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Arriba, casi tocando el doloroso azul
del cielo andino, una profunda lágrima une a dos entrañables
hermanas llamadas Perú y Bolivia. Nos referimos al lago Titicaca,
líquida inmensidad de la que, según cuenta la leyenda,
emergieron Manco Cápac y Mama Ocllo con la alta misión
de fundar la sagrada ciudad del Cuzco, cuna de la civilización
Inca y capital del Imperio del Tawantinsuyo. Si no fuera por que
sus aguas son dulces, cualquiera podría creer que el Titicaca
es un pedacito desorientado de mar, atrapado por las altas cumbres
y rodeado de penínsulas, puertos, bahías, ensenadas
y pequeñas islas. Los restos de ciudades, templos y palacios,
que pueden aún admirarse en la zona, nos hablan de importantes
civilizaciones prehispánicas que supieron aprovechar los
múltiples y variados recursos que ofrece el lago. Aguas frías
y transparentes pobladas de peces. Totorales que son refugio de
aves variadas, el efecto beneficioso para el clima de los alrededores
(y por tanto para la agricultura) son razones más que suficientes
para preocuparse por el destino de estas buenas aguas...
Ante el majestuoso Titicaca es imposible no que darse sin aliento.
Y no estamos hablando del tristemente célebre soroche. Si
bien es cierto que a tales alturas (3,810 metros sobre el nivel
del mar) hay que forzar los pulmones, lo que verdaderamente deja
sin aire es esa sensación de estar frente a un mar que se
confunde con el cielo, un paraje de ensueño, irreal. Pero,
nada puede ocultar una verdad. Aquí, ni la belleza, ni el
recuerdo de los mitos logran disimular una triste realidad: el terrible
deterioro ambiental de tan importante ecosistema. Así, el
lago se transforma repentinamente en lágrima y las heridas
de los islotes deforestados duelen sobre la propia piel. La soledad
de los poblados, el silencio de olvidados campesinos y pastores,
la voracidad con que vacas, ovejas y cerdos (animales que no pertenecerán
jamás a estas tierras) arrancan los brotes tiernos de la
totora, la ausencia de nuestras llamas y alpacas y los ojos suplicantes
de innumerables niñas y niños nos dicen que nuestra
tierra y Bolivia están, hoy, más unidas que nunca.
Para analizar la situación ecológica en la región
toda donde el inmenso Titicaca (de 8,100 kilómetros de extensión)
deja sentir la beneficiosa influencia de sus aguas, fue que se realizó
el encuentro binacional PerúBolivia: Ambiente y Desarrollo
Social en el área del lago Titicaca. Del 30 de junio al cinco
de julio, se reunieron en La Paz (Bolivia) expertos de organismos
gubernamentales de ambos países y representantes de organizaciones
ambientalistas (como Pirámide y NTCL por el Perú).
El evento fue organizado por el Proyecto Medio Ambiente y Desarrollo
Social (MADS) de la Secretaría Ejecutiva del Convenio Andrés
Bello, a cargo de la Dra. Eloísa Tréllez, muy recordada
en nuestro por sus logros en Educación Ambiental. La Fundación
Konrad Adenauer, de Alemania, financió la reunión
que permitió a los especialistas constatar los múltiples
problemas compartidos y proponer alternativas que permitan elevar
la calidad de vida de los lugareños, aprovechando racionalmente
las inmensas riquezas del Titicaca.
Un importantísimo paso en ese largo caminar para recuperar
nuestro lago, desarrollando programas productivos en bien de miles
de familias campesinas. Después de esta primera etapa, habrá
que convocar e incorporar a la población para el diseño
de los planes y proyectos. Una cosa es cierta: sólo si los
hombres, mujeres y niños del Titicaca expresan sus principales
y verdaderas necesidades, sólo si el sector oficial y los
ambientalistas toman en cuenta sus opiniones y logran comprender
la particular visión andina de la vida, del tiempo y del
universo se podrá salvar el maravilloso, y hoy maltratado,
Titicaca...
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