Diario El Comercio Lima -Perú
25-12-1993

Martha Meier MQ.

 
Navidad
Loa a la Creación
 
Navidad es tiempo de paz, de humildad y fe. A lo largo y ancho del globo los hogares católicos recuerdan el nacimiento de Cristo Redentor, hijo y encarnación de Dios. Para algunos, sin embargo, la fecha se ha convertido en vulgar excusa para el derroche y los excesos. Entre copas y compras, la gran fiesta cristiana empieza a perder su verdadero significado. El profundo mensaje navideño ha abierto paso a uno meramente mercantilista. Navidad como sinónimo del consumismo eso es lo que nos han traído los "tiempos modernos".

Recuperemos el verdadero espíritu navideño y tratemos de hacer de estas fiestas lo que alguna vez fueron: un tiempo en el que se glorifica a la vida en todas sus formas, en el que se reivindica a todos aquellos quienes, como Cristo, sufren persecución y muerte por su fe y sus creencias. Una fiesta en la que debemos rendir homenaje a la niñez del planeta, fuerza nueva que es promesa y posibilidad de cambio, esperanza representada por Dios niño...

Arboles. Guirnaldas de flores. Vacas, ovejas y burritos junto al niño Dios. Camellos y caballos sobre los que viajan tres reyes magos siguiendo una estrella. Cada Navidad a lo largo y ancho de nuestro hermoso planeta la naturaleza y sus colores ocupan un lugar de honor. Naturaleza y Navidad. Ecología y Navidad... Hay algunas coincidencias que siempre resulta interesante recordar. La costumbre de decorar un árbol, por ejemplo...

"Día del Medio Ambiente" y árboles navideños: Se le atribuye al evangelizador de Alemania, el misionero inglés San Bonifacio, haber "inventado" el árbol navideño. ¿Cómo? Resulta que el buen hombre intentaba sustituir el rito germano de ofrecerle sacrificios al pagano dios Odín, ante viejos robles. Se le ocurrió entonces adornar un pino como tributo a Dios recién nacido. ¿Qué tiene que ver todo esto con el "Día del Medio Ambiente"? Pues...por "purita casualidad" la fiesta de este santo -5 de junio- coincide con tal conmemoración, establecida en 1972 por las Naciones Unidas.

Nacimiento y ecologismo: El "inventor" del nacimiento fue nuestro querido San Francisco de Asís, patrono de la paz y la ecología.

A principios del siglo XII, el buen Francisco andaba tratando de enseñarle a la gente humilde del poblado de Grecchio el significado de la Navidad. Se le ocurrió representar, con figuras, el pasaje bíblico motivo de celebración. Defensor de los animales, inmortalizó en su nacimiento también a las nobles bestias que con su aliento calentaron a Cristo, a María y a José. Siete siglos más tarde la pintoresca tradición nos ayuda a recordar la mística que guió la vida de este precursor cristiano del ecologismo: humildad y veneración por la vida, armonía, respeto y paz con todas las criaturas de la Creación. Compromiso con las nuevas generaciones y con la vida, toda.

En este espíritu no podemos olvidar al "poeta de la Nochebuena", a ese hombre ejemplar que fue Ernst Wiechert (1887-1950). Nacido en Alemania, Wiechert nos ha legado una serie de obras literarias donde conjuga su amor a la naturaleza con una profunda religiosidad. Bosques y hombres(1936); La vida sencilla(1939); Los hijos de Jeromín (1947), son algunas de ellas. Su literatura es producto de una vida retirada y de sus tristes experiencias como soldado durante la Primera Guerra Mundial. Por haber descrito estos sentimientos y haber cantado a la paz fue encerrado en el campo de concentración de Buchenwald, donde escribió su El bosque de los muertos, inmortal testimonio contra el autoritarismo y la barbarie.

"...es uno de los hombres ejemplares cuya vida confirma y convierte en realidad las ideas que expresan sus libros. En todas sus obras Wiechert hace una defensa apasionada de las virtudes fundamentales del hombre frente a la deshumanización producida por una seudocivilización cada vez más artificial y materialista. Cree en la libertad del hombre, en su dignidad y, sobre todo, en su responsabilidad ante los demás seres de la Creación, hombres y animales", así escribió en 1960 el lúcido ecologista chileno Godofredo Stutzin, en homenaje al décimo aniversario de la muerte de tan grande escritor.

Muestra del compromiso de Wiechert con la defensa de la vida es su Sermón de Navidad para los Animales que dice así:

"Mis humildes amigos, quiero hablaros en esta Navidad. Por todas partes los hombres celebran alegremente el nacimiento del Señor, pero no se acuerdan de vosotros. Y sin embargo, vosotros los animales estuvisteis allí cuando sucedió el milagro, cuando el amor de Dios se hizo carne y su luz eterna se derramó sobre la Tierra.

Desde la penumbra del establo las miradas de vuestros grandes ojos mansos presenciaron el nacimiento del Niño Dios. Y desde los campos vecinos llegasteis, junto a los pastores, para rendir el homenaje esperanzado de las criaturas al Salvador del mundo. Fue en un establo, donde nació Cristo. Los hombres no tuvieron lugar para El, pero vosotros sí. Tuvisteis paciencia, mansedumbre y humildad para recibir al Hijo de Dios. A pesar de ello los hombres os han olvidado y relegado a la sombra donde aguardáis, desde los siglos de los siglos, vuestra redención. Solamente los santos y los niños y los de corazón puro han abierto sus brazos y os han recibido como hermanos en el gran reino del amor de Dios.

Quiero agradeceros todo el bien que recibimos de vosotros y quiero pediros perdón por todo el mal que os causamos. Porque me siento vuestro deudor desde el primer día hasta la eternidad.

Cuando era niño, yo tenía una garza. Ella vivía en el jardín de mi casa. Al mediodía me acostaba entre la hierba y la llamaba. Ella venía y se tendía a mi lado, apoyando su cabecita en mi pecho, muy cerca de mi corazón. Así, quedábamos dormidos, inmensamente felices, mientras a nuestro alrededor las grandes voces de la naturaleza cantaban su eterna canción.

¡Sí! mis amigos, soy deudor de aquella pequeña garza hasta el fin de mis días. Y lo soy también de la alondra que inspiró mis primeros versos, de la golondrina que se posó en mi hombro cuando regresé de la Gran Guerra, del caballo que me condujo por tantos caminos y del perro que me consoló en más de una soledad. Soy deudor de todos vosotros que ahora me visitáis, mientras escribo mis libros: de la pequeña ardilla, de la paloma, de la tranquila oveja y hasta del ratoncillo que sale a mirarme cuando ha sonado ya la media noche.

Que no daría para ofreceros la paz y el consuelo que anheláis lo mismo que nosotros. Os diría: Esperad, mis hermanos. También los hombres, en el fondo de nuestros corazones, tenemos ansias de paz. Llegará el día en que estaremos cansados de odiar, cansados de perseguir, cansados de matar. Llegará el día en que despertaremos de nuestra pesadilla, en que nuestros ojos aprenderán a miraros con cariño y nuestras manos, a trataros con ternura. Cuando llegue ese día, compartiremos no sólo el pan, no sólo la Tierra, no sólo el dolor, sino también el cielo. Esperad, mis hermanos, y recordad la vieja leyenda oriental que dice así: Soñaba que estaba en el cielo. De pronto, vi llegar un pie, nada más que un pie. Y el ángel me dijo: El hombre a quien pertenecía este pie era malo y pasó al infierno. Pero un día, con este mismo pie, había acercado un balde con agua a un camello sediento..."