Diario El Comercio Lima -Perú
05-01-1991

 
Paz en la tierra
 
En varias ocasiones nos hemos referido a los estragos ambientales que causan los conflictos armados. Este artículo de ecología es el primero del presente año. Por ello hemos querido tratar, una vez más, el tema de la Paz.

Es doloroso reconocerlo pero nuestro único hogar, el universo, este pequeñito y azul balón llamado Tierra, ha recibido una patada que lo dirige hacia la guerra. Nadie sabe como; ni con que lógica se formaron los equipos; nadie preguntó si queríamos entrar en este macabro juego. Pero aquí estamos todos: mujeres, hombres, niñas, niños. Asustados, prendidos con uñas y dientes a nuestra esfera, soñando con frenarla, esperando que no caiga en el vacío de un partido en el que sólo habrá perdedores. Mientras tanto, la oscura fanfarria de los tambores de guerra anuncia lo inminente. Algunos ya decidieron qué día estará el primer proyectil: quince de enero si Hussein no ser retira de Kuwait y no acepta una última conversación con Bush.

Guerras, dicen, ha habido siempre y siempre habrá, pero ésta, opinan los especialistas, podría ser la más cruel y terrible, pues mucho han `progresado' nuestras técnicas de muerte...

Con la mirada triste, visiblemente emocionado y tratando de evitar lo que ya parece inevitable, Su Santidad Juan Pablo II dirigió a su acostumbrado mensaje por Año Nuevo.

Este hombre que conoció en carne propia los horrores dela Segunda Guerra Mundial, que vio como morían millones de seres humanos y que comprobó que las batallas no sólo erosionan el paisaje, sino también las almas dijo: `Con sentimientos de congoja, mis deseos se dirigen al Oriente Medio, en la esperanza de que 1991 sea para todos un año de paz y no de guerra'. Un deseo que, seguramente, todas las lectoras y lectores de esta página comparten.

Lamentablemente, su congoja tiene fundamento. A estas alturas los analistas políticos no vislumbran una posibilidad pacífica al conflicto del Golfo Pérsico; la guerra -dicen- es `inminente' ¿Quien tiene la culpa? sin duda ese grupo de líderes que se empeña en lucir su macho poderío en esta guerra, quizá la mas cruel de todas las que haya visto nuestra especie.

El costo de la guerra

En esa árabe y árida escenografía, las armas químicas y biológicas serán cosa de todos los días. Probablemente hayan también algunas (o muchas) explosiones nucleares. La factura ambiental de estas, nuestras, modernas batallas será inmensa.

Tierras y fuentes de agua quedarán profundamente envenenadas con los gases neuro tóxicos y otras inmundicias químicas que allá se utilizarán. Mortíferos virus y bacterias, diseminados por toda la zona, y , probablemente, llegarán impulsados por los vientos hacia otras regiones. De utilizarse artefactos nucleares (hoy miles de veces más potentes que los de Hiroshima), algo similar ocurrirá con la radiactividad.

Pero no sólo el uso de tales `maravillas tecnológicas' (desarrolladas gracias al despilfarro diario de casi tres mil millones de dólares) impactará negativamente sobre el entorno...Según se dio a conocer hace pocos días en Londres, el incendio (inevitable en una guerra) de los cientos de inmensos depósitos de petróleo de la zona en conflicto, podría ocasionar una gigantesca humareda que sería visible inclusive a mil quinientos kilómetros de Kuwait. Y no sólo eso...según un químico británico esta humareda impediría la formación de los vientos monzones y sus usuales lluvias (esa agua fresca de la que dependen unos mil millones de seres humanos en el Asia). Además, los humos bloquearían los rayos solares y por tanto la temperatura podría descender veinte grados centígrados, causando estragos sobre los frágiles ecosistemas de la zona. Y cómo si todo esto no fuera suficiente: el agua de las lluvias quedaría seriamente contaminada y envenenaría además suelos y aguas subterráneas.

Pero más allá del costo ecológico está el costo social. Un conflicto de tales magnitudes deja cicatrices en el alma muy difíciles de borrar. La guerra es un asunto en el que se despilfarran recursos económicos. El planeta necesita escuelas, hospitales, maquinaria agrícola programas que permitan recuperar la fertilidad de los suelos y reforestar los desiertos. Los seres humanos necesitan alimentos agua fresca, viviendas dignas, medicinas, ¡NO! guerras.

Es una vergüenza que en un planeta donde prácticamente media humanidad pasa hambre, el mundo `desarrollado' invierta la escandalosa suma de un trillón de dólares cada año en armas. Los ejemplos dan asco: un solo submarino del tipo Trident cuesta unos 1,400 millones de dólares, es decir el costo equivalente de una campaña de vacunación infantil masiva que salvaría la vida de un millón de niños cada año. Un solo submarino nuclear cuesta igual que el presupuesto anual para la educación de casi doscientos millones de niños...

Una aventura sin retorno

En días pasados el Papa dijo que una eventual guerra en el golfo sería una `aventura sin retorno'. Eso no es exagerado. Recordemos lo que Amador Mahtar M'Brown (de la UNESCO) escribiera en 1982 en su libro `Las raíces del futuro: `La guerra ha cambiado hoy en día de naturaleza. Es tal la capacidad y potencia destructora de las armas nucleares modernas, así como de las armas químicas y biológicas, que un conflicto entre las grandes potencias (en el que inevitablemente se emplearían esas armas) acarrearía la destrucción de la humanidad. Lo que distingue radicalmente a la época actual de las precedentes es esta capacidad que tiene la humanidad de destruirse. Este hecho no tiene precedentes en la historia y es menester recordarlo constantemente'.

No caigamos, pues, en el juego ridículo de tomar partido por uno u otro bando: en una guerra no hay buenos y malos, ni ganadores ni perdedores. En una guerra los ejércitos serán siempre los malos y el resto de la humanidad (usted, yo, nuestros hijos amigos y parientes) los más grandes perdedores.

Esperamos como Juan Pablo II que 1991 sea un año de paz y no de guerra. Ojalá no se sigan despilfarrando recursos en herramientas de muerte y más bien esos fondos se destinen a solucionar la pobreza de tantos hombres, mujeres y niños. Sólo cuando haya paz, y la justicia social y los derechos humanos sean más que frases, podremos lograr que nuestro planeta sea el paraíso que tanto soñamos...