Diario El Comercio Lima -Perú 07 - 10 -1998

Martha Meier MQ.

 
Municipios y ambiente
Votar por un sueño...
 

Elegir representantes municipales es votar por un sueño. Eso es lo que haremos este domingo al depositar en las urnas la esperanza de que nuestras ciudades dejen de ser imperio de la decadencia. Montañas de basura, delincuencia, desempleo, tierras agrícolas sepultadas bajo el asfalto, espacios naturales y áreas verdes degradadas.

Violencia. Contaminación visual, sonora y del aire. Congestión vehicular, alto costo de servicios. Caos con "c" de ciudad, y mientras más grandes ellas... ¡peor! Las ciudades han sido calificadas, por algunos y con razón, como un fenómeno antiecológico. Las mujeres y hombres que, gracias a la confianza del pueblo, lleguen a ocupar cargos ediles nos guiarán al siglo XXI. Ad-portas del nuevo milenio cada vecina y vecino apostará, sin duda, por barrios más sanos y amables, por espacios para el desarrollo de la vida y todo su potencial espiritual y creativo...

"Una sociedad democrática puede ser arruinada por ciudades mal planeadas, con la misma facilidad que con el establecimiento de un régimen totalitario. No hay campo para la participación ciudadana cuando el ambiente social es cada vez menos transparente".

Estas palabras pertenecen al insigne conservacionista venezolano Arturo Eichler. Razón no le falta: dónde el propio espacio, mal planeado, insalubre e inseguro, propicia perturbaciones sociales, donde sé prioriza abrirles nuevos caminos a los automóviles antes que crear áreas verdes para las personas, ¿puede acaso desarrollarse una sociedad con vocación participativa y dispuesta a compartir con los demás? Entre humos y ruidos, entre la sombra de edificios que proliferan -violando todo tipo de ordenanzas- pretendiendo rascarles la panza a las nubes, ¿pueden las personas ser felices?

EL INFIERNO ESTA AQUI

Varios miles de años nos separan de las primeras aglomeraciones urbanas. Hoy la vida en comunidad se desarrolla, principalmente, en escenarios gigantescos. El Tercer Milenio está ya a la vuelta de la esquina y una cosa es clara: el hábitat de las personas no puede seguir por la ruta de la degradación que lleva a las grandes mayorías a vivir en condiciones francamente infrahumanas, y a todas y todos bajo la constante amenaza de la insalubridad del aire, del agua, de una especie de prisión erigida por la 'miopía verde' de sucesivas autoridades. Un incómodo enjambre.

Los terrícolas somos actualmente fauna eminentemente urbana. Lima, por ejemplo, es la quinta ciudad... ¡más habitada del continente! En la capital del Perú se concentra el treinta por ciento de la población nacional.

"La gran urbe -escribió el doctor Godofredo Stutzin, destacado abogado y ecologista chileno- ha sido comparada con un monstruo que consume diariamente cientos de miles de toneladas de agua, oxígeno, alimentos y materias primas, mientras que en el mismo lapso expele de su organismo la correspondiente cantidad de residuos, basuras y sustancias contaminantes".

Pequeñitas o inmensas, las zonas urbanas padecen los mismos problemas ecológicos. Pérdida de flora y fauna, amén de desaparición de los sitios históricos. Generaciones que crecen en rincones que ya nadie recuerda cómo fueron, y que con su bulla y falta de armonía cortan la posibilidad de comprender que, con reglas claras y compromiso, el infierno ¡sí! Puede transformarse en paraíso. Ese es el reto del domingo, tanto de los electores como de sus elegidos.

JUNTOS TODO ES POSIBLE

Que los pobladores tomemos nuestras ciudades por asalto -en el sentido positivo de la palabra, por supuesto- es lo que se requiere. Participación, unión y decisión son las palabras claves. Las autoridades son apenas una de las piezas del gran rompecabezas que todos, y cada uno de nosotros, debe armar. Y como con la caridad, el asunto empieza por casa, sigue por la cuadra, por la manzana y por el barrio hasta llegar a la ciudad misma y su administración. Las vecinas y vecinos deben estar conscientes de sus obligaciones, es cierto, mas también de sus derechos de fiscalizar, proponer y hacer oír su voz.

El mayor recurso de una ciudad son sus habitantes. Así como somos cómplices de la decadencia podemos ser gestores del cambio.

Hay que aprender a cambiar y a crecer. A crecer pensando en los demás y en los que vendrán. Hay que comprender, de una vez por todas, que bajo el argumento del "progreso y desarrollo" no se nos debe usurpar ni los parques, ni el aire limpio, ni la armonía del paisaje, ni las áreas naturales cercanas, ni la paz y el silencio que requerimos para una vida más digna...