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El viernes se cumplirán
cien años de la muerte del sabio Antonio Raimondi. Su devoción
por el Perú, su monumental legado y su claro mensaje de amor
por la vida siguen, como él, vigentes a pesar del tiempo
transcurrido Infinitos caminos anduvo este hombre en su búsqueda
de la verdad.
Flores, insectos, piedras: todo, era detalladamente
analizado y descrito en sus libretas de viaje. No le interesaron
fama ni fortuna, sólo evaluar y difundir las grandes riquezas
de nuestro país. Cuando Lima ya empezaba a crecer aisladamente,
como un tumor de egoísmo, sus estudios apuntaban a la integración,
al rescate y revaloración de los muchos grupos humanos que
conformaban, como lo hacen hoy, al Perú inmenso.
Atentísimo observador, descubrió algunos rasgos en
el carácter de los habitantes de nuestras tierras que deben
hacernos reflexionar: "Extraño fenómeno (decía).
Mientras en todos los pueblos reina un exagerado
espíritu de nacionalismo que juzga a sus hombres superiores
a todos los de las demás naciones, en el Perú, al
contrario, no se tiene fe en sus compatriotas, no se aprecian sus
trabajos y pasan desapercibidos". Después de un siglo,
esa, sigue siendo nuestra más grande condena.
Ojalá la fecha nos sirva para, a través del mensaje
del sabio, replantear nuestra relación con lo autóctono.
Ya es tiempo de rescatar y preservar tecnologías milenarias
y valiosas especies nativas. Tiempo de aceptar la grandeza de espíritu
de nuestros imbatibles compatriotas; sólo con una nueva actitud
y un esfuerzo solidario, lograremos cumplir la tarea que con amor
él nos encomendara: sacar a la luz "los inmensos caudales
que yacen ocultos en vuestro suelo nativo"...
El viento soplaba fuerte aromándolo todo con la dulzura de
cercanos cañaverales. San Pedro de Lloc dormía esa
noche con los ojos abiertos: sus habitantes sabían que la
muerte galopaba por las calles y rezaban para que no señalara
con su guadaña la casa del doctor Alejandro Arrigoni. Allí,
junto a la débil luz de una velita, se apagaba la vida en
Antonio Raimondi. Elvira, la menor de sus hijas, no se resignaba,
había pasado los últimos meses consagrada por entero
al cuidado del sabio esperando verlo nuevamente dedicado a sus investigaciones.
En la habitación, una extraña calma permitía
escuchar cómo se arrastraban los caracoles sobre hojas, presumiblemente
azules. Afuera, blancas y enormes estrellas descubrían, junto
a los charcos, la silueta de sapos arrancándole zancudos
al aire con sus lenguas pegajosas.
Raimondi sentía que 3 la hora le llegaba y
se esforzó por volver a recorrer con la mente aquellos paisajes
que guardaban la huella de sus infatigables y eternos pasos. Ríos
y lagunas, templos ocultos, árboles innombrados, flores,
niñas y niños, trajes multicolores, distantes tambores,
aves majestuosas y voces extrañas...todas las imagenes de
esta tierra se le confundían con el cielo. A las diez de
la noche de ese domingo 26 de octubre de 1890, Raimondi cerró
para siempre los ojos. Había cumplido sesenticuatro años;
cuarenta los había dedicado a su más grande amor:
el Perú.
El Perú: un destino ineludible
"Un día, estando como de costumbre en el Jardín
Botánico de Milán, presencié por casualidad
el corte de un raro cactus peruano. La mutilación de este
patriarca de los cactus, que era una de las plantas de mi predilección,
me produjo un vago pesar, como si hubiera sido un ser animado y
sensible, y esa extraña circunstancia hizo nacer en mí
la primera simpatía al Perú, su patria, presagio sin
duda de mi futuro viaje a este país". Así, decía
el sabio, se había iniciado el apasionado romance al que
dedicó su vida. Si el episodio del cactus fue un presagio,
el haber desembarcado en el Callao cuando la joven República
del Perú celebraba sus primeros veintinueve años de
Independencia (28 de julio de 1850), quizá fuera también
una clara señal.
Jamás volvería a Milán, la tierra
donde había nacido un 19 de setiembre, veinticuatro años
antes en 1926. "Raimondi habría iniciado su aventura
peruana antes de 1850 si el amor patrio no lo hubiera impulsado
a participar en las cinco jornadas de Milán y unirse a los
voluntarios de Garibaldi en la defensa de Roma de 1849..."
afirma el Ing. Vittorio Azzaritti, Presidente de la Asociación
Educacional Antonio Raimondi.
Por eso recién al año siguiente (8
de enero) parte de Niza en el velero de carga "La Industria".
Tres jovenes y alegres compañeros viajaban con él,
uno de ellos sería el mejor de sus amigos hasta el último
de sus días: Arrigoni. Quedaban atrás sus paseos infantiles,
sus sueños por conocer los misterios del Nuevo Mundo, los
libros que, le hicieron comprender que lo suyo eran las Ciencias
Naturales. Atrás quedaba también aquél invernadero
donde un extraño cactus le enseñó a amar el
Perú.
Una obra monumental
Todos los días que le quedaban los dedicó al estudio
de este país que asumió como suyo. Durante casi veinte
años (desde 1850 a 1869) recorrió todos los caminos;
Basadre lo dice así: "Viajó por desiertos y quebradas,
por valles y montañas y por senderos de cabras y otros peores...Caminó
a pie, a caballo, en mula, en burro, sobre la espalda de un pchimbadorn,
en canoa o en caballito de totora. Estuvo en... las ciudades progresistas
o dormidas; en las aldeas inhospitalarias...Visitó los grandes
ríos como el Amazonas...y también el lago Titicaca
y las fronteras con Ecuador, Brasil y Bolivia. Estudió el
guano, el salitre, diversas aguas termales, las plantas que curan
y las plantas que emponzoñan, las armas, flechas y lanzas
de los selvícolas, minas de oro, carbón o cobre que
enriquecieron a otros, la coca, la cascarilla, el café y
llegó hasta señalar el período más propicio
para la caza de lobos marinos. Cayó...víctima de la
verruga...el soroche, vio de cerca la lepra, la uta, la tuberculosis,
la malaria y la fiebre amarilla.
Siguió su ruta inerme y frágil... teniendo
que dibujar las plantas que no podía fotografiar...dedicado
integramente la búsqueda de los secretos en los campos de
la botánica, la zoología, la química, la mineralogía,
la geografía...".
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