Rugen como fieras. Emponzoñan
el aire. Envenenan el suelo. De un letal zarpazo pueden arrancar
más de una vida. A su paso huye la gente y todo queda envuelto
en humo. Arboledas y huertas perfumadas han sido arrasadas para
abrirle camino.
Veloces. Voraces. Devoran combustible y distancias. Sus ojos
brillan de noche y desde lejos parecen estrellas. Descaradamente
antidemocráticos, marginan sin reparos de su manejo a la
niñez, a las personas de avanzada edad y a hombres y mujeres
con incapacidad física. La ciudad es su imperio y las personas
sus esclavas. Son los... ¡automóviles!, Dueños
y señores de los caminos. Seductoras moles de lata convertidas
en verdadero símbolo de nuestro siglo y que, pese a todo,
son una gran victoria de la ingeniería. Maravillas de la
tecnología que a fin de cuentas no son más que...
¡"ogros" de cuatro llantas!
La biografía del señor H. H. Bliss no figura en
las enciclopedias. De este personaje se sabe poco, casi nada.
La verdad es que apenas se ha registrado sus últimos instantes
en este mundo. Sabemos, sí, que el buen hombre vivió
en los Estados Unidos, más concretamente en la ciudad de
Nueva York, donde encontró trágico fin allá
por el año de 1899. Conociendo las circunstancias que rodearon
su muerte podemos concluir que era galante y caballeroso, atento
con las señoras, pues el pobrecito ayudaba a una dama a
bajar de un tranvía cuando... ¡paf! Fue arrollado
por un automóvil. A saber se trataría de la primera
víctima de un accidente de tránsito. A estas alturas
los automóviles -y sus hermanos mayores, los omnibuses
y camiones- han cobrado millones de víctimas en todos los
caminos del planeta.
La seguridad ciudadana, la tranquilidad y la salud ambiental
urbana están realmente amenazadas por los metálicos
armatostes. Nadie niega, sin embargo, sus contribuciones con el
desarrollo del comercio, la economía y la integración
de los pueblos.
RODANDO Y CONTAMINANDO
Ojos llorosos. Escozor en la garganta. Tos. Corrosión
de rejas y monumentos. Paredes teñidas de negro. La contaminación
ambiental generada por los carros es harto conocida y diario padecimiento
de la población urbana. Ciudad de México, Santiago
de Chile, Los Angeles y la propia Lima son patético ejemplo
de ella. A los desequilibrios ambientales hay que sumar el embotellamiento,
los accidentes y los ruidos. Bocinas, rugir de motores, rechinar
de frenos son también simple y llana "contaminación
acústica" que genera neurosis. Diseñados para
brindar transporte fácil, son hoy la más importante
fuente de envenenamiento de la atmósfera citadina. Para
1994 habían en el Perú 760,807 vehículos
motorizados. Como suele ocurrir en la mayoría de capitales
del Tercer Mundo, Lima concentra la mayor parte del parque automotor.
El... ¡80%! De las unidades tiene una antigüedad de
más de... ¡veinte años! La senilidad profundiza
los efectos contaminantes.
Los vetustos motores son ineficientes, más derrochadores
de combustible y no cuentan con la tecnología avanzada
que, de una u otra manera, contrarresta aunque sea mínimamente
la emisión de contaminantes.
ENSUCIANDO EL AIRE
Son cinco las principales clases de contaminantes del aire que
"escapan" de los autos: el monóxido de carbono;
los óxidos de azufre; partículas entre las que figura
el plomo (que se acumula en el organismo, causando males renales,
hepáticos, baja producción de hemoglobina e interfiere
con las funciones cerebrales y nerviosas); óxidos de nitrógeno
e hidrocarburos gaseosos. Estos dos últimos, al reaccionar
con la luz solar forman la base del "smog", es decir
los peligrosismos oxidantes fotoquímicos como el irritante
y rojizo gas dióxido de nitrógeno; El líquido
explosivo conocido como nitrato de peroxiactil; aldehídos
y otros líquidos venenosos. Muchas de estas sustancias
son reconocidas cancerígenos.
En los carros más modernos, a través de catalizadores,
se transforma el peligroso monóxido de carbono en dióxido
de carbono (o anhídrido carbónico CO2). Este compuesto
no afecta directamente a la salud mas se sabe que precipita el
temido "efecto invernadero". Para el caso de la llamada
"gasolina ecológica", poco utilizada por su alto
precio, su única virtud es que no libera el temible plomo.
Al "gas licuado" se lo reconoce hoy como un combustible
mucho más limpio que la gasolina o el diesel. Lamentablemente
está elaborado a partir de una fuente no renovable. Ecológicamente
hablando el auto es una desgracia, así consuma poco combustible
de fuente fósil. "Un automóvil que sólo
consuma tres litros no es ninguna solución, sino una evolución
absolutamente errónea que paralizaría toda fuerza
innovadora", ha escrito el científico alemán
Frederic Vester.
LA CIUDAD Y LOS FIERROS
Las ciudades han dejado de lado la estética, las áreas
verdes y los espacios para el disfrute y la integración
vecinal en el afán de serle "funcionales" a los
autos. Las vecinas y vecinos no tienen lugares abiertos donde
relacionarse. La niñez ve amenazados sus juegos callejeros
por los carros. Parques, jardines y hasta antiguas construcciones
han caído para "anchar la calle". Así
y todo el caos vehicular es un problema que crece día a
día. El carro destronó al tranvía, pero hoy
el destronado es aclamado como una de las soluciones más
viables e inteligentes para el transporte urbano. Metros, trenes,
transporte masivo interconectado es lo que se requiere para que
las personas reconquistemos el espacio urbano. Las ciudades son
hoy de los fierros. Ir a un parque y pretender escuchar a las
aves y el sonido del viento sobre las hojas, o bien tratar de
entablar una conversación con un paseante es tarea prácticamente
imposible. Los ruidos de los "ogros" no dejarán
oír ni la propia voz. Los humos enrojecerán los
ojos. El caos causará malestar y mal humor. ¡Vaya
ciudad!