Diario El Comercio Lima -Perú
27-01-1990

 
Lima: Ciudad herida
 

"Todos tienen el derecho de habitar en un ambiente saludable, ecológicamente equilibrado y adecuado para el desarrollo de la vida, la preservación del paisaje y la naturaleza. Todos tienen el deber de conservar dicho ambiente. Es obligación del Estado prevenir y controlar la contaminación ambiental".

(Artículo 123 de la Constitución Política del Perú.)

"Para pasar la vida humana, cesando los escándalos y alborotos, es verdaderamente una de las buenas tierras del mundo, pues en ella no hay hambre ni pestilencias, ni caen rayos, ni se oyen truenos; y su cielo está siempre sereno y hermoso". Estas palabras pertenecen al cronista Cieza de León, y la buena tierra a la que se refiere es, por increíble que parezca, Lima, la misma ciudad que hoy agoniza.

La "Ciudad Jardín", cumplidos sus 455 años, se ha convertido en una gigantesca urbe rodeada de esteras, barro y concreto, que crece arrasándolo todo con pasos desordenados. Ruidos incesantes, humos, hedores, suciedad y pobreza son algo cotidiano: triste resultado de años de improvisación y egoísmo frente al medio ambiente.

El deterioro de nuestro hábitat es doloroso; los estragos se evidencian en cada esquina. Son las flores que no llegan a brotar, las bancas rotas de los parques y la barba sucia de los locos, las que nos hacen comprender que Lima está herida...

Sin más compañía que los colores del sol, el soplo del viento sobre la caña brava y los gritos de sus hermanos en el juego, Tauli Chusco, sentado sobre una roca, no se cansaba de contemplar su cacicazgo. Desde lo alto, podía mirar las faenas en las chacras y la huaca donde habitaba el espíritu del puma.

Jugaba a contar las aves que sobrevolaban su cabeza, y las que revoloteando caían sobre los choclos tiernos, recién cosechados. Sonreía al ver como las manos más pequeñas atrapaban los sapos desprevenidos, que brincaban entre las piedras. Y él, sentado sobre su roca, comprendía el nombre del río, y trataba de descifrar lo que hablaban las aguas.

Fue la tarde del viento, en que los venados huían de las serpientes, cuando los vió llegar. Ya le habían contado de estos hombres, pálidos como la luna, que andaban montados sobre fieras sin nombre; pero jamás creyó que tendría que mirarles los ojos y después bajar la cabeza.
Al llegar la noche, Francisco Pizarro y los demás, se rindieron ante el aroma azul de los pastos; durmieron tranquilos. El conquistador supo que había encontrado la mejor de las tierras para establecer la capital...

La mañana del lunes, dieciocho de enero de 1535, ante la mirada inquieta del cacique, y con el sonido majestuoso del Rímac ahogando la nueva lengua, se fundó "La Ciudad de los Reyes". La buena tierra

Es innegable que los aventureros españoles establecían sus ciudades con criterio práctico. Si bien tras las decisiones propias estaban las recomendaciones de sus monarcas, no cabe duda de que los rudos hombres de la conquista sabían lo suyo.

En el caso de Lima, por ejemplo, el acierto fué extraordinario; no solo escogieron el más amplio de los valles de la costa, sino uno de tierras fértiles y suave clima, cuyas características favorecían el cultivo de muchas especies vegetales y la cría de animales. Además, los bosques aledaños aseguraban leña abundante; el río, agua suficiente; y el mar, a escasas dos leguas, fácil acceso. Ante tan magnífico escenario natural, se vislumbraba un futuro prometedor. Sin embargo, 455 años en los que la depredación ha sido una forma de vida, han transformado la dulzura inalterable de aquella campiña, en una ciudad que se desploma y se asfixia en su propio hedor. La Lima de hoy Casi medio milenio no es mucho tiempo en la coexistencia de los pueblos, si pensamos en un París de dos mil años, o en una Jerusalén de treinta siglos, pero es un lapso más que suficiente para perder el rumbo...

La Lima de Pizarro, con menos de un centenar de habitantes y 214 hectáreas de superficie, cubre hoy cuarenta millones de metros, y es habitada por más de seis millones de personas. Lima avanza y a su paso arrasa.

Esta ciudad, para la que "progreso" y "asfalto" son sinónimos, ha devorado la mayor parte de sus tierras de cultivo. Zonas agrícolas, en los valles del Rímac, Lurín y Chillón, son diariamente asfixiadas por una ciudad obsesionada en expandirse. De mantenerse la tendencia actual se estima que, antes del próximo siglo, habremos perdido la totalidad de zonas aptas para la siembra. Los alimentos que la ciudad consume se tendrán que cosechar cada vez más lejos del casco urbano.

La ciudad se ha visto obligada a crecer de forma desesperada debido a una fuerte presión demográfica. Cada día que pasa hay mil nuevos limeños. Unos llegan "buscando algo mejor"; otros ven por primera vez la luz; todos requerirán de alimentos y espacio para desarrollarse. Esto, sumado a la creciente pobreza, no hace más que propiciar la aparición de barrios marginales; tugurios, donde millones de seres humanos viven hacinados y sin acceso a los servicios básicos. Toneladas de basura, playas contaminadas

Una ciudad es un sistema complejo, donde se desarrollan las más diversas actividades humanas. El paisaje natural es modificado por la mano del hombre, y como resultado de las interacciones, entre este y su medio ambiente, se pueden generar impactos perniciosos.

Las actividades de la sociedad contemporánea son altamente contaminantes, y aquí en Lima, como en cualquier otra ciudad del planeta, esto crea serios problemas.

Se estima que solamente en los pueblos jóvenes, la producción de basura diaria sobrepasa las mil toneladas métricas. Gran parte de esta basura es quemada al aire libre, produciendo gases muy tóxicos; el resto pasa a formar parte del paisaje urbano, o bien se tira al río.

El Rímac, el río de donde proviene el sesenta por ciento del agua que beben los limeños y que alguna vez estuvo poblado de peces y camarones, se ha convertido en uno de los más sucios a nivel mundial. En sus turbias aguas, infestadas de basuras y desagües solamente han logrado sobrevivir bacterias sumamente peligrosas para la vida humana.
Algo similar ocurre con el mar de Lima. El "ingenio" de los técnicos, decidió verter allí los desagües de la ciudad. Hoy, una visita a las playas puede significar el comienzo de una agonía física (especialmente en el verano, cuando los niveles de contaminación adquieren características alarmantes; y proliferan ratas, insectos y otros agentes portadores de enfermedades). La contaminación deja una secuela de alergias e intoxicaciones, así como un incremento en los casos de cáncer. Sin aire que respirar

Los limeños pululan por las calles con los pulmones congestionados y la mirada enrojecida. Son más de medio millón de vehículos que constantemente escupen su veneno gaseoso en el aire que todos tenemos que respirar.

En algunos lugares la situación es terrible. Investigadores han detectado la aparición de nuevas enfermedades causadas por la contaminación del aire, así como una mayor incidencia de asma, rinitis y otras alergias.

Como si estos humos no fueran suficiente, la industria sigue alzando sus chimeneas dentro de la ciudad. Los efectos corrosivos de estos gases pueden observarse claramente en las construcciones antiguas, que son carcomidas hasta desplomarse.

Además de humos... ruidos. Lima es una ciudad donde la calma es constantemente quebrada por bocinas insolentes y motores que rugen. La contaminación sonora llega en algunos lugares a los umbrales del dolor.

Un valle sembrado de asfalto, rodeado de basurales y humos que no cesan; una ciudad de sombras y escombros. ¿Cómo fue que Lima olvidó lo que era?

Tauli Chusco y Francisco Pizarro, por más que la contemplaran desde lo alto y sentados sobre una roca, no la reconocerían.