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El pasado miércoles
se celebró el "Día Mundial de la Población"
y ha quedado claro que el reto inmediato que plantea la próxima
década es lograr un crecimiento ordenado y equilibrado de
la población. Con las proyecciones actuales es fácil
darse cuenta que la explosión demográfica es un estallido
del que sólo nuestro sentido común podrá protegernos.
Hoy, somos algo más de cinco mil millones de personas las
que habitamos sobre este planeta llamado Tierra, pero la cifra crece
rápido y es que la población crece con pasos de gigante
al ritmo de dos por ciento cada año.
Mientras nada parece dar resultado para controlar
esta tendencia, los recursos disminuyen, y cada vez son más
los condenados a una existencia dura y desde todo punto de vista
inhumana.
Tres niños nacen cada segundo, así es que cuando usted
termine de leer esta frase -si lo hace pausadamente- podrían
haber llegado a nuestro planeta cerca de treinta nuevos pasajeros.
Solamente en un día arribarán un cuarto de millón
de seres humanos más. Todos requerirán de alimentos
y tierras donde cultivarlos; de recursos esenciales y cada vez más
escasos, como el agua; de un lugar en las ya conglomeradas y polucionadas
ciudades; no es difícil darse cuenta, pues, de que la vertiginosa
velocidad a la que se reproduce la raza humana no es de manera alguna
un asunto saludable.
Y en nuestro país las cosas no son diferentes.
Aquí nacen más de quinientos mil nuevos habitantes
cada año: ¡casi dos mil peruanos por día! Sólo
durante el mes pasado, por ejemplo, nacieron más de sesenta
mil niños y niñas y, aunque según los expertos
no contamos con recursos que nos permitan satisfacer las necesidades
básicas que cifras así nos exigen, tenemos el record
latinoamericano en lo que se refiere a índice de natalidad:
dos y medio por ciento, frente al promedio regional de 1.2 por ciento.
El desmedido y caótico crecimiento poblacional
se ha convertido en una amenaza que lejos de asegurar la supervivencia
de la especie, con su altísima tasa de nacimientos, nos está
conduciendo a un futuro bastante oscuro. Hablar de explosión
demográfica es hablar de un estallido cuyas consecuencias
podrían ser tan terribles como las de cualquier poderosa
bomba.
En un informe reciente del Fondo de Población
de las Naciones Unidas (FNUAP) se manejan cifras que pueden quebrar
el ánimo del más positivo y es que en cuestiones demográficas,
como las actuales, se hace difícil mantener el optimismo.
El documento en cuestión dice, por ejemplo, que durante la
presente década el número de seres humanos crecerá
más que en cualquier otro período similar de la historia,
que cada año de los noventa cien millones de personas (una
cantidad igual a la actual población europea) se sumarán
a la terrible lucha de la supervivencia, y que para el año
dos mil la población del mundo habrá saltado de los
5,300 millones actuales a más de seis mil millones, y que
el noventa por ciento de todos los nacimientos ocurrirán
en las naciones mas pobres del globo.
Es decir que el siglo veintiuno nos llegará
con ¡Mil millones de niños y niñas menores de
once años! ¿Qué futuro les espera? Basándonos
en las cifras actuales de los países menos desarrollados
del Asia, Africa y América Latina no podemos sino concluir
que la historia que les estamos escribiendo no será de final
feliz.
Pequeños en problemas
Hoy, en 1990, con mil millones de niños menos
que lo que se espera para comienzos del nuevo siglo, los pequeños
del Tercer Mundo (donde como hemos visto ocurrirán el noventa
por ciento de los nacimientos) tienen ya suficientes problemas.
Es triste saber, pero cierto, que veinte por ciento
de los niños de nuestros países no alcanzan a cumplir
su primer año de vida y que solamente un setenta por ciento
llega a los cinco años, que trescientos millones de niños
menores de cinco años, alrededor del globo, sufren de desnutrición
profunda hasta el punto de contraer dolencias cerebrales que los
imposibilitan de por vida.
Es desgarradoramente cierto averiguar que, la mitad
de las muertes que ocurren en las naciones más pobres corresponden
a niños menores de cinco años y que cada año
quince millones de pequeños seres humanos mueren en esos
mismos países: cuarenta mil muertes diarias a causa del hambre,
la diarrea, la falta de atención médica y en definitiva
la pobreza... Y no hay que irnos muy lejos aquí no más,
en nuestro Perú, quince mil trescientos niños y niñas
murieron el año pasado por causas que parecen imposible a
finales del siglo veinte.
Dolorosas cifras que nos permiten vislumbrar el sombrío
panorama al que estarían condenados los novecientos millones
de seres humanos que, en los próximos diez años, verán
por primera vez la luz en el mundo menos desarrollado. Es evidente,
pues, que uno de los principales problemas que tendremos que enfrentar
en los próximos diez años es el de la planificación.
Son necesarias campañas intensivas de educación
en lo que se refiere a métodos de control y comprender de
una vez que es imprescindible elevar el nivel de vida de los actuales
habitantes del planeta antes de seguir incrementándonos.
Construir un mundo seguro donde los derechos y los recursos sean
para la humanidad es el gran reto de la década.
Para lograrlo habrá que utilizar aquellos
métodos que no planteen dilemas morales, pero ¿habrá
algo peor que condenar a millones de personas a una existencia breve,
dura y desde todo punto de vista inhumana?...
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