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Hace más de veinte años,
debido a los estragos que causaban sobre el entorno y a sus perjudiciales
efectos sobre la salud humana, una serie de insecticidas y herbicidas
de uso agrícola empezaron a ser prohibidos en la mayoria
de naciones del hemisferio norte. Pese a su reconocida toxicidad
y a su potencial peligrosidad, los grandes laboratorios de las naciones
más desarrolladas del planeta han seguido produciéndolas
y exportándolas hacia el tercermundo, hacia nuestros países.
Estados Unidos, por ejemplo, produce legalmente más de doscientas
cincuenta mil toneladas de plaguicidas cuyo uso local está
terminantemente prohibido. Clordano, Heptacloro y otros compuestos
de la tristemente célebre "docena sucia" se producen
así, exclusivamente, para ser comercializados en Latinoamérica,
el Caribe y Africa, donde tienen gran demanda.
Pero la contaminación no reconoce fronteras y los efectos
de los plaguicidas alcanzan hoy las costas de un país que
desde hace mucho los considera ilegales.
Así es. Evaluaciones realizadas en el extremo sur del norteamericano
estado de la Florida, en la zona conocida como "los Cayos",
han detectado la presencia de una serie de peligrosos compuestos
químicos en las impresionantes formaciones coralinas y en
las especies de flora y fauna submarinas a ellas asociadas.
Muestras de tejido de peces, camarones, moluscos y langostas, entre
otras, indican concentraciones de agro tóxicos veinticinco
veces sobre los límites considerados "normales".
Además, el análisis de los corales vivos colectados
en la zona afectada reveló la presencia de por lo menos nueve
plaguicidas prohibidos.
"Todos vuelven a la tierra en que nacieron...", reza
uno de los más hermosos valses de César Miró;
la verdad de estas palabras puede aplicarse, también, al
lamentable episodio ambiental que se vive, hoy, en este país
del norte. Plaguicidas prohibidos desde hace más de veinte
años, pero que siguen produciéndose para exportarse
al Tercer Mundo, "vuelven a la tierra en que nacieron",
arrastrados por los vientos y las mareas. Esto es, al parecer, lo
que puede desprenderse de una serie de investigaciones realizadas
durante los dos ultimos años por expertos de la Universidad
de Miami y que fueran revelados por el periodista Keating del "Miami
Herald" hace pocos meses. Las investigaciones determinaron
que las concentraciones detectadas eran demasiado altas para tratarse
de residuos de décadas pasadas y que probablemente están
viniendo de los países "compradores".
Paraíso en problemas
La zona "enferma" está situada en el extremo sur
de la Florida, en un paraje que los conquistadores españoles
(llegados con Ponce de León) bautizaron como "Cayo Hueso"
y que la lengua inglesa transformo en "Key West".
Key West es un lugar de vacaciones tan, pero tan al sur que, en
un día claro, se puede ver la isla de Cuba. Famoso balneario
de playas inmensas, de blanquísima arena, mar turquesa transparentísimo,
poblado de peces multicoles y caracolas, en Key West, bañistas
y delfines retozan alegres. Zambullirse en esas aguas con los ojos
abiertos es ingresar a un alucinante mundo sumergido.
La ciudad, con sus antiguas casonas color pastel, es un sitio siempre
de moda donde vacacionan muchos intelectuales norteamericanos. Como
bien recordarán nuestros lectores, el inolvidable escritor
Ernest Hemingway tenía una casa allí. Toda esta belleza
está, sin embargo, amenazada.
Corales envenenados
Uno de los más grandes atractivos de Key West son, sin duda,
sus arrecifes coralinos. Casualmente para protegerlos el año
pasado el conjunto de los "cayos" (pequeñas islas
ubicadas unas tras otras) fueron declarados Santuario Nacional Marino,
el más grande en su género en todos los Estados Unidos.
Los arrecifes coralinos, suerte, de catedrales naturales sumergidas,
son "construidos" por los pólipos de los corales,
unos pequeñitos organismos marinos que van formando depósitos
de carbonato de calcio; esqueletos convertidos en "ciudadelas"
y que albergan infinidad de especies de flora y fauna.
Quien ve los corales estará seguro de que son plantitas;
sin embargo, se trata de pequeños y peculiares animalitos.
Los pesticidas ingresan a los pólipos a través del
zooplancton del cual se alimentan. Los estudios encontraron que
los corales vivos estaban saturados de, por lo menos, nueve pesticidas
que son reconocidos como potenciales agentes cancerígenos
y causa de deformaciones genéticas, lo cual ha causado preocupación
a los grupos ambientalistas y a ciertos políticos. Los "Cayos"
(o "Keys") basan su economía en dos actividades:
la industria del turismo (que genera cuatrocientos millones de dólares
anuales) y la pesca comercial, que rinde cerca de cincuenta millones
de dólares anuales, actividades que, según los expertos,
se verían seriamente afectadas si la contaminación
no se revierte.
Enemigos silenciosos
El episodio de los Cayos sirve para ilustrarnos claramente sobre
los alcances de la contaminación y comprender, así,
que los plaguicidas son enemigos letales y silenciosos.
Cada día, en casi todos los rincones del planeta, miles
de toneladas de venenos químicos son vertidos con la esperanza
de proteger los cultivos de todo tipo de plagas, pestes y malas
hierbas.
Perfeccionados durante la Segunda Guerra Mundial, los pesticidas
empezaron a proliferar durante la década de los cincuenta,
con el sueño de aumentar la productividad y acabar con el
flagelo del hambre. La realidad ha sido otra.
Si bien es cierto que el rendimiento por hectárea creció,
el hambre ha seguido profundizándose. Con los plaguicidas,
sólo hemos conseguido envenenar suelos y fuentes de agua
dulce, los ríos han arrastrado hasta los océanos los
contaminantes, deteriorando el entorno de manera sistemáticas.
Cáncer general, malformaciones genéticas, enfermedades
nerviosas, esterilidad, son algunas de las secuelas que dejan estos
venenos entre sus usuarios. Recordemos, además, que se trata
de compuestos muy estables y que permanecen en el ambiente por años.
En varias oportunidades nos hemos ocupado de este problema y hemos
llamado la atención sobre el hecho de que en nuestro país,
los agrotóxicos se venden sin ningún tipo de restricción.
Los usuarios son, por lo general, mujeres y hombres del campo, desesperados
por proteger sus cultivos de las plagas; nadie les indica sobre
los problemas que pueden ocasionarles, nadie les enseña como
utilizarlos de la forma que ofrezca menos riesgo. Así, no
son raros, los episodios de envenenamiento con estos tóxicos.
La Organización Mundial de la Salud (OMS), por ejemplo,
ha determinado que, por lo menos, un millón de campesinos
de las naciones más pobres se envenenan cada año,
lo cual deviene en veinte mil muertos por año.
Y así, mientras los químicos siguen causando estragos
sobre nuestros maltratados ecosistemas, amenazando la salud de la
población, y las fábricas del primer mundo los siguen
produciendo "para exportación solamente", los vientos
y las corrientes marinas, casi insólitamente (y por una especie
nietzschiana de ley del eterno retorno) los traen de vuelta a la
tierra en que nacieron.
El episodio de los Cayos podría ayudar, quizá, para
que de una vez por todas se dejen de producir estos peligrosos compuestos
y se busquen alternativas más viables, algo por lo que ambientalistas
y ecologistas del mundo vienen batallando desde hace décadas.
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