se dobla y la alfombra verde, al plegarse
en una ola, revela que es apenas la superficie vegetal flotante
del agua. Los islotes en medio de este líquido de negro transparente
están poblados de helechos y aráceas, cuyas hojas
son, como brillantes corazones verdes. El cielo se retrata fielmente
en el espejo, nube por nube, el azul resaltado por el negro, como
un brocado azul y plata, una seda china opulenta y delicada, lujuriosa
y sutíl.
Es un mundo de fantasmas llenos de vida. Sobre las ramas de árboles
muertos que se yerguen como columnas griegas contra el cielo, las
hormigas han plantado sus semillas en jardines babilónicos
de los cuales penden girones de hojas: peperomias, helechos, gesneriáceas,
cactus, aráceas y bromelias. En otros árboles han
esculpido hormigueros cilíndricos, torneados y acartonados,
o como estalagmitas de marrón congelado; y sobre cada rama
o tronco van y vienen las hormigas en laborioso ajetreo.
También algunas aves han colocado en las horquetas nidos
de mil palitos, o aprovechando uno de los tantos huecos en la madera,
protegen la prole.
A medida que el bote avanza por este mundo semi-sumergido, la profusión
de enormes camungos y garzas es acrecentada por nerviosos tuquituqui:
aves delicadas y marrones que por cualquier nimiedad se lanzan por
el aire despidiendo destellos dorados al desplegar las alas, mientras
repiten históricamente su propio nombre. En rincón
del agua hasta ahora quieto resalta de pronto el círculo
que señala la presencia de un paiche asustado por tanto barullo.
La fauna se amplía con la aparición de cormoranes
y una mamavieja, que un poco apresurada va en busca de una rama
más alejada donde reposar dignamente su estática presencia
de ave rapaz. En otro árbol el pelejo o perezoso se enrosca
como una bola lanuda entre las hojas. Y un huapo negro atisba tranquilo,
como desafiando a que esta vez su famosa cola de mono peludo no
acabará de plumero en una casa urbana.
Todo esta vida y todo éste trajín tienen lugar en
la Reserva Nacional Pacaya-Samiria en Loreto...una de las reservas
más productivas, debiéndose su creación inicial,
en l940, a la necesidad de preservar el paiche. Este enorme pez
amazónico, en su estado natural, constituye un recurso alimenticio
de enorme valor, pero que ahora, debido a la sobrepesca, está
en camino hacia la extinción.
El área de confluencia de los tres ríos mas caudalosos
del Perú resulta en un ambiente clásico de la Selva
Baja: los bosques inundables donde la vida se adapta para pasar
la mitad del año debajo, en la superficie, o sobre el agua.
Los árboles y plantas resisten prolongados períodos
con los pies remojados y en muchos casos utilizan el agua o sus
habitantes, los peces, para esparcir las semillas.
Como hemos visto en el mundo acuático de pel Varillaln descrito
arriba, las hormigas viven más en las regiones aéreas
de las ramas de los árboles que en la tierra. Las plantas
a su vez utilizan a los insectos para que lleven, planten y hagan
germinar sus semillas: de ahí los jardines pbabilonicosn,
compuestos por l0 ó l2 géneros vegetales diferentes,
que son cuidados por las hormigas. Estas a su vez utilizan el néctar
como alimento...
Los phumedalesn, zonas inundables pantanosas, están entre
las áreas más productivas del mundo. Pueden parecer
poco productivas, desde nuestro punto de vista, ya que no sirven
para hacer agricultura o ganadería. Pero allí se reproduce
gran cantidad de vida, y quizás con el tiempo zonas como
Pacaya-Samiria sean protegidas de acuerdo al valor que tienen...
Todos estos son factores que hacen de la reserva una región
importante y valiosa para la conservación de los recursos.
Y es la protección y manejo de los peces como elemento básico
y valioso de la alimentación humana, el elemento más
importante que, razonablemente aprovechado, puede rendir beneficios
inmediatos para la región de Selva.
(Bárbara D'Achille)
Las razones de la producción prevalecen a menudo sobre la
dignidad del trabajador y los intereses económicos se anteponen
al bien de cada persona, o incluso al de poblaciones enteras. En
estos casos la contaminación o la destrucción del
ambiente son frutos de una visión reductiva y antinatural,
que configura a veces un verdadero y propio desprecio del hombre.
Asimismo, los delicados equilibrios ecológicos son alterados
por una destrucción incontrolada de las especies animales
y vegetales o por una incauta explotación de los recursos
y todo esto -conviene recordarlo- aunque se haga en nombre del progreso
y del bienestar, no redunda ciertamente en provecho de la humanidad...
(El Papa Juan Pablo II en el documento "Paz con toda la Creación".)
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