Diario El Comercio Lima -Perú
14-04-1990

 
Desiertos : La huella del hombre...
 

"Primero fueron los bosques, después los desiertos", así hablaba el vizconde Chateaubriand, filósofo y escritor romántico. Y el francés no se equivocaba. Si bien es cierto que los desiertos son el resultado de cambios caprichosos en los patrones clim ticos, y enrevesados procesos geológicos que han ido modificando la fisonomía de nuestro planeta a través de millones de años; hoy nadie pone en duda que las actividades de la raza humana han estado colaborando con las arenas desde hace, ya, varios siglos.

Donde ayer crecieron árboles hoy sólo queda el pálido color de las indomables fieras que cabalgan sobre el viento. Ni templos, caminos o ciudades las detienen. Los ataques son crueles. Muchos oasis africanos, prósperos en tiempos de los romanos, est n hoy sepultados. Gran parte del valle del Tigris-Eufrates, donde floreció la primera civilización agrícola, es hoy una desolación de arenas tan saladas que ningún cultivo puede prosperar. La sequedad, pues, no perdona.

En las últimas semanas muchos de nuestros caminos costeros fueron borrados. Los chóferes que vieron desaparecer ante sus ojos el esqueleto negro de la carretera, comprendieron que el desierto peruano sigue creciendo. Y lo mismo ocurre en el resto del globo.

Si la deforestación continúa es de esperarse que todo sea devorado. Muchos otros desiertos surgirán, y quizá un día el planeta termine siendo una redondez de arena...

Las arenas fueron hace varios millones de años, duras e inalterables rocas; la caricia constante del viento y el golpe perpetuo de la humedad son algunos de los factores que las transformaron en las finas partículas que, hoy, cubren la tercera parte del planeta y amenazan con sepultar cultivos y caminos en unas cien naciones.

Las arenas son enigmáticas. Para los físicos estos granos resultan objetos curiosos; para los ecólogos: un dolor de cabeza; y es que son impredecibles.

El material tiene propiedades caprichosas. No se comporta como un líquido ya que no fluye como tal, y su superficie libre no permanece siempre horizontal. Tampoco es un sólido típico, ya que además de no resistir las tracciones, se desparrama con facilidad.

Basta tomar un puñado y dejarlo correr por entre los dedos, como si se tratara de un chorro de agua seca, para comprender su extraña naturaleza. Sus peculiaridades la han transformado en una enemiga de cuidado de la que, sin embargo, somos aliados incondicionales.

Una vasta aridez

Aunque parezca paradójico, la sequedad de los desiertos empieza en la húmeda cintura del planeta: el ecuador. Allí el aire caliente de los trópicos se eleva y al enfriarse libera su humedad en forma de gotas. Este aire ya enfriado empieza a descender, y entre los quince y treinta grados latitud norte recupera sus calor, mas no la humedad. Tan seco resulta el aire que no logrará formar nubes ni lluvias. Este cinturón subtropical de alta presión, pues, es el responsable directo de la sequedad que se extiende desde el Sahara hasta el Medio Oriente, Pakistán y gran parte de la India. Este fenómeno influye además sobre el vasto sector de la América del Norte donde en el paisaje impera el desierto.

Un episodio similar al descrito, pero que ocurre al sur de la línea ecuatorial, dibuja la calcinante aridez de los desiertos africanos de Namibia y Kalahari, y del de Australia. Nuestro desierto, como el chileno, son también resultado de este complicado intercambio de temperaturas, presiones y humedades.

Los desiertos no son estables; están en constante evolución. En los últimos 65 millones de años procesos naturales han hecho que los límites del Sahara, como los de los demás desiertos del globo, avancen y retrocedan sin cesar. Sin embargo, desde que el hombre se estableció como agricultor y empezó a derribar árboles para obtener energía, construir su casa y ampliar sus cultivos, las arenas han apresurado el paso.
En los últimos quince años el desierto de Sudán, por ejemplo, avanzó más de cien kilometros ayudado, como en muchos otros de los países subdesarrollados, por el apetito insaciable de las cabras.

Que los animales criados por el hombre pueden transformarse en implacables destructores de los ecosistemas es algo que hemos aprendido, quizá, demasiado tarde. Cabras o conejos, en lugares tan distantes como el Alto Volta y Australia, han acabado con la frescura del paisaje causando graves trastornos ecológicos y enormes pérdidas.

El hacedor de desiertos

La erosión es un proceso bastante complicado. Si bien es cierto que muchas veces se puede perder gran parte del suelo de un momento a otro (a consecuencia de huaycos o violentas tormentas), lo usual es que éste vaya siendo arrastrado lentamente. Tan silencioso y despacito avanza el dete rioro que sólo cuando se llega a extremos se logra detectar el fenómeno.

El proceso es por todos conocido; empieza cuando el suelo queda sin su verde y protectora barrera. Pronto sucede que disminuyen los rendimientos, y las tierras que alguna vez fueron fértiles sólo soportan el cultivo de pastos. Más tarde o más temprano, los pastos dan paso a las malezas. La alteración sufrida por el bosque lo llevará a transformarse en una zona sedienta e insoportablemente calurosa. El desierto no tarda en apoderarse del paisaje.

Esto es algo que ocurre a diario, y en todas las latitudes. Los especialistas advierten que también las selvas tropicales podrían terminar convertidas en desiertos debido a la masiva deforestación a que están expuestas. El problema de los desiertos está, pues, estrechamente ligado a los bosques, y sólo estos son capaces de detener el avance de las arenas. Pero las cosas no son tan simples...

En un planeta donde un tercio de la población, en su mayoría la procedente de los países en vías de desarrollo, no tiene alternativa frente a la leña como combustible, resulta casi imposible evitar que en el bosque sigan cayendo los árboles.

Pero los desiertos no sólo se forman, allí, donde la mano fuerte empuña el hacha. Los humos de nuestra modernidad podrían causar tales desajustes, sobre la atmósfera y los patrones climáticos, como para exterminar masivamente nuestros bosques y conducirnos hacia la era de los desiertos. Hacia la nada...

El desierto peruano avanza

A través de una franja de dos mil quinientos kilómetros y un ancho de no más de cien, se extiende a lo largo de la costa nuestro desierto. Millones de hectáreas de sequedad, donde se encuentran las tierras de cultivo más fértiles del país gracias a la húmeda presencia de más de cincuenta valles. Pero el desierto está creciendo, y quizá las arenas terminen cubriendo los valles (si es que no lo hace primero el asfalto). No es sólo en la costa, donde las dunas silenciosas obedecen al viento y avanzan sin perder sus formas, que la aridez está ganando la batalla. En el paisaje serrano, y en el de la selva empieza a irrumpir el desierto. Según cálculos de los especialistas en el Perú existen más de cuarenta millones de hectáreas amenazadas por la desertificación; es decir que prácticamente la tercera parte de nuestro territorio podría transformarse en una vasto y yermo arenal.

Este proceso de desertificación no debe confundirse con las sequías; los desiertos que brotan no son producto de la falta de agua, sino de la forma en que maltratamos el recurso suelo.

Para cerrarle el paso a las arenas, hay que reforestar de forma masiva, apuntando a proteger nuestras tierras de cultivo, nuestros caminos y nuestras ciudades.

Es hora de invertir el proceso y transformar los desiertos en zonas vivas. No vaya a suceder que, algún día, al volver la mirada comprendamos que bajo las arenas se nos quedó el mundo y que jamás lo recuperaremos...