Un
estruendo inunda el silencio. Como una colorida lluvia de estrellas
caen, a pleno sol, sobre una inmensa piedra arcillosa. Carnaval
de plumas donde se repiten todos los colores del universo. La comparsa
crece en cuestión de minutos. Pinceladas verdes, rojas, azules
y amarillas recrean el paisaje y lo llevan hasta el límite
mismo de la fantasía y el sueño.
Es el inigualable festín de barro protagonizado
por una muchedumbre de guacamayos.
Algunos pequeños acantilados, junto a los
ríos amazónicos, presentan arcillas con altas concentraciones
de sales minerales; son las "ccollpas".
Hasta estas nutritivas paredes llegan diversas
especies de loros a completar su dieta. Maravillosos espectáculos
como éste son asunto cotidiano en el "Parque Nacional
del Manu".
Una fascinante joya ecológica incrustada
en la selva sur del Perú. Un trozo de verdor y agua donde
se concentra la vida en sus más variadas formas. Parque-planeta,
imperio de hojas, orquídeas y pájaros, que ha cumplido
veinte años de asombrar al mundo... En las alturas cusqueñas,
el lugar denominado "Tres Cruces" marca la esperada
frontera. Es el comienzo de un territorio de ensueño protegido
como parque nacional y declarado "Reserva de la Biosfera"
y "Patrimonio de la Humanidad", por la Unesco.
En estas soledades andinas de duros pastos, la
selva tropical parece inalcanzable, pero allí está...
bajo nuestros pies.
Ningún otro paraje como éste para
comprender que faltan aún palabras por inventar. Cómo
expresar, entonces, la belleza de los amaneceres de "Tres
Cruces", puerta de ingreso al Manu. ¿Qué lenguaje
sería capaz de transmitir el exacto momento cuando, como
una botella de vidrio, la luz estalla sobre el lejanísimo
horizonte de la selva tropical abriéndose paso entre las
nubes y la niebla? Y luego, ya lo escribió el sabio Vílchez
Murga, "...el Sol, inmensamente grande, como no es posible
verlo desde otra parte del mundo, hace su aparición en
lontananza.
No hay lenguaje posible capaz de interpretar tan
sublime grandeza". Todo esto es, sin embargo, ¡nada!,
comparado al fascinante paraíso que nos espera 3 500 metros
más abajo por un tortuoso camino...
Arriba queda la palidez del ichu. Aparecen, entonces,
los primeros arbustos que luego abren paso a un curioso ejército
de árboles enanos. De pronto, la blanca niebla empieza
a cubrirlo todo y el paisaje se hace, cada vez, más y más
verde, intensamente verde. El viaje en espiral continúa
por entre helechos, abismos, límpidas cascadas y niebla.
Recordamos, entonces, que en este Parque Nacional se protege la
más extensa área de bosque nuboso del globo...
Bajar y seguir bajando, como serpentina, hasta
embarcarnos en el Alto Madre de Dios y surcándolo alcanzar
las aguas chocolate del Manu.
Es una incómoda aventura llegar a destino,
mas... vale la pena el sacrificio. Se trata de uno de los pocos
parajes de la Tierra donde se protege la cuenca completa de un
río. El Manu es un paraíso para científicos,
naturalistas, conservacionistas y turistas. Esta isla de vida
en la selva peruana, de aproximadamente 160 por 80 km y cuyo tamaño
es casi del tamaño del departamento de Lambayeque, está
considerada como una de las zonas silvestres más importantes
de la Tierra y un territorio de "megadiversidad".
Es decir que la diversidad de la vida en Manu es,
por así decirlo... "superlativa". Manu, territorio
de la luz, muchas nuevas especies han revelado su existencia aquí,
la mayoría son exclusivas de este rincón.
Flora y fauna espectacular, ríos y
cochas plagados de vida, tierras aún por descubrirse, enigmáticos
restos arqueológicos, pueblos indígenas que conocen
los secretos de una región peruana que nunca dejará
de asombrar al mundo...