Diario El Comercio Lima -Perú
02-03-1991

Martha Meier MQ.

 
Tarea de gigantes
Vecinos quieren convertir en vergel el cerro San Cristóbal
 

Hace algunos meses, en esta misma página, felicitábamos a nuestros paisanos del Qosqo por haber emprendido un monumental plan de reforestación. Hoy, aquí en Lima, no podemos dejar de alegrarnos por los logros de otro grupo de hermanos peruanos. De manera silenciosa y solitaria medio centenar de vecinos de la capital vienen trabajando en un asunto que a muchos les parecerá imposible: ¡transformar el sombrío Cerro San Cristóbal en un verde jardín..!

Así es, sin apoyo económico ni técnico y con pocos recursos, un grupo de vecinos responsables (que no se resigna a ver nuestra capital gris, triste y deforestada) viene sacando adelante un proyecto que se convertirá, sin duda alguna, en ejemplo a nivel nacional...

Belleza que protege

Es por todos conocido que un cerro sin protección vegetal es un cerro peligroso.

En diversos puntos de nuestro país el asunto se evidencia de manera dramática, especialmente en temporada de verano. Sucede, como viene ocurriendo en estos días, que la llegada de las lluvias lejos de traer beneficios a los agricultores, deja una secuela de pérdidas (léase: huaycos, aluviones, deslizamientos, etc...). Lo que sucede es simple: al no haber cobertura vegetal las lluvias arrastran, sin freno, lodo y piedras. Este asunto es amenaza constante para los poblados de las faldas de los cerros, que en más de una oportunidad han terminado sepultados. Ahora bien, ¿qué tienen que ver esas lluvias con los cerros de la seca capital de la República? Pues sucede que no sólo por las aguas del cielo ocurren los desastres...

La falta de vegetación es también responsable de que grandes trozos de tierra y piedras se desprendan sin aviso o por causas inesperadas (como un temblor, una explosión, etc...) Situada Lima en una de las zonas más movidas del planeta (sismicamente hablando) resulta evidente la necesidad de proteger con barreras naturales los cerros, principalmente aquellos en cuyas faldas hay poblaciones.

Como vemos, pues, la belleza de los árboles no sólo nos ayuda a mejorar el paisaje y a purificar el aire que respiramos sino, además, a protegernos.

Del terremoto a los andenes

El terremoto del setenta fue un susto que muchos no han podido aún olvidar. La fuerza liberada del vientre de la Tierra fue terrible y causó profundos daños. Aquel movimiento derivó en problemas que siguen padeciendo muchos, entre los cuales se cuentan los pobladores del San Cristóbal. Esa vez, las rocas se removieron, aparecieron grietas profundas y el terreno quedó suelto: las cascadas de piedras cayendo sobre los frágiles techos de cartón, esteras y calamina (en el mejor de los casos), se volvió asunto cotidiano. La amenaza de una avalancha era asunto que quitaba el sueño a más de uno y que ponía en peligro el tanque de agua del poblado (sueño que había tardado más de treinta años en concretarse).

Los pobladores de este lado del Cerro, comprendieron que no podían seguir conviviendo con el miedo, que algo tenía que hacerse y que si las autoridades no los ayudaban, pues serían ellos mismos quienes llevarían a cabo la obra para algo tenemos fuerza en los brazos, juntos esa fuerza es mayor, comentó uno de los pobladores cuando contaba cómo había empezado todo.

En una Asamblea General, los representantes de los más de doscientos hogares que constituyen el barrio de Vista Alegre decidieron hacer sus andenes. Pronto se dieron cuenta que no sólo les servirían para protegerse de la lluvia de piedras y embellecer el lugar, sino además para sembrar sus alimentos, hierbas medicinales, etc... Algunos lugareños relataron que el entusiasmo duró poco y que muchos fueron los que tiraron la esponja en los primeros días de frustración. Sin embargo, un grupo se mantuvo terco y no hubieron pendientes suficientemente agresivas ni piedras tan pesadas como para detenerlas, nos referimos a las mujeres del Club de Madres (una organización fuerte y luchadora que hasta la fecha cumple con el compromiso de transformar el cadáver del cerro en esplendoroso jardín).

"Bien bonito señorita se puede hacer acá. Cuando crezcan los árboles pueden venir a pasear los turistas, se pueden vender gaseosa y otras cosas que nosotras podemos hacer. Además podemos sembrar fríjol, papa, haba, para que nos sirva en nuestro comedor popular". Nos dice una de las más entusiastas, otra agrega:"Acaso un pedazo malo de cerro va a poder más que nosotras mujeres...Ya hemos hecho el trabajo más fuerte, hemos limpiado esto que también había sido chanchería, lleno de cochinada, y junto con los hombres hemos cargado piedras y hemos construido las terrazas, sembrado los árboles y plantas. Pero siempre nos da miedo que se vaya a perder todo. A mí me contaron que en Huaycán habían sembrado de tuna todo el cerro y parece que algo pasó y ahora todito está marchitado, muerto. ¿No le dan pena señorita?".

Guardianes del Medio Ambiente

Como en el resto de Lima, en el Cerro habitan muchísimos provincianos. Ya que la mayoría proviene de pueblos andinos, varios son los que conocen bien las técnicas de andenes.

Por eso se puede entender cómo en apenas dos años se ha logrado cultivar tan bien sobre una superficie de casi dos hectárea en fuerte pendiente. Retando a la fuerza de gravedad, se han sembrado molles, árboles frutales, tunas (que ya han dado una cosecha), chirimoyas, pacaes, nísperos y variedad de cactus y suculentas que prosperan bien en estas circunstancias de rigor.

Lograrlo ha dependido de faenas realmente agotadoras. Diariamente, se pueden ver a hombres y mujeres, de todas las edades, subiendo costales y baldes llenos de tierra buena y abono. Además, los lunes y viernes las señoras suben con sus baldes y a mitad del cerro recogen agua para llevarla casi hasta la cumbre misma. Todas tienen una sola ilusión: un barrio mucho más lindo, sano y seguro. "Una cosa es ser pobre y otra querer vivir en un sitio triste. La mayoría de nosotras venimos del interior, de tierras llenas de árboles y flores y pajaritos, estamos acostumbradas a vivir cerca a los bosques, yo creo que nunca nos vamos a acostumbrar a vivir con tanta tierra seca, con tanto humo y autos..." nos dice una de las mujeres.

Demás está decir que los hombres y mujeres de Vista Alegre han trabajado prácticamente sin apoyo. El gobierno le ha dado una mano con la visita esporádica de un ingeniero del Ministerio de Agricultura y con algunos plantones, sin embargo la mayoría de las mil quinientas plantas que hoy luchan contra las piedras, han sido obtenidas con recursos propios.

Cuentan los vecinos

Germán Martinez (presidente del comité de arborización y dirigente de la asociación comunal) es un pomabambino que confiesa haber sentido, desde niño, mucho cariño por las plantas "Espero que el cerro se parezca algún día un poquito a mi tierra que tanto la extraño".

Alberto Huillca, entusiasta director del proyecto, menciona cómo las señoras tiran lampa y cargan las piedras. Para ellas es triple trabajo: tienen que atender a su familia, ver el comedor popular y después venirse aquí arriba. Hay que cavar, cernir la tierra para que no queden impurezas. A tres carretillas de tierra hay que mezclarlas con una lampada de aserrín y cuatro de guano y algo de agua, dos días después se siembran.

Daniel Saldaña Ortiz, secretario general de la asociación de pobladores de Vista Alegre se mostró muy preocupado "por que algunas plantas han sido atacadas por gusanos. Sería malo que se perdiera todo después de tanto esfuerzo, espero que podamos contar pronto con un equipo de fumigación o con el apoyo de grupos que usan insectos para controlar las plagas".

Sin duda, el compromiso es grande. Mujeres y hombres ejemplares trabajando hombro a hombro. El empeño, el entusiasmo y la solidaridad lograrán lo que ningún limeño se atrevió jamás a soñar: ¡el Cerro San Cristóbal vestido de verde...!

Martha Meier Miró Quesada