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El argumento más utilizado
para convencernos de la necesidad de proteger el entorno es el de
hacernos ver que la Tierra no nos pertenece, que es de nuestros
hijos e hijas y que a ellos hay que dejarles un entorno sano. Pasa
muchas veces, sin embargo, que los terribles problemas ambientales
logran hacer perder de perspectiva a las verdaderas, y más
inocentes, víctimas. Que el camino recorrido tras el ansiado,
y poco comprendido, progreso no ha sido el más correcto,
es asunto que a estas alturas de la historia ya nadie pone en duda.
Basta mirar las heridas abiertas de las selvas, el paso apurado
de los desiertos, ríos y mares envenenados, la desolada y
desnuda piel de las montañas. Los gases asfixiantes que envuelven
a las grandes ciudades del planeta los millones de ojos suplicantes.
Niños y niñas, con hambre, muriendo antes de haber
comprendido que estaban vivos. Todo es un patético ejemplo
de lo mal que andan las cosas.
Estamos, pues, atrapados en un egoísta sistema que se apoya
en la explotación violenta e irracional de los recursos naturales,
en arrancar del vientre de la tierra lo que no se ha sembrado. Un
sistema que sostiene la riqueza de unos cuantos a costa de la pobreza
de millones. Compartir, es una palabra que se repite poco en estos
tiempos, lamentablemente...
No pocas veces ocurre que la esplendorosa flora y fauna del planeta
(en peligro por los descalabros causados por los "adultos responsables")
desvía la atención de las verdaderas y más
inocentes víctimas del caos ecológico. Las niñas
y los niños, que nada tienen que ver en las pésimas
decisiones políticas, a quienes nada se les consulta son
los más afectados. La creciente polución de nuestras
apretadas ciudades, por ejemplo, afecta mucho más profundamente
a los "enanos". Un organismo en crecimiento (y por tanto
aún en formación) necesita de agua pura, una dieta
variada y balanceada, espacio para jugar y aire limpio. Algo cada
vez más escaso.
Un documento preparado por la Conferencia Episcopal Peruana informa
que para el dos mil, diez millones de pequeños y pequeñas
peruanas (menores de catorce años) compartirán con
nosotros este golpeado territorio. Informan, además, que
en la actualidad viven cerca de ocho millones y medio, la mayoría
procedentes de familias pobres y necesitadas. Esto, seguramente,
ayudará a que los argumentos antinatalistas cobren vigor.
Salidas malthusianas, egoístas e inhumanas es lo menos que
se necesita. Si bien es cierto se debe ordenar el crecimiento demográfico
y reducirlo, no hay que caer en el juego de promover campañas
masivas que nos exponen exclusivamente a nosotras, las mujeres,
a una serie de sustancias y métodos peligrosos y en experimentación.
No dejemos tampoco que ocurra que las campañas de planificación
se dirijan exclusivamente a las mujeres marginales para que "no
sean reproductoras de pobreza", según se expresan los
planificadores. No hay que perder la brújula: la pobreza
debe ser atacada desde otros frentes. Acabar con los verdaderos
agentes empobrecedores de nuestras sociedades nos ayudará,
a la vez, a liquidar las mismísimas raíces del deterioro
ambiental.
Triste realidad
Todos los problemas ambientales que nos aquejan, repercuten directamente
sobre los más chiquitos. El empobrecimiento de los suelos,
la pérdida de tierras cultivables, el abandono del campo,
la baja productividad agrícola...Tenemos, por ejemplo, que
casi la mitad (exactamente cuarenticinco por ciento) de la población
infantil presenta problemas de desnutrición. Si bien es cierto
que otras son las causas de esta vergonzosa situación, los
problemas antes mencionados no hacen más que profundizarla.
Nuestro país, el Perú, está en tercer lugar
a nivel latinoamericano en lo que se refiere a mortalidad infantil,
con ochentitres muertes por cada mil nacimientos (cada día
cientos de niñas y niños mueren debido al hambre y
a enfermedades que a las puertas del siglo veintiuno parecen increíbles:
diarrea, enfermedades respiratorias y otras que pudieron ser prevenidas
por vacunas).
Sólo el 44 por ciento de la población cuenta con
agua potable, sólo diez por ciento tiene acceso a los programas
de salud, un tercio de la población en edad escolar no tiene
acceso a la educación, más de un millón de
peruanitos y peruanitas deben realizar arduos trabajos tanto en
el campo como en las polucionadas ciudades.
Pequeña muestra de los múltiples problemas a los
que, por nuestro egoísmo e indiferencia, debe enfrentarse
la niñez. La premisa ecologista de conservar por el bien
de las futuras generaciones no debe olvidar el trabajar, hoy, por
mejorar y elevar la calidad de vida de los más pequeños.
No hay recurso más grande para una nación que sus
hombres y mujeres y en este sentido las niñas y los niños
son los únicos capaces de hacernos soñar y prometernos
que habrá un mañana...
El Comercio Pagina de Ecología
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