La última semana llegaron
a Lima dirigentes del pueblo Asháninka, pobladores de las
orillas del río Ene, de los valles de Satipo, Pangoa, Mazamari,
Tambo, de la selva central. Aquí, en esta capital "más
lejos del Perú que Londres...", según lo constató
hace casi dos siglos el lúcido estudioso alemán Alexander
von Humboldt, descendientes de los primigenios habitantes de la
Amazonía revelaron la dolorosa realidad que sufren día
a día. Desplazados de sus milenarios territorios por la violencia
narco-terrorista y esclavizados por madereros clandestinos y buscadores
de fortuna, estos olvidados peruanos tratan de reconstruir sus arrasadas
comunidades, defendiendo su ancestral cultura y tradiciones.
El mañana del pueblo Asháninka depende, en gran
medida, de una profunda comprensión y aceptación
de que el Perú es un país pluri-cultural y multi-étnico.
Conservar esa diversidad es el reto del nuevo milenio...
"Sé que tenéis sufrimientos, porque siendo
poseedores pacíficos desde tiempo inmemorial de estos bosques
y "cochas", veis con frecuencia la codicia de los recién
llegados, que amenazan vuestras reservas, sabedores que carecéis
de títulos escritos que garanticen legalmente vuestras
tierras. Conforme a las leyes del Perú y a vuestros derechos
ancestrales hago también mío el pedido a fin que
os otorguen las titulaciones que os corresponden. Pido a los gobernantes,
en nombre de vuestra dignidad, una legislación eficaz,
cada vez más adecuada, que os ampare de los abusos y os
proporcione el ambiente y los medios necesarios para vuestro normal
desarrollo".
JUAN PABLO II a los pueblos indígenas, en su visita a
Iquitos.
Con los rostros pintados de rojo y negro, en protesta. Ataviados
con túnicas de color gris, señal de luto y dolor.
Así se presentaron en la capital del Perú el último
jueves varios lideres de las comunidades Asháninka, ubicadas
en las márgenes del río Ene, principalmente de la
selva de Junín. La ruidosa urbe no pudo silenciar las voces
de quienes vinieron a dar un desgarrador testimonio, a clamar
por la vida...
Cada día mueren uno o más pequeños por hambre.
Cientos de niñas y niños desnutridos, amenazados
por la falta diaria de alimentos, por enfermedades que resultan
mortales para sus debilitados cuerpos. Huérfanos que deambulan
por la selva, solitarios tras la muerte de sus padres a manos
del terrorismo. La miseria es una cotidiana realidad que amenaza,
también, la supervivencia de las mujeres y hombres de esta
cultura amazónica, hoy convertida en símbolo de
resistencia ante la violencia que desangró al país.
Luego de ser desplazados por la subversión siguen sufriendo
por el acoso de pequeñas hordas vinculadas al narcotráfico
y al terror. Se secuestra a su gente, se los esclaviza...
RENACER DE LAS CENIZAS
Los representantes Asháninka fueron claros al informar
sobre la urgencia de contar con un real apoyo del Estado para
retornar a sus territorios milenarios, reconstruir sus poblados
y rehabilitar sus economías. Manifestaron además
su temor a los alcances de la nueva "Ley de Tierras"
(No. 26505) que contempla el "abandono" como una causal
de expropiación. "Nuestras tierras no están
abandonadas -indicaron- tuvimos que escapar de ellas. Nos obligaron
a dejarlas".
Mino Eusebio Castro, vice-presidente de la Asociación
Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (AIDESEP)
-entidad que agrupa a más de 42 federaciones nativas- reveló
que existen también madereros clandestinos que los consideran
"mano de obra barata", obligando a los indígenas
a trabajar sin mayor retribución, explotándolos
salvajemente. Pidieron por ello seguridad para retornar a sus
tierras, así como una legislación coherente que
proteja sus territorios y culturas.
LA MADRE TIERRA
Dirigentes vinculados a 30 mil Asháninkas, así
como Obispos de la Amazonía, misioneros, asistentes sociales,
trabajadores, organizaciones de la zona e inclusive funcionarios
de Naciones Unidas, solicitaron correcciones a la nueva "Ley
de Tierras". Se pidió además proteger a estas
comunidades nativas y atacar frontalmente a sus tres principales
amenazas: madereros, terroristas y narcotraficantes. Manifestaron
que la supervivencia de esta cultura selvática depende,
principalmente, de una adecuada y concertada protección
militar y de la titulación de sus tierras.
Territorios indígenas sin protección legal ni estabilidad
jurídica pueden llevar a la desaparición de esta
y otras culturas nativas. Tanto como el apoyo de alimentos, semillas
y medicinas requeridas, la titulación de tierras es tarea
impostergable.
Los obispos que en 1992 se reunieron en Santo Domingo lo expresan
así: "La tierra, dentro del conjunto de elementos
que forman la comunidad indígena es vida, lugar sagrado,
centro integrador de la vida de la comunidad. En ella viven y
con ella conviven, a través de ella se sienten en comunión
con sus antepasados y en armonía con Dios; por eso mismo,
la tierra, su tierra, forma parte sustancial de su experiencia
religiosa y de su propio proyecto histórico. En los indígenas
existe un sentido natural de respeto por la tierra. Ella es la
Madre Tierra que alimenta a sus hijos, por eso hay que cuidarla
pedir permiso para sembrar y no maltratarla".