Diario El Comercio Lima -Perú
23-11-1991

Martha Meier MQ.

 
Plaguicidas:
Contaminación sin fronteras
 

Hace más de veinte años, debido a los estragos que causaban sobre el entorno y a sus perjudiciales efectos sobre la salud humana, una serie de insecticidas y herbicidas de uso agrícola empezaron a ser prohibidos en la mayoria de naciones del hemisferio norte. Pese a su reconocida toxicidad y a su potencial peligrosidad, los grandes laboratorios de las naciones más desarrolladas del planeta han seguido produciéndolas y exportándolas hacia el tercermundo, hacia nuestros países.

Estados Unidos, por ejemplo, produce legalmente más de doscientas cincuenta mil toneladas de plaguicidas cuyo uso local está terminantemente prohibido. Clordano, Heptacloro y otros compuestos de la tristemente célebre "docena sucia" se producen así, exclusivamente, para ser comercializados en Latinoamérica, el Caribe y Africa, donde tienen gran demanda.

Pero la contaminación no reconoce fronteras y los efectos de los plaguicidas alcanzan hoy las costas de un país que desde hace mucho los considera ilegales.

Así es. Evaluaciones realizadas en el extremo sur del norteamericano estado de la Florida, en la zona conocida como "los Cayos", han detectado la presencia de una serie de peligrosos compuestos químicos en las impresionantes formaciones coralinas y en las especies de flora y fauna submarinas a ellas asociadas.

Muestras de tejido de peces, camarones, moluscos y langostas, entre otras, indican concentraciones de agro tóxicos veinticinco veces sobre los límites considerados "normales". Además, el análisis de los corales vivos colectados en la zona afectada reveló la presencia de por lo menos nueve plaguicidas prohibidos.

"Todos vuelven a la tierra en que nacieron...", reza uno de los más hermosos valses de César Miró; la verdad de estas palabras puede aplicarse, también, al lamentable episodio ambiental que se vive, hoy, en este país del norte. Plaguicidas prohibidos desde hace más de veinte años, pero que siguen produciéndose para exportarse al Tercer Mundo, "vuelven a la tierra en que nacieron", arrastrados por los vientos y las mareas. Esto es, al parecer, lo que puede desprenderse de una serie de investigaciones realizadas durante los dos ultimos años por expertos de la Universidad de Miami y que fueran revelados por el periodista Keating del "Miami Herald" hace pocos meses. Las investigaciones determinaron que las concentraciones detectadas eran demasiado altas para tratarse de residuos de décadas pasadas y que probablemente están viniendo de los países "compradores".

Paraíso en problemas

La zona "enferma" está situada en el extremo sur de la Florida, en un paraje que los conquistadores españoles (llegados con Ponce de León) bautizaron como "Cayo Hueso" y que la lengua inglesa transformo en "Key West".

Key West es un lugar de vacaciones tan, pero tan al sur que, en un día claro, se puede ver la isla de Cuba. Famoso balneario de playas inmensas, de blanquísima arena, mar turquesa transparentísimo, poblado de peces multicoles y caracolas, en Key West, bañistas y delfines retozan alegres. Zambullirse en esas aguas con los ojos abiertos es ingresar a un alucinante mundo sumergido.

La ciudad, con sus antiguas casonas color pastel, es un sitio siempre de moda donde vacacionan muchos intelectuales norteamericanos. Como bien recordarán nuestros lectores, el inolvidable escritor Ernest Hemingway tenía una casa allí. Toda esta belleza está, sin embargo, amenazada.

Corales envenenados

Uno de los más grandes atractivos de Key West son, sin duda, sus arrecifes coralinos. Casualmente para protegerlos el año pasado el conjunto de los "cayos" (pequeñas islas ubicadas unas tras otras) fueron declarados Santuario Nacional Marino, el más grande en su género en todos los Estados Unidos. Los arrecifes coralinos, suerte, de catedrales naturales sumergidas, son "construidos" por los pólipos de los corales, unos pequeñitos organismos marinos que van formando depósitos de carbonato de calcio; esqueletos convertidos en "ciudadelas" y que albergan infinidad de especies de flora y fauna.

Quien ve los corales estará seguro de que son plantitas; sin embargo, se trata de pequeños y peculiares animalitos. Los pesticidas ingresan a los pólipos a través del zooplancton del cual se alimentan. Los estudios encontraron que los corales vivos estaban saturados de, por lo menos, nueve pesticidas que son reconocidos como potenciales agentes cancerígenos y causa de deformaciones genéticas, lo cual ha causado preocupación a los grupos ambientalistas y a ciertos políticos. Los "Cayos" (o "Keys") basan su economía en dos actividades: la industria del turismo (que genera cuatrocientos millones de dólares anuales) y la pesca comercial, que rinde cerca de cincuenta millones de dólares anuales, actividades que, según los expertos, se verían seriamente afectadas si la contaminación no se revierte.

Enemigos silenciosos

El episodio de los Cayos sirve para ilustrarnos claramente sobre los alcances de la contaminación y comprender, así, que los plaguicidas son enemigos letales y silenciosos.

Cada día, en casi todos los rincones del planeta, miles de toneladas de venenos químicos son vertidos con la esperanza de proteger los cultivos de todo tipo de plagas, pestes y malas hierbas.

Perfeccionados durante la Segunda Guerra Mundial, los pesticidas empezaron a proliferar durante la década de los cincuenta, con el sueño de aumentar la productividad y acabar con el flagelo del hambre. La realidad ha sido otra.

Si bien es cierto que el rendimiento por hectárea creció, el hambre ha seguido profundizándose. Con los plaguicidas, sólo hemos conseguido envenenar suelos y fuentes de agua dulce, los ríos han arrastrado hasta los océanos los contaminantes, deteriorando el entorno de manera sistemáticas.

Cáncer general, malformaciones genéticas, enfermedades nerviosas, esterilidad, son algunas de las secuelas que dejan estos venenos entre sus usuarios. Recordemos, además, que se trata de compuestos muy estables y que permanecen en el ambiente por años. En varias oportunidades nos hemos ocupado de este problema y hemos llamado la atención sobre el hecho de que en nuestro país, los agrotóxicos se venden sin ningún tipo de restricción. Los usuarios son, por lo general, mujeres y hombres del campo, desesperados por proteger sus cultivos de las plagas; nadie les indica sobre los problemas que pueden ocasionarles, nadie les enseña como utilizarlos de la forma que ofrezca menos riesgo. Así, no son raros, los episodios de envenenamiento con estos tóxicos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS), por ejemplo, ha determinado que, por lo menos, un millón de campesinos de las naciones más pobres se envenenan cada año, lo cual deviene en veinte mil muertos por año.

Y así, mientras los químicos siguen causando estragos sobre nuestros maltratados ecosistemas, amenazando la salud de la población, y las fábricas del primer mundo los siguen produciendo "para exportación solamente", los vientos y las corrientes marinas, casi insólitamente (y por una especie nietzschiana de ley del eterno retorno) los traen de vuelta a la tierra en que nacieron.

El episodio de los Cayos podría ayudar, quizá, para que de una vez por todas se dejen de producir estos peligrosos compuestos y se busquen alternativas más viables, algo por lo que ambientalistas y ecologistas del mundo vienen batallando desde hace décadas.