Basta
una gota de gas nervioso para producir la muerte. Se sabe sin embargo
que, por lo menos diecisiete naciones poseen arsenales químicos
que se cuentan en miles de toneladas. Según el experto británico
J. Perry Robinson, Estados Unidos posee alrededor de treinta y ocho
mil toneladas de venenos para la guerra; una cantidad más que
suficiente para matar a cada ser humano ...¡cuatro mil veces!
A raíz del artículo "Paz en la Tierra", aparecido
la semana pasada en esta misma página, algunas lectoras y lectores
nos han manifestado su preocupación ante la inminencia del
estallido de una guerra en el Golfo. También nos han pedido
que nos refiramos al peligro que representan las armas químicas
y biológicas.
Al momento de escribir estas líneas un peruano universal,
Javier Perez de Cuéllar, es la última esperanza para
impedir que nuestro planeta caiga en el abismo oscuro de una gran
guerra. Esperamos que los líderes involucrados actúen
utilizando, por primera vez, la verdadera inteligencia y que las
conversaciones prosperen y se transformen en paz. Ojalá el
quince no veamos a la fiera muerte sembrando oscuridad en las heridas
abiertas del desierto...
Las guerras, todas las guerras, son un asunto deplorable. Sin embargo
hablar de la "guerra química y biológica"
es hablar de la más deplorable de todas, es referirnos a
una verdadera "guerra sucia"...
Aunque no se sabe exactamente qué tipo de armamento se utilizaría
en una eventual guerra en el Golfo, no es difícil intuirlo.
Los expertos sospechan que habrán artefactos nucleares y
que, de hecho, se liberarán virus, bacterias y hongos y además
(en mayor escala según afirman), una diversidad de venenos
químicos. Parece pues que, pese a los Tratados, en las arenas
del Oriente Medio la química se convertirá en amante
descarada de la muerte...
En vez de moscas serán personas...
Para comprender mejor cómo pueden contaminar las armas químicas
nos referiremos a esos otros venenos que tantos dolores de cabeza
dan a los ambientalistas: los plaguicidas. Es por todas y todos
conocido, los estragos ecológicos derivados de la masiva
utilización de este tipo de controles sobre nuestros cultivos.
Hoy sabemos que no sólo polucionan las tierras donde fueron
aplicados y las aguas subterráneas sino que, al ser fácilmente
diseminados por el viento y arrastrados por las corrientes de agua,
pueden llegar a contaminar hasta a las aves de parajes tan inhóspitos
como la Antartida. Ya que son compuestos muy activos y estables
pueden pasar siglos antes que se degraden. Estas características
les han permitido inmiscuirse en nuestra cadena alimenticia a tal
punto que se encuentran rastros de, por ejemplo, DDT en la leche
de casi cualquier madre de la Tierra.
Por años los ambientalistas estudiaron estos venenos y sus
alcances y lograron determinar cuales eran los más tóxicos,
ubicándolos dentro de la llamada "docena sucia".
En dicha docena se encuentran compuestos capaces de provocar cáncer,
malformaciones genéticas, locura y todo tipo de enfermedades
nerviosas... (esto sin mencionar múltiples descalabros ambientales).
A estas alturas se estarán preguntando ¿qué
tiene que ver la "docena sucia" con la guerra química?
Pues bien, resulta que muchos de los ingredientes activos de esos
pesticidas son el compuesto principal de la nuevas armas. Este es
el caso, por ejemplo, del oxiclorato de fósforo agente activo
de uno de los gases nerviosos más temibles: el Tabun, presente,
también, en muchos peligrosos insecticidas. La guerra química,
pues, causaría (a nivel de ecosistemas) daños parecidos
a los que han resultado del uso de esas substancias. Sin embargo
hay una enorme diferencia: los venenos no se estarán usando
para salvar las cosechas de trigo o de lechuga, ni para enfrentar
al pulgón o la mosca de la fruta sino para eliminar a seres
humanos, a personas, como usted y como yo, que tienen sueños
e inteligencia y amistades y parientes que los aman entrañablemente...
Tecnología al servicio de la oscuridad
Parece increíble que el homo-sapiens se haya dedicado con
tanto empeño a la fabricación de armas. Si esta energía
e inventiva y ese despilfarro económico que hoy vemos (cincuenta
mil millones de dólares mensuales) hubieran sido encaminadas
al desarrollo de nuevos programas de salud, a la recuperación
de suelos y a la búsqueda de alternativas energéticas
y alimentarías, otra sería la historia del planeta
Tierra. Pero a los "diseñadores" de armas, poco
les interesan los asuntos del planeta. Para ellos, lo único
importante es lograr artefactos capaces de causar la mayor cantidad
de daño posible, lo más rápidamente que se
pueda y con un mínimo de esfuerzo. Todas estas características
están presentes en las tristemente célebres armas
químicas.
No una, sino muchas formas de matar
Los "monstruos químicos" se presentan en diversas
formas y si bien es cierto que no siempre resultan letales, todos
causan reacciones sumamente dolorosas y desagradables. El gas lacrimógeno,
por ejemplo, (utilizado por las fuerzas del orden) es un ejemplo
de arma química "chinchosa" mas no letal. Lamentablemente
en los campos de batalla se utilizan versiones mucho más
crueles como el "gas mostaza" (sulfuro dicloro dietelo).
Se trata de un líquido incoloro cuya evaporación impregna
el aire y el suelo envenenándolo por semanas y hasta meses.
Causa conjuntivitis aguda, bronquitis, tos y afonía y no
sólo eso, al simple contacto con la piel ésta se llenará
de ampollas que tienden a infectarse. Quienes no mueran al instante
padecerán una lenta agonía: perderán los glóbulos
rojos y blancos y las defensas naturales; la anemia será
irremediable, les aparecerán hematomas, ulceraciones y hemorragias
intestinales. La muerte habrá tardado pero tras el dolor
llegará implacable. Este veneno ha sido ampliamente utilizado
en varios conflictos armados pese al Protocolo de Ginebra de 1925
(suscrito por más de cuarenta países, algunos de los
cuales han tenido el descaro de utilizar los venenos en varios ocasiones).
Y hay mucho más horror...
El fosgeno, o "gas sofocante", por ejemplo, como su nombre
lo dice causa la muerte por asfixia. Este gas fue responsable del
ochenta por ciento de las muertes durante la Primera Guerra; Dios
sabe cuántas más podría causar en el Golfo...
Tenemos además el "gas sangre", de acción
rápida y violenta. Es el preferido por los militares para
los ataques sorpresivos. ¿Cómo actúa? pues
bloqueando la absorción de oxígeno de los pulmones
y llenándolos de sangre.
Y por último: los gases nerviosos que en opinión
de los expertos son los más crueles (en el caso de una gran
guerra serían masivamente utilizados). Se trata de "primos
hermanos" de los plaguicidas y pertenecen al peligrosísimo
grupo de los compuestos órgano fosfóricos. Pueden
desencadenar, si no la muerte, locura, problemas motores, ceguera,
invalidez y hasta alteraciones genéticas que serán
transmitidas, también, a los descendientes.
La humanidad puede ser aniquilada cuatro mil veces
Unas diecisiete naciones -incluido Irak- "atesoran" gases
nerviosos. Se les almacena en cilindros metálicos y para
utilizarlos se pueden cargan proyectiles para obuses de artillería
o granadas de mortero, también pueden diseminarse en "spray".
Los gases nerviosos ingresan al organismo al ser inhalados o por
simple contacto de la piel con el aire o superficies contaminadas.
Pero aunque los inhumanos venenos químicos se consideran
armas de exterminio masivo (ya que bastan décimas de miligramo
-menos de una gota- para terminar con la vida de una persona) no
ha habido impedimento para que los arsenales proliferen como conejos.
Hoy se sabe que se almacenan cantidades capaces de aniquilar a la
humanidad...¡cuatro mil veces!
Ojalá pudiéramos decir que tenemos proteínas
almacenadas para alimentar cuatro mil veces a cada ser hambriento
del planeta, ojalá dijéramos hay cuatro mil dosis
de vacunas y medicamentos para cada niña y niño del
mundo. Ojalá algún día esté escrito
en los libros de historia: cuatro mil veces giró la Tierra
alrededor del sol y hubo paz...
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