Diario El Comercio Lima -Perú
20-10-1990

 
Antonio Raimondi : Un legado de amor
 

El viernes se cumplirán cien años de la muerte del sabio Antonio Raimondi. Su devoción por el Perú, su monumental legado y su claro mensaje de amor por la vida siguen, como él, vigentes a pesar del tiempo transcurrido Infinitos caminos anduvo este hombre en su búsqueda de la verdad.

Flores, insectos, piedras: todo, era detalladamente analizado y descrito en sus libretas de viaje. No le interesaron fama ni fortuna, sólo evaluar y difundir las grandes riquezas de nuestro país. Cuando Lima ya empezaba a crecer aisladamente, como un tumor de egoísmo, sus estudios apuntaban a la integración, al rescate y revaloración de los muchos grupos humanos que conformaban, como lo hacen hoy, al Perú inmenso.
Atentísimo observador, descubrió algunos rasgos en el carácter de los habitantes de nuestras tierras que deben hacernos reflexionar: "Extraño fenómeno (decía).

Mientras en todos los pueblos reina un exagerado espíritu de nacionalismo que juzga a sus hombres superiores a todos los de las demás naciones, en el Perú, al contrario, no se tiene fe en sus compatriotas, no se aprecian sus trabajos y pasan desapercibidos". Después de un siglo, esa, sigue siendo nuestra más grande condena.

Ojalá la fecha nos sirva para, a través del mensaje del sabio, replantear nuestra relación con lo autóctono. Ya es tiempo de rescatar y preservar tecnologías milenarias y valiosas especies nativas. Tiempo de aceptar la grandeza de espíritu de nuestros imbatibles compatriotas; sólo con una nueva actitud y un esfuerzo solidario, lograremos cumplir la tarea que con amor él nos encomendara: sacar a la luz "los inmensos caudales que yacen ocultos en vuestro suelo nativo"...

El viento soplaba fuerte aromándolo todo con la dulzura de cercanos cañaverales. San Pedro de Lloc dormía esa noche con los ojos abiertos: sus habitantes sabían que la muerte galopaba por las calles y rezaban para que no señalara con su guadaña la casa del doctor Alejandro Arrigoni. Allí, junto a la débil luz de una velita, se apagaba la vida en Antonio Raimondi. Elvira, la menor de sus hijas, no se resignaba, había pasado los últimos meses consagrada por entero al cuidado del sabio esperando verlo nuevamente dedicado a sus investigaciones. En la habitación, una extraña calma permitía escuchar cómo se arrastraban los caracoles sobre hojas, presumiblemente azules. Afuera, blancas y enormes estrellas descubrían, junto a los charcos, la silueta de sapos arrancándole zancudos al aire con sus lenguas pegajosas.

Raimondi sentía que 3 la hora le llegaba y se esforzó por volver a recorrer con la mente aquellos paisajes que guardaban la huella de sus infatigables y eternos pasos. Ríos y lagunas, templos ocultos, árboles innombrados, flores, niñas y niños, trajes multicolores, distantes tambores, aves majestuosas y voces extrañas...todas las imagenes de esta tierra se le confundían con el cielo. A las diez de la noche de ese domingo 26 de octubre de 1890, Raimondi cerró para siempre los ojos. Había cumplido sesenticuatro años; cuarenta los había dedicado a su más grande amor: el Perú.

El Perú: un destino ineludible

"Un día, estando como de costumbre en el Jardín Botánico de Milán, presencié por casualidad el corte de un raro cactus peruano. La mutilación de este patriarca de los cactus, que era una de las plantas de mi predilección, me produjo un vago pesar, como si hubiera sido un ser animado y sensible, y esa extraña circunstancia hizo nacer en mí la primera simpatía al Perú, su patria, presagio sin duda de mi futuro viaje a este país". Así, decía el sabio, se había iniciado el apasionado romance al que dedicó su vida. Si el episodio del cactus fue un presagio, el haber desembarcado en el Callao cuando la joven República del Perú celebraba sus primeros veintinueve años de Independencia (28 de julio de 1850), quizá fuera también una clara señal.

Jamás volvería a Milán, la tierra donde había nacido un 19 de setiembre, veinticuatro años antes en 1926. "Raimondi habría iniciado su aventura peruana antes de 1850 si el amor patrio no lo hubiera impulsado a participar en las cinco jornadas de Milán y unirse a los voluntarios de Garibaldi en la defensa de Roma de 1849..." afirma el Ing. Vittorio Azzaritti, Presidente de la Asociación Educacional Antonio Raimondi.

Por eso recién al año siguiente (8 de enero) parte de Niza en el velero de carga "La Industria". Tres jovenes y alegres compañeros viajaban con él, uno de ellos sería el mejor de sus amigos hasta el último de sus días: Arrigoni. Quedaban atrás sus paseos infantiles, sus sueños por conocer los misterios del Nuevo Mundo, los libros que, le hicieron comprender que lo suyo eran las Ciencias Naturales. Atrás quedaba también aquél invernadero donde un extraño cactus le enseñó a amar el Perú.

Una obra monumental

Todos los días que le quedaban los dedicó al estudio de este país que asumió como suyo. Durante casi veinte años (desde 1850 a 1869) recorrió todos los caminos; Basadre lo dice así: "Viajó por desiertos y quebradas, por valles y montañas y por senderos de cabras y otros peores...Caminó a pie, a caballo, en mula, en burro, sobre la espalda de un pchimbadorn, en canoa o en caballito de totora. Estuvo en... las ciudades progresistas o dormidas; en las aldeas inhospitalarias...Visitó los grandes ríos como el Amazonas...y también el lago Titicaca y las fronteras con Ecuador, Brasil y Bolivia. Estudió el guano, el salitre, diversas aguas termales, las plantas que curan y las plantas que emponzoñan, las armas, flechas y lanzas de los selvícolas, minas de oro, carbón o cobre que enriquecieron a otros, la coca, la cascarilla, el café y llegó hasta señalar el período más propicio para la caza de lobos marinos. Cayó...víctima de la verruga...el soroche, vio de cerca la lepra, la uta, la tuberculosis, la malaria y la fiebre amarilla.

Siguió su ruta inerme y frágil... teniendo que dibujar las plantas que no podía fotografiar...dedicado integramente la búsqueda de los secretos en los campos de la botánica, la zoología, la química, la mineralogía, la geografía...".