Elegir representantes municipales
es votar por un sueño. Eso es lo que haremos este domingo
al depositar en las urnas la esperanza de que nuestras ciudades
dejen de ser imperio de la decadencia. Montañas de basura,
delincuencia, desempleo, tierras agrícolas sepultadas bajo
el asfalto, espacios naturales y áreas verdes degradadas.
Violencia. Contaminación visual, sonora y del aire. Congestión
vehicular, alto costo de servicios. Caos con "c" de
ciudad, y mientras más grandes ellas... ¡peor! Las
ciudades han sido calificadas, por algunos y con razón,
como un fenómeno antiecológico. Las mujeres y hombres
que, gracias a la confianza del pueblo, lleguen a ocupar cargos
ediles nos guiarán al siglo XXI. Ad-portas del nuevo milenio
cada vecina y vecino apostará, sin duda, por barrios más
sanos y amables, por espacios para el desarrollo de la vida y
todo su potencial espiritual y creativo...
"Una sociedad democrática puede ser arruinada por
ciudades mal planeadas, con la misma facilidad que con el establecimiento
de un régimen totalitario. No hay campo para la participación
ciudadana cuando el ambiente social es cada vez menos transparente".
Estas palabras pertenecen al insigne conservacionista venezolano
Arturo Eichler. Razón no le falta: dónde el propio
espacio, mal planeado, insalubre e inseguro, propicia perturbaciones
sociales, donde sé prioriza abrirles nuevos caminos a los
automóviles antes que crear áreas verdes para las
personas, ¿puede acaso desarrollarse una sociedad con vocación
participativa y dispuesta a compartir con los demás? Entre
humos y ruidos, entre la sombra de edificios que proliferan -violando
todo tipo de ordenanzas- pretendiendo rascarles la panza a las
nubes, ¿pueden las personas ser felices?
EL INFIERNO ESTA AQUI
Varios miles de años nos separan de las primeras aglomeraciones
urbanas. Hoy la vida en comunidad se desarrolla, principalmente,
en escenarios gigantescos. El Tercer Milenio está ya a
la vuelta de la esquina y una cosa es clara: el hábitat
de las personas no puede seguir por la ruta de la degradación
que lleva a las grandes mayorías a vivir en condiciones
francamente infrahumanas, y a todas y todos bajo la constante
amenaza de la insalubridad del aire, del agua, de una especie
de prisión erigida por la 'miopía verde' de sucesivas
autoridades. Un incómodo enjambre.
Los terrícolas somos actualmente fauna eminentemente urbana.
Lima, por ejemplo, es la quinta ciudad... ¡más habitada
del continente! En la capital del Perú se concentra el
treinta por ciento de la población nacional.
"La gran urbe -escribió el doctor Godofredo Stutzin,
destacado abogado y ecologista chileno- ha sido comparada con
un monstruo que consume diariamente cientos de miles de toneladas
de agua, oxígeno, alimentos y materias primas, mientras
que en el mismo lapso expele de su organismo la correspondiente
cantidad de residuos, basuras y sustancias contaminantes".
Pequeñitas o inmensas, las zonas urbanas padecen los mismos
problemas ecológicos. Pérdida de flora y fauna,
amén de desaparición de los sitios históricos.
Generaciones que crecen en rincones que ya nadie recuerda cómo
fueron, y que con su bulla y falta de armonía cortan la
posibilidad de comprender que, con reglas claras y compromiso,
el infierno ¡sí! Puede transformarse en paraíso.
Ese es el reto del domingo, tanto de los electores como de sus
elegidos.
JUNTOS TODO ES POSIBLE
Que los pobladores tomemos nuestras ciudades por asalto -en el
sentido positivo de la palabra, por supuesto- es lo que se requiere.
Participación, unión y decisión son las palabras
claves. Las autoridades son apenas una de las piezas del gran
rompecabezas que todos, y cada uno de nosotros, debe armar. Y
como con la caridad, el asunto empieza por casa, sigue por la
cuadra, por la manzana y por el barrio hasta llegar a la ciudad
misma y su administración. Las vecinas y vecinos deben
estar conscientes de sus obligaciones, es cierto, mas también
de sus derechos de fiscalizar, proponer y hacer oír su
voz.
El mayor recurso de una ciudad son sus habitantes. Así
como somos cómplices de la decadencia podemos ser gestores
del cambio.
Hay que aprender a cambiar y a crecer. A crecer pensando en los
demás y en los que vendrán. Hay que comprender,
de una vez por todas, que bajo el argumento del "progreso
y desarrollo" no se nos debe usurpar ni los parques, ni el
aire limpio, ni la armonía del paisaje, ni las áreas
naturales cercanas, ni la paz y el silencio que requerimos para
una vida más digna...