El
próximo día viernes se cumplirán 498 años
desde aquella vez en que, rugiente como una cascada, brotó
el grito de ¡Tierra!, desde la alta garganta del que conocemos
como Rodrigo de Triana. El Nuevo Mundo se había encontrado;
uno más fuerte le enseñaría otra lengua, otras
creencias y costumbres. Dejando de lado especulaciones morales sobre
este hecho histórico, resulta interesante remontarse a los
tiempos en que América entró en la redonda historia
del planeta y, así, reconstruir sus paisajes. Para lograrlo,
nada mejor que los escritos dejados por aquellos soñadores,
mercaderes y valientes aventureros que se atrevieron a enfrentar
el infierno líquido del mar. En la siguiente nota resumimos,
pues, algunas crónicas que constituyen las primeras noticias
"ecológicas" del Nuevo Mundo...
La luna menguante iluminaba blanca el firmamento. Tres naves
cargadas de soñadores surcaban veloces aguas inciertas.
Las sombras de un sueño disparatado estaban por convertirse
en realidad; la aventura y la audacia permitirían completar
los mapas entonces inconclusos de la Tierra. A las dos de la madrugada
del viernes doce de octubre de 1492, un grito potente: !Tierra!,
quebró el silencio de la noche. El viaje infernal concluía.
Atrás quedaban la incertidumbre, el hastío y el
terror callado a imaginarios monstruos y abismos que poblaban
los océanos. Delante, aunque ellos no lo supieran, todo
estaba, aún, por nombrarse. Las arenas nuevas fueron acariciadas,
dos mundos se miraron maravillados; una historia nueva se empezaría
escribir...
Un verdadero paraíso
Aunque muchos años tuvieron que pasar, para que los primeros
blancos se convencieran que el mundo no era plano y que las tierras
alcanzadas formaban parte de un territorio insospechado: el esplendor
de nuestro continente impresionó hondamente desde el principio.
Así, pues, el almirante describió el paisaje de
Guahaní (isla que él bautizara San Salvador, hoy
Watling de las Bahamas) como de "tanta verdura en tanto grado
como en el mes de mayo en Andalucía, y los árboles
todos están tan disformes (distintos) de los nuestros como
el día de la noche, y así las frutas, y así
las yerbas y las piedras y todas las cosas". Describiría
también esta isla como "bien grande y muy llana y
de árboles muy verdes, y muchas aguas, y una laguna en
medio muy grande, sin ninguna montaña, y toda ella verde
que es placer de mirarla".
Hechizados por el mágico verdor
Si aun hoy, después de tantos siglos de explotación
irracional y depredación, la voluptuosidad del paisaje
de nuestra América tropical sigue cautivando es de suponerse,
pues, que en ese entonces lo hiciera con mayor facilidad. Recordemos
que éste era un territorio practicamente virgen, donde
la sabiduría ancestral de sus habitantes les había
permitidos pasar por la vida sin dejar la huella de la desolación
y la destrucción, hoy, tan asociada la cultura occidental.
Si rastros quedaban estos eran magníficas construcciones
como las pirámides aztecas o el impresionante Macchu Pichu.
Lo encontrado por estos primeros viajeros debió ser, pues,
lo más parecido a aquello que por paraíso entendemos.
Un atento viajero Michel de Cúneo, navegante italiano
que viajaba con Colón en su segundo viaje, escribió
una carta al señor Jerónimo Annari en la que relata
sus experiencias en la travesía, algunos lamentables episodios
con nativos y describe, con amplio detalle, la naturaleza americana.
Creemos que este texto será de gran interés para
nuestras lectoras y lectores y por ello lo resumimos a continuación.
"Nacen algunos árboles tan grandes que tienen de veinticinco
a treinta y cinco palmos a la redonda. Dan unos frutos que a nuestro
gusto solamente sirven para los cerdos. Hay también infinidad
de árboles de algodón, grandes como higueras; otros,
también grandes, que dan un fruto como el melocotón,
lleno de gránulos como el higo, color rojo escarlata, que
los habitantes comen; a nuestro gusto no es demasiado bueno. También
ví otros árboles semejantes, que dan frutos semejantes,
pero los gránulos del interior son negros; también
comen este fruto, que tiene el mismo sabor que el otro. Con estos
frutos se tiñe de rojo y de n egro. Hay también
árboles que dan un fruto grande como nuestra cidra, pero
que no es bueno para comer por su amargura; tiene una corteza
como la calabaza y con ellos hacen vasos para beber y vasijas
para el agua; no sirven para otra cosa. Hay unos arbustos parecidos
a la planta de la alcachofa, pero cuatro veces más altos,
que dan un fruto semejante a una piña pero el doble de
grande; ese fruto es realmente magnifico y se corta con el cuchillo
como un rábano y parece ser muy sano..."
Plantas de insospechadas propiedades
"Hay además en las islas -continúa de Cúneo,
árboles que dan un fruto como una granada, aunque no tan
grande y que acercándole fuego se enciende como yesca y
da muy buena luz. Rajando estos árboles, o sea haciéndoles
una incisión, dan muy buena trementina, con la cual se
remediaba a nuestros heridos... Hay otros árboles que,
incidiéndolos, dan una leche de la que se hace una cera...
otros... que tienen la corteza como la canela... En esas islas
hay arbustos parecidos al rosal que dan un fruto largo como canuto
lleno de granitos picantes como la pimienta (ají)...También...unas
hierbas en manojos, altas como el esparto, que ellos majan, curten
e hilan y hacen redes para pescar... Se producen plantas como
el rábano (se refiere a la yuca) muy grandes y de muchas
clases, blanquísimas, de las cuales hacen pan... Esta raíz
es la parte más importante de su alimento y la comen cocida
o cruda...hay palmas altísimas, infinitas y muy grandes;
lo blanco es bueno para comer (sin duda se trata del palmito);
dan infinitos dátiles pero no maduran y solamente sirven
para los cerdos.
Sobre las semillas traídas
De Cúneo relata con detalle sobre las semillas traídas
desde Europa y las pruebas realizadas con ellas. "Se dan
bien las siguientes: melones de abril, sandías, calabazas
y rabanitos; las otras, como las cebollas, lechugas, puerros y
otras hojas para ensalada se dan muy mal, y salen muy chicas,
salvo el perejil que se da perfectamente. El trigo, los garbanzos
y las habas crecen un palmo a más tardar en diez días;
pero súbitamente se agostan y secan".
Poco se menciona la fauna
Poco llamó la atención de los descubridores la
nueva fauna y se sostenía, inclusive, que no habían
animales terrestre salvo pájaros, lagartos y unos perros
que no ladran. Y así lo escribió de Cúneo
"diré de los animales cuadrúpedos y terrestres,
de los que se encuentran poquísimos, que son éstos;
perros que no ladran y conejos de tres clases, unos grandes como
liebres, otros como los nuestros y otros muchos más pequeños.
Por esa razón...el señor Almirante trajo de España
los más necesarios y encontramos que cerdos, gallinas,
perros y gatos se reproducen en grado superlativo, sobre todo
los cerdos por la grandísima abundancia de los frutos antedichos.
Las vacas, los caballos, las ovejas, y las cabras se comportan
en la misma forma que entre nosotros".
"Me referiré ahora a los pájaros...durante
casi seis días vimos pasar volando muchos halcones; también
infinitas golondrinas...hay papagayos de tres clases, a saber:
íntegramente verdes no muy grandes como gallinas, salpicados
de verde, rojo y negro... También hay palomas salvajes,
algunas con cresta blanca, que son muy buenas para comer. Hay
además infinidad de golondrinas, gorriones y otros pajaritos
de los bosques".
"Réstame ahora hablar de los peces, que en dichas
islas son abundantísimos. Hay pulpos, langostas, vacas
marinas, almejas, mejillones, camarones, atunes, bacalaos y delfines
y otros, inusitados para nosotros, que parecen cerdos. Hay también
otros peces muy buenos, de naturaleza extraña..; también
infinidad de tortugas, grandísimas... muy buenas para comer.
Hay peces de otra clase, que se parecen realmente al sapo; a nosotros
no nos pareció de gusto bueno, pero los indios los comen".
Aunque por momentos se menciona con desprecio algunas especies
autóctonas, textos como los aquí resumidos nos hablan
de abundancia, de exuberancia, de una biodiversidad que se ha
ido perdiendo en el tiempo. Se mencionan variedades olvidadas
que de ser revaloradas contribuirían, sin duda, a solucionar
el hambre de nuestros pueblos.
498 años del descubrimiento de América. Tiempo,
ya, de empezar a recuperar toda esa magnífica riqueza natural
que hechizó a quienes nos trajeron esta lengua que hoy
hermana tantas naciones.
Es cierto, los europeos no comprendieron del todo la complejidad
y fragilidad de nuestros exuberantes ecosistemas. Nosotros, parece
que tampoco...