Diario El Comercio Lima -Perú
12-01-1991

 
El holocausto químico
 
Basta una gota de gas nervioso para producir la muerte. Se sabe sin embargo que, por lo menos diecisiete naciones poseen arsenales químicos que se cuentan en miles de toneladas. Según el experto británico J. Perry Robinson, Estados Unidos posee alrededor de treinta y ocho mil toneladas de venenos para la guerra; una cantidad más que suficiente para matar a cada ser humano ...¡cuatro mil veces!

A raíz del artículo "Paz en la Tierra", aparecido la semana pasada en esta misma página, algunas lectoras y lectores nos han manifestado su preocupación ante la inminencia del estallido de una guerra en el Golfo. También nos han pedido que nos refiramos al peligro que representan las armas químicas y biológicas.

Al momento de escribir estas líneas un peruano universal, Javier Perez de Cuéllar, es la última esperanza para impedir que nuestro planeta caiga en el abismo oscuro de una gran guerra. Esperamos que los líderes involucrados actúen utilizando, por primera vez, la verdadera inteligencia y que las conversaciones prosperen y se transformen en paz. Ojalá el quince no veamos a la fiera muerte sembrando oscuridad en las heridas abiertas del desierto...

Las guerras, todas las guerras, son un asunto deplorable. Sin embargo hablar de la "guerra química y biológica" es hablar de la más deplorable de todas, es referirnos a una verdadera "guerra sucia"...

Aunque no se sabe exactamente qué tipo de armamento se utilizaría en una eventual guerra en el Golfo, no es difícil intuirlo. Los expertos sospechan que habrán artefactos nucleares y que, de hecho, se liberarán virus, bacterias y hongos y además (en mayor escala según afirman), una diversidad de venenos químicos. Parece pues que, pese a los Tratados, en las arenas del Oriente Medio la química se convertirá en amante descarada de la muerte...

En vez de moscas serán personas...

Para comprender mejor cómo pueden contaminar las armas químicas nos referiremos a esos otros venenos que tantos dolores de cabeza dan a los ambientalistas: los plaguicidas. Es por todas y todos conocido, los estragos ecológicos derivados de la masiva utilización de este tipo de controles sobre nuestros cultivos. Hoy sabemos que no sólo polucionan las tierras donde fueron aplicados y las aguas subterráneas sino que, al ser fácilmente diseminados por el viento y arrastrados por las corrientes de agua, pueden llegar a contaminar hasta a las aves de parajes tan inhóspitos como la Antartida. Ya que son compuestos muy activos y estables pueden pasar siglos antes que se degraden. Estas características les han permitido inmiscuirse en nuestra cadena alimenticia a tal punto que se encuentran rastros de, por ejemplo, DDT en la leche de casi cualquier madre de la Tierra.

Por años los ambientalistas estudiaron estos venenos y sus alcances y lograron determinar cuales eran los más tóxicos, ubicándolos dentro de la llamada "docena sucia". En dicha docena se encuentran compuestos capaces de provocar cáncer, malformaciones genéticas, locura y todo tipo de enfermedades nerviosas... (esto sin mencionar múltiples descalabros ambientales). A estas alturas se estarán preguntando ¿qué tiene que ver la "docena sucia" con la guerra química? Pues bien, resulta que muchos de los ingredientes activos de esos pesticidas son el compuesto principal de la nuevas armas. Este es el caso, por ejemplo, del oxiclorato de fósforo agente activo de uno de los gases nerviosos más temibles: el Tabun, presente, también, en muchos peligrosos insecticidas. La guerra química, pues, causaría (a nivel de ecosistemas) daños parecidos a los que han resultado del uso de esas substancias. Sin embargo hay una enorme diferencia: los venenos no se estarán usando para salvar las cosechas de trigo o de lechuga, ni para enfrentar al pulgón o la mosca de la fruta sino para eliminar a seres humanos, a personas, como usted y como yo, que tienen sueños e inteligencia y amistades y parientes que los aman entrañablemente...

Tecnología al servicio de la oscuridad

Parece increíble que el homo-sapiens se haya dedicado con tanto empeño a la fabricación de armas. Si esta energía e inventiva y ese despilfarro económico que hoy vemos (cincuenta mil millones de dólares mensuales) hubieran sido encaminadas al desarrollo de nuevos programas de salud, a la recuperación de suelos y a la búsqueda de alternativas energéticas y alimentarías, otra sería la historia del planeta Tierra. Pero a los "diseñadores" de armas, poco les interesan los asuntos del planeta. Para ellos, lo único importante es lograr artefactos capaces de causar la mayor cantidad de daño posible, lo más rápidamente que se pueda y con un mínimo de esfuerzo. Todas estas características están presentes en las tristemente célebres armas químicas.

No una, sino muchas formas de matar

Los "monstruos químicos" se presentan en diversas formas y si bien es cierto que no siempre resultan letales, todos causan reacciones sumamente dolorosas y desagradables. El gas lacrimógeno, por ejemplo, (utilizado por las fuerzas del orden) es un ejemplo de arma química "chinchosa" mas no letal. Lamentablemente en los campos de batalla se utilizan versiones mucho más crueles como el "gas mostaza" (sulfuro dicloro dietelo). Se trata de un líquido incoloro cuya evaporación impregna el aire y el suelo envenenándolo por semanas y hasta meses. Causa conjuntivitis aguda, bronquitis, tos y afonía y no sólo eso, al simple contacto con la piel ésta se llenará de ampollas que tienden a infectarse. Quienes no mueran al instante padecerán una lenta agonía: perderán los glóbulos rojos y blancos y las defensas naturales; la anemia será irremediable, les aparecerán hematomas, ulceraciones y hemorragias intestinales. La muerte habrá tardado pero tras el dolor llegará implacable. Este veneno ha sido ampliamente utilizado en varios conflictos armados pese al Protocolo de Ginebra de 1925 (suscrito por más de cuarenta países, algunos de los cuales han tenido el descaro de utilizar los venenos en varios ocasiones). Y hay mucho más horror...

El fosgeno, o "gas sofocante", por ejemplo, como su nombre lo dice causa la muerte por asfixia. Este gas fue responsable del ochenta por ciento de las muertes durante la Primera Guerra; Dios sabe cuántas más podría causar en el Golfo... Tenemos además el "gas sangre", de acción rápida y violenta. Es el preferido por los militares para los ataques sorpresivos. ¿Cómo actúa? pues bloqueando la absorción de oxígeno de los pulmones y llenándolos de sangre.

Y por último: los gases nerviosos que en opinión de los expertos son los más crueles (en el caso de una gran guerra serían masivamente utilizados). Se trata de "primos hermanos" de los plaguicidas y pertenecen al peligrosísimo grupo de los compuestos órgano fosfóricos. Pueden desencadenar, si no la muerte, locura, problemas motores, ceguera, invalidez y hasta alteraciones genéticas que serán transmitidas, también, a los descendientes.

La humanidad puede ser aniquilada cuatro mil veces

Unas diecisiete naciones -incluido Irak- "atesoran" gases nerviosos. Se les almacena en cilindros metálicos y para utilizarlos se pueden cargan proyectiles para obuses de artillería o granadas de mortero, también pueden diseminarse en "spray". Los gases nerviosos ingresan al organismo al ser inhalados o por simple contacto de la piel con el aire o superficies contaminadas.

Pero aunque los inhumanos venenos químicos se consideran armas de exterminio masivo (ya que bastan décimas de miligramo -menos de una gota- para terminar con la vida de una persona) no ha habido impedimento para que los arsenales proliferen como conejos. Hoy se sabe que se almacenan cantidades capaces de aniquilar a la humanidad...¡cuatro mil veces!

Ojalá pudiéramos decir que tenemos proteínas almacenadas para alimentar cuatro mil veces a cada ser hambriento del planeta, ojalá dijéramos hay cuatro mil dosis de vacunas y medicamentos para cada niña y niño del mundo. Ojalá algún día esté escrito en los libros de historia: cuatro mil veces giró la Tierra alrededor del sol y hubo paz...