Navidad
es tiempo de paz, de humildad y fe. A lo largo y ancho del globo
los hogares católicos recuerdan el nacimiento de Cristo Redentor,
hijo y encarnación de Dios. Para algunos, sin embargo, la
fecha se ha convertido en vulgar excusa para el derroche y los excesos.
Entre copas y compras, la gran fiesta cristiana empieza a perder
su verdadero significado. El profundo mensaje navideño ha
abierto paso a uno meramente mercantilista. Navidad como sinónimo
del consumismo eso es lo que nos han traído los "tiempos
modernos".
Recuperemos el verdadero espíritu navideño
y tratemos de hacer de estas fiestas lo que alguna vez fueron:
un tiempo en el que se glorifica a la vida en todas sus formas,
en el que se reivindica a todos aquellos quienes, como Cristo,
sufren persecución y muerte por su fe y sus creencias.
Una fiesta en la que debemos rendir homenaje a la niñez
del planeta, fuerza nueva que es promesa y posibilidad de cambio,
esperanza representada por Dios niño...
Arboles. Guirnaldas de flores. Vacas, ovejas y burritos junto
al niño Dios. Camellos y caballos sobre los que viajan
tres reyes magos siguiendo una estrella. Cada Navidad a lo largo
y ancho de nuestro hermoso planeta la naturaleza y sus colores
ocupan un lugar de honor. Naturaleza y Navidad. Ecología
y Navidad... Hay algunas coincidencias que siempre resulta interesante
recordar. La costumbre de decorar un árbol, por ejemplo...
"Día del Medio Ambiente" y árboles
navideños: Se le atribuye al evangelizador de Alemania,
el misionero inglés San Bonifacio, haber "inventado"
el árbol navideño. ¿Cómo? Resulta
que el buen hombre intentaba sustituir el rito germano de ofrecerle
sacrificios al pagano dios Odín, ante viejos robles. Se
le ocurrió entonces adornar un pino como tributo a Dios
recién nacido. ¿Qué tiene que ver todo esto
con el "Día del Medio Ambiente"? Pues...por "purita
casualidad" la fiesta de este santo -5 de junio- coincide
con tal conmemoración, establecida en 1972 por las Naciones
Unidas.
Nacimiento y ecologismo: El "inventor"
del nacimiento fue nuestro querido San Francisco de Asís,
patrono de la paz y la ecología.
A principios del siglo XII, el buen Francisco andaba
tratando de enseñarle a la gente humilde del poblado de
Grecchio el significado de la Navidad. Se le ocurrió representar,
con figuras, el pasaje bíblico motivo de celebración.
Defensor de los animales, inmortalizó en su nacimiento
también a las nobles bestias que con su aliento calentaron
a Cristo, a María y a José. Siete siglos más
tarde la pintoresca tradición nos ayuda a recordar la mística
que guió la vida de este precursor cristiano del ecologismo:
humildad y veneración por la vida, armonía, respeto
y paz con todas las criaturas de la Creación. Compromiso
con las nuevas generaciones y con la vida, toda.
En este espíritu no podemos olvidar al "poeta
de la Nochebuena", a ese hombre ejemplar que fue Ernst Wiechert
(1887-1950). Nacido en Alemania, Wiechert nos ha legado una serie
de obras literarias donde conjuga su amor a la naturaleza con
una profunda religiosidad. Bosques y hombres(1936); La vida sencilla(1939);
Los hijos de Jeromín (1947), son algunas de ellas. Su literatura
es producto de una vida retirada y de sus tristes experiencias
como soldado durante la Primera Guerra Mundial. Por haber descrito
estos sentimientos y haber cantado a la paz fue encerrado en el
campo de concentración de Buchenwald, donde escribió
su El bosque de los muertos, inmortal testimonio contra el autoritarismo
y la barbarie.
"...es uno de los hombres ejemplares cuya
vida confirma y convierte en realidad las ideas que expresan sus
libros. En todas sus obras Wiechert hace una defensa apasionada
de las virtudes fundamentales del hombre frente a la deshumanización
producida por una seudocivilización cada vez más
artificial y materialista. Cree en la libertad del hombre, en
su dignidad y, sobre todo, en su responsabilidad ante los demás
seres de la Creación, hombres y animales", así
escribió en 1960 el lúcido ecologista chileno Godofredo
Stutzin, en homenaje al décimo aniversario de la muerte
de tan grande escritor.
Muestra del compromiso de Wiechert con la defensa
de la vida es su Sermón de Navidad para los Animales que
dice así:
"Mis humildes amigos, quiero hablaros en esta
Navidad. Por todas partes los hombres celebran alegremente el
nacimiento del Señor, pero no se acuerdan de vosotros.
Y sin embargo, vosotros los animales estuvisteis allí cuando
sucedió el milagro, cuando el amor de Dios se hizo carne
y su luz eterna se derramó sobre la Tierra.
Desde la penumbra del establo las miradas de vuestros
grandes ojos mansos presenciaron el nacimiento del Niño
Dios. Y desde los campos vecinos llegasteis, junto a los pastores,
para rendir el homenaje esperanzado de las criaturas al Salvador
del mundo. Fue en un establo, donde nació Cristo. Los hombres
no tuvieron lugar para El, pero vosotros sí. Tuvisteis
paciencia, mansedumbre y humildad para recibir al Hijo de Dios.
A pesar de ello los hombres os han olvidado y relegado a la sombra
donde aguardáis, desde los siglos de los siglos, vuestra
redención. Solamente los santos y los niños y los
de corazón puro han abierto sus brazos y os han recibido
como hermanos en el gran reino del amor de Dios.
Quiero agradeceros todo el bien que recibimos de
vosotros y quiero pediros perdón por todo el mal que os
causamos. Porque me siento vuestro deudor desde el primer día
hasta la eternidad.
Cuando era niño, yo tenía una garza.
Ella vivía en el jardín de mi casa. Al mediodía
me acostaba entre la hierba y la llamaba. Ella venía y
se tendía a mi lado, apoyando su cabecita en mi pecho,
muy cerca de mi corazón. Así, quedábamos
dormidos, inmensamente felices, mientras a nuestro alrededor las
grandes voces de la naturaleza cantaban su eterna canción.
¡Sí! mis amigos, soy deudor de aquella
pequeña garza hasta el fin de mis días. Y lo soy
también de la alondra que inspiró mis primeros versos,
de la golondrina que se posó en mi hombro cuando regresé
de la Gran Guerra, del caballo que me condujo por tantos caminos
y del perro que me consoló en más de una soledad.
Soy deudor de todos vosotros que ahora me visitáis, mientras
escribo mis libros: de la pequeña ardilla, de la paloma,
de la tranquila oveja y hasta del ratoncillo que sale a mirarme
cuando ha sonado ya la media noche.
Que no daría para ofreceros la paz
y el consuelo que anheláis lo mismo que nosotros. Os diría:
Esperad, mis hermanos. También los hombres, en el fondo
de nuestros corazones, tenemos ansias de paz. Llegará el
día en que estaremos cansados de odiar, cansados de perseguir,
cansados de matar. Llegará el día en que despertaremos
de nuestra pesadilla, en que nuestros ojos aprenderán a
miraros con cariño y nuestras manos, a trataros con ternura.
Cuando llegue ese día, compartiremos no sólo el
pan, no sólo la Tierra, no sólo el dolor, sino también
el cielo. Esperad, mis hermanos, y recordad la vieja leyenda oriental
que dice así: Soñaba que estaba en el cielo. De
pronto, vi llegar un pie, nada más que un pie. Y el ángel
me dijo: El hombre a quien pertenecía este pie era malo
y pasó al infierno. Pero un día, con este mismo
pie, había acercado un balde con agua a un camello sediento..."