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Hace algunos meses,
en esta misma página, felicitábamos a nuestros paisanos
del Qosqo por haber emprendido un monumental plan de reforestación.
Hoy, aquí en Lima, no podemos dejar de alegrarnos por los
logros de otro grupo de hermanos peruanos. De manera silenciosa
y solitaria medio centenar de vecinos de la capital vienen trabajando
en un asunto que a muchos les parecerá imposible: ¡transformar
el sombrío Cerro San Cristóbal en un verde jardín..!
Así es, sin apoyo económico ni técnico
y con pocos recursos, un grupo de vecinos responsables (que no se
resigna a ver nuestra capital gris, triste y deforestada) viene
sacando adelante un proyecto que se convertirá, sin duda
alguna, en ejemplo a nivel nacional...
Belleza que protege
Es por todos conocido que un cerro sin protección
vegetal es un cerro peligroso.
En diversos puntos de nuestro país el asunto
se evidencia de manera dramática, especialmente en temporada
de verano. Sucede, como viene ocurriendo en estos días, que
la llegada de las lluvias lejos de traer beneficios a los agricultores,
deja una secuela de pérdidas (léase: huaycos, aluviones,
deslizamientos, etc...). Lo que sucede es simple: al no haber cobertura
vegetal las lluvias arrastran, sin freno, lodo y piedras. Este asunto
es amenaza constante para los poblados de las faldas de los cerros,
que en más de una oportunidad han terminado sepultados. Ahora
bien, ¿qué tienen que ver esas lluvias con los cerros
de la seca capital de la República? Pues sucede que no sólo
por las aguas del cielo ocurren los desastres...
La falta de vegetación es también
responsable de que grandes trozos de tierra y piedras se desprendan
sin aviso o por causas inesperadas (como un temblor, una explosión,
etc...) Situada Lima en una de las zonas más movidas del
planeta (sismicamente hablando) resulta evidente la necesidad de
proteger con barreras naturales los cerros, principalmente aquellos
en cuyas faldas hay poblaciones.
Como vemos, pues, la belleza de los árboles
no sólo nos ayuda a mejorar el paisaje y a purificar el aire
que respiramos sino, además, a protegernos.
Del terremoto a los andenes
El terremoto del setenta fue un susto que muchos
no han podido aún olvidar. La fuerza liberada del vientre
de la Tierra fue terrible y causó profundos daños.
Aquel movimiento derivó en problemas que siguen padeciendo
muchos, entre los cuales se cuentan los pobladores del San Cristóbal.
Esa vez, las rocas se removieron, aparecieron grietas profundas
y el terreno quedó suelto: las cascadas de piedras cayendo
sobre los frágiles techos de cartón, esteras y calamina
(en el mejor de los casos), se volvió asunto cotidiano. La
amenaza de una avalancha era asunto que quitaba el sueño
a más de uno y que ponía en peligro el tanque de agua
del poblado (sueño que había tardado más de
treinta años en concretarse).
Los pobladores de este lado del Cerro, comprendieron
que no podían seguir conviviendo con el miedo, que algo tenía
que hacerse y que si las autoridades no los ayudaban, pues serían
ellos mismos quienes llevarían a cabo la obra para algo tenemos
fuerza en los brazos, juntos esa fuerza es mayor, comentó
uno de los pobladores cuando contaba cómo había empezado
todo.
En una Asamblea General, los representantes de los
más de doscientos hogares que constituyen el barrio de Vista
Alegre decidieron hacer sus andenes. Pronto se dieron cuenta que
no sólo les servirían para protegerse de la lluvia
de piedras y embellecer el lugar, sino además para sembrar
sus alimentos, hierbas medicinales, etc... Algunos lugareños
relataron que el entusiasmo duró poco y que muchos fueron
los que tiraron la esponja en los primeros días de frustración.
Sin embargo, un grupo se mantuvo terco y no hubieron pendientes
suficientemente agresivas ni piedras tan pesadas como para detenerlas,
nos referimos a las mujeres del Club de Madres (una organización
fuerte y luchadora que hasta la fecha cumple con el compromiso de
transformar el cadáver del cerro en esplendoroso jardín).
"Bien bonito señorita se puede hacer
acá. Cuando crezcan los árboles pueden venir a pasear
los turistas, se pueden vender gaseosa y otras cosas que nosotras
podemos hacer. Además podemos sembrar fríjol, papa,
haba, para que nos sirva en nuestro comedor popular". Nos dice
una de las más entusiastas, otra agrega:"Acaso un pedazo
malo de cerro va a poder más que nosotras mujeres...Ya hemos
hecho el trabajo más fuerte, hemos limpiado esto que también
había sido chanchería, lleno de cochinada, y junto
con los hombres hemos cargado piedras y hemos construido las terrazas,
sembrado los árboles y plantas. Pero siempre nos da miedo
que se vaya a perder todo. A mí me contaron que en Huaycán
habían sembrado de tuna todo el cerro y parece que algo pasó
y ahora todito está marchitado, muerto. ¿No le dan
pena señorita?".
Guardianes del Medio Ambiente
Como en el resto de Lima, en el Cerro habitan muchísimos
provincianos. Ya que la mayoría proviene de pueblos andinos,
varios son los que conocen bien las técnicas de andenes.
Por eso se puede entender cómo en apenas
dos años se ha logrado cultivar tan bien sobre una superficie
de casi dos hectárea en fuerte pendiente. Retando a la fuerza
de gravedad, se han sembrado molles, árboles frutales, tunas
(que ya han dado una cosecha), chirimoyas, pacaes, nísperos
y variedad de cactus y suculentas que prosperan bien en estas circunstancias
de rigor.
Lograrlo ha dependido de faenas realmente agotadoras.
Diariamente, se pueden ver a hombres y mujeres, de todas las edades,
subiendo costales y baldes llenos de tierra buena y abono. Además,
los lunes y viernes las señoras suben con sus baldes y a
mitad del cerro recogen agua para llevarla casi hasta la cumbre
misma. Todas tienen una sola ilusión: un barrio mucho más
lindo, sano y seguro. "Una cosa es ser pobre y otra querer
vivir en un sitio triste. La mayoría de nosotras venimos
del interior, de tierras llenas de árboles y flores y pajaritos,
estamos acostumbradas a vivir cerca a los bosques, yo creo que nunca
nos vamos a acostumbrar a vivir con tanta tierra seca, con tanto
humo y autos..." nos dice una de las mujeres.
Demás está decir que los hombres y
mujeres de Vista Alegre han trabajado prácticamente sin apoyo.
El gobierno le ha dado una mano con la visita esporádica
de un ingeniero del Ministerio de Agricultura y con algunos plantones,
sin embargo la mayoría de las mil quinientas plantas que
hoy luchan contra las piedras, han sido obtenidas con recursos propios.
Cuentan los vecinos
Germán Martinez (presidente del comité
de arborización y dirigente de la asociación comunal)
es un pomabambino que confiesa haber sentido, desde niño,
mucho cariño por las plantas "Espero que el cerro se
parezca algún día un poquito a mi tierra que tanto
la extraño".
Alberto Huillca, entusiasta director del proyecto,
menciona cómo las señoras tiran lampa y cargan las
piedras. Para ellas es triple trabajo: tienen que atender a su familia,
ver el comedor popular y después venirse aquí arriba.
Hay que cavar, cernir la tierra para que no queden impurezas. A
tres carretillas de tierra hay que mezclarlas con una lampada de
aserrín y cuatro de guano y algo de agua, dos días
después se siembran.
Daniel Saldaña Ortiz, secretario general
de la asociación de pobladores de Vista Alegre se mostró
muy preocupado "por que algunas plantas han sido atacadas por
gusanos. Sería malo que se perdiera todo después de
tanto esfuerzo, espero que podamos contar pronto con un equipo de
fumigación o con el apoyo de grupos que usan insectos para
controlar las plagas".
Sin duda, el compromiso es grande. Mujeres y hombres
ejemplares trabajando hombro a hombro. El empeño, el entusiasmo
y la solidaridad lograrán lo que ningún limeño
se atrevió jamás a soñar: ¡el Cerro San
Cristóbal vestido de verde...!
Martha Meier Miró Quesada
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