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"Todos tienen el derecho de habitar
en un ambiente saludable, ecológicamente equilibrado y adecuado
para el desarrollo de la vida, la preservación del paisaje
y la naturaleza. Todos tienen el deber de conservar dicho ambiente.
Es obligación del Estado prevenir y controlar la contaminación
ambiental".
(Artículo 123 de la Constitución Política
del Perú.)
"Para pasar la vida humana, cesando los escándalos y
alborotos, es verdaderamente una de las buenas tierras del mundo,
pues en ella no hay hambre ni pestilencias, ni caen rayos, ni se
oyen truenos; y su cielo está siempre sereno y hermoso".
Estas palabras pertenecen al cronista Cieza de León, y la
buena tierra a la que se refiere es, por increíble que parezca,
Lima, la misma ciudad que hoy agoniza.
La "Ciudad Jardín", cumplidos sus 455 años,
se ha convertido en una gigantesca urbe rodeada de esteras, barro
y concreto, que crece arrasándolo todo con pasos desordenados.
Ruidos incesantes, humos, hedores, suciedad y pobreza son algo cotidiano:
triste resultado de años de improvisación y egoísmo
frente al medio ambiente.
El deterioro de nuestro hábitat es doloroso; los estragos
se evidencian en cada esquina. Son las flores que no llegan a brotar,
las bancas rotas de los parques y la barba sucia de los locos, las
que nos hacen comprender que Lima está herida...
Sin más compañía que los colores del sol,
el soplo del viento sobre la caña brava y los gritos de sus
hermanos en el juego, Tauli Chusco, sentado sobre una roca, no se
cansaba de contemplar su cacicazgo. Desde lo alto, podía
mirar las faenas en las chacras y la huaca donde habitaba el espíritu
del puma.
Jugaba a contar las aves que sobrevolaban su cabeza, y las que
revoloteando caían sobre los choclos tiernos, recién
cosechados. Sonreía al ver como las manos más pequeñas
atrapaban los sapos desprevenidos, que brincaban entre las piedras.
Y él, sentado sobre su roca, comprendía el nombre
del río, y trataba de descifrar lo que hablaban las aguas.
Fue la tarde del viento, en que los venados huían de las
serpientes, cuando los vió llegar. Ya le habían contado
de estos hombres, pálidos como la luna, que andaban montados
sobre fieras sin nombre; pero jamás creyó que tendría
que mirarles los ojos y después bajar la cabeza.
Al llegar la noche, Francisco Pizarro y los demás, se rindieron
ante el aroma azul de los pastos; durmieron tranquilos. El conquistador
supo que había encontrado la mejor de las tierras para establecer
la capital...
La mañana del lunes, dieciocho de enero de 1535, ante la
mirada inquieta del cacique, y con el sonido majestuoso del Rímac
ahogando la nueva lengua, se fundó "La Ciudad de los
Reyes". La buena tierra
Es innegable que los aventureros españoles establecían
sus ciudades con criterio práctico. Si bien tras las decisiones
propias estaban las recomendaciones de sus monarcas, no cabe duda
de que los rudos hombres de la conquista sabían lo suyo.
En el caso de Lima, por ejemplo, el acierto fué extraordinario;
no solo escogieron el más amplio de los valles de la costa,
sino uno de tierras fértiles y suave clima, cuyas características
favorecían el cultivo de muchas especies vegetales y la cría
de animales. Además, los bosques aledaños aseguraban
leña abundante; el río, agua suficiente; y el mar,
a escasas dos leguas, fácil acceso. Ante tan magnífico
escenario natural, se vislumbraba un futuro prometedor. Sin embargo,
455 años en los que la depredación ha sido una forma
de vida, han transformado la dulzura inalterable de aquella campiña,
en una ciudad que se desploma y se asfixia en su propio hedor. La
Lima de hoy Casi medio milenio no es mucho tiempo en la coexistencia
de los pueblos, si pensamos en un París de dos mil años,
o en una Jerusalén de treinta siglos, pero es un lapso más
que suficiente para perder el rumbo...
La Lima de Pizarro, con menos de un centenar de habitantes y 214
hectáreas de superficie, cubre hoy cuarenta millones de metros,
y es habitada por más de seis millones de personas. Lima
avanza y a su paso arrasa.
Esta ciudad, para la que "progreso" y "asfalto"
son sinónimos, ha devorado la mayor parte de sus tierras
de cultivo. Zonas agrícolas, en los valles del Rímac,
Lurín y Chillón, son diariamente asfixiadas por una
ciudad obsesionada en expandirse. De mantenerse la tendencia actual
se estima que, antes del próximo siglo, habremos perdido
la totalidad de zonas aptas para la siembra. Los alimentos que la
ciudad consume se tendrán que cosechar cada vez más
lejos del casco urbano.
La ciudad se ha visto obligada a crecer de forma desesperada debido
a una fuerte presión demográfica. Cada día
que pasa hay mil nuevos limeños. Unos llegan "buscando
algo mejor"; otros ven por primera vez la luz; todos requerirán
de alimentos y espacio para desarrollarse. Esto, sumado a la creciente
pobreza, no hace más que propiciar la aparición de
barrios marginales; tugurios, donde millones de seres humanos viven
hacinados y sin acceso a los servicios básicos. Toneladas
de basura, playas contaminadas
Una ciudad es un sistema complejo, donde se desarrollan las más
diversas actividades humanas. El paisaje natural es modificado por
la mano del hombre, y como resultado de las interacciones, entre
este y su medio ambiente, se pueden generar impactos perniciosos.
Las actividades de la sociedad contemporánea son altamente
contaminantes, y aquí en Lima, como en cualquier otra ciudad
del planeta, esto crea serios problemas.
Se estima que solamente en los pueblos jóvenes, la producción
de basura diaria sobrepasa las mil toneladas métricas. Gran
parte de esta basura es quemada al aire libre, produciendo gases
muy tóxicos; el resto pasa a formar parte del paisaje urbano,
o bien se tira al río.
El Rímac, el río de donde proviene el sesenta por
ciento del agua que beben los limeños y que alguna vez estuvo
poblado de peces y camarones, se ha convertido en uno de los más
sucios a nivel mundial. En sus turbias aguas, infestadas de basuras
y desagües solamente han logrado sobrevivir bacterias sumamente
peligrosas para la vida humana.
Algo similar ocurre con el mar de Lima. El "ingenio" de
los técnicos, decidió verter allí los desagües
de la ciudad. Hoy, una visita a las playas puede significar el comienzo
de una agonía física (especialmente en el verano,
cuando los niveles de contaminación adquieren características
alarmantes; y proliferan ratas, insectos y otros agentes portadores
de enfermedades). La contaminación deja una secuela de alergias
e intoxicaciones, así como un incremento en los casos de
cáncer. Sin aire que respirar
Los limeños pululan por las calles con los pulmones congestionados
y la mirada enrojecida. Son más de medio millón de
vehículos que constantemente escupen su veneno gaseoso en
el aire que todos tenemos que respirar.
En algunos lugares la situación es terrible. Investigadores
han detectado la aparición de nuevas enfermedades causadas
por la contaminación del aire, así como una mayor
incidencia de asma, rinitis y otras alergias.
Como si estos humos no fueran suficiente, la industria sigue alzando
sus chimeneas dentro de la ciudad. Los efectos corrosivos de estos
gases pueden observarse claramente en las construcciones antiguas,
que son carcomidas hasta desplomarse.
Además de humos... ruidos. Lima es una ciudad donde la calma
es constantemente quebrada por bocinas insolentes y motores que
rugen. La contaminación sonora llega en algunos lugares a
los umbrales del dolor.
Un valle sembrado de asfalto, rodeado de basurales y humos que
no cesan; una ciudad de sombras y escombros. ¿Cómo
fue que Lima olvidó lo que era?
Tauli Chusco y Francisco Pizarro, por más que la contemplaran
desde lo alto y sentados sobre una roca, no la reconocerían.
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