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"Primero fueron
los bosques, después los desiertos", así hablaba
el vizconde Chateaubriand, filósofo y escritor romántico.
Y el francés no se equivocaba. Si bien es cierto que los
desiertos son el resultado de cambios caprichosos en los patrones
clim ticos, y enrevesados procesos geológicos que han ido
modificando la fisonomía de nuestro planeta a través
de millones de años; hoy nadie pone en duda que las actividades
de la raza humana han estado colaborando con las arenas desde hace,
ya, varios siglos.
Donde ayer crecieron árboles hoy sólo
queda el pálido color de las indomables fieras que cabalgan
sobre el viento. Ni templos, caminos o ciudades las detienen. Los
ataques son crueles. Muchos oasis africanos, prósperos en
tiempos de los romanos, est n hoy sepultados. Gran parte del valle
del Tigris-Eufrates, donde floreció la primera civilización
agrícola, es hoy una desolación de arenas tan saladas
que ningún cultivo puede prosperar. La sequedad, pues, no
perdona.
En las últimas semanas muchos de nuestros
caminos costeros fueron borrados. Los chóferes que vieron
desaparecer ante sus ojos el esqueleto negro de la carretera, comprendieron
que el desierto peruano sigue creciendo. Y lo mismo ocurre en el
resto del globo.
Si la deforestación continúa es de
esperarse que todo sea devorado. Muchos otros desiertos surgirán,
y quizá un día el planeta termine siendo una redondez
de arena...
Las arenas fueron hace varios millones de años,
duras e inalterables rocas; la caricia constante del viento y el
golpe perpetuo de la humedad son algunos de los factores que las
transformaron en las finas partículas que, hoy, cubren la
tercera parte del planeta y amenazan con sepultar cultivos y caminos
en unas cien naciones.
Las arenas son enigmáticas. Para los físicos
estos granos resultan objetos curiosos; para los ecólogos:
un dolor de cabeza; y es que son impredecibles.
El material tiene propiedades caprichosas. No se
comporta como un líquido ya que no fluye como tal, y su superficie
libre no permanece siempre horizontal. Tampoco es un sólido
típico, ya que además de no resistir las tracciones,
se desparrama con facilidad.
Basta tomar un puñado y dejarlo correr por
entre los dedos, como si se tratara de un chorro de agua seca, para
comprender su extraña naturaleza. Sus peculiaridades la han
transformado en una enemiga de cuidado de la que, sin embargo, somos
aliados incondicionales.
Una vasta aridez
Aunque parezca paradójico, la sequedad de los desiertos empieza
en la húmeda cintura del planeta: el ecuador. Allí
el aire caliente de los trópicos se eleva y al enfriarse
libera su humedad en forma de gotas. Este aire ya enfriado empieza
a descender, y entre los quince y treinta grados latitud norte recupera
sus calor, mas no la humedad. Tan seco resulta el aire que no logrará
formar nubes ni lluvias. Este cinturón subtropical de alta
presión, pues, es el responsable directo de la sequedad que
se extiende desde el Sahara hasta el Medio Oriente, Pakistán
y gran parte de la India. Este fenómeno influye además
sobre el vasto sector de la América del Norte donde en el
paisaje impera el desierto.
Un episodio similar al descrito, pero que ocurre
al sur de la línea ecuatorial, dibuja la calcinante aridez
de los desiertos africanos de Namibia y Kalahari, y del de Australia.
Nuestro desierto, como el chileno, son también resultado
de este complicado intercambio de temperaturas, presiones y humedades.
Los desiertos no son estables; están en constante
evolución. En los últimos 65 millones de años
procesos naturales han hecho que los límites del Sahara,
como los de los demás desiertos del globo, avancen y retrocedan
sin cesar. Sin embargo, desde que el hombre se estableció
como agricultor y empezó a derribar árboles para obtener
energía, construir su casa y ampliar sus cultivos, las arenas
han apresurado el paso.
En los últimos quince años el desierto de Sudán,
por ejemplo, avanzó más de cien kilometros ayudado,
como en muchos otros de los países subdesarrollados, por
el apetito insaciable de las cabras.
Que los animales criados por el hombre pueden transformarse
en implacables destructores de los ecosistemas es algo que hemos
aprendido, quizá, demasiado tarde. Cabras o conejos, en lugares
tan distantes como el Alto Volta y Australia, han acabado con la
frescura del paisaje causando graves trastornos ecológicos
y enormes pérdidas.
El hacedor de desiertos
La erosión es un proceso bastante complicado.
Si bien es cierto que muchas veces se puede perder gran parte del
suelo de un momento a otro (a consecuencia de huaycos o violentas
tormentas), lo usual es que éste vaya siendo arrastrado lentamente.
Tan silencioso y despacito avanza el dete rioro que sólo
cuando se llega a extremos se logra detectar el fenómeno.
El proceso es por todos conocido; empieza cuando
el suelo queda sin su verde y protectora barrera. Pronto sucede
que disminuyen los rendimientos, y las tierras que alguna vez fueron
fértiles sólo soportan el cultivo de pastos. Más
tarde o más temprano, los pastos dan paso a las malezas.
La alteración sufrida por el bosque lo llevará a transformarse
en una zona sedienta e insoportablemente calurosa. El desierto no
tarda en apoderarse del paisaje.
Esto es algo que ocurre a diario, y en todas las
latitudes. Los especialistas advierten que también las selvas
tropicales podrían terminar convertidas en desiertos debido
a la masiva deforestación a que están expuestas. El
problema de los desiertos está, pues, estrechamente ligado
a los bosques, y sólo estos son capaces de detener el avance
de las arenas. Pero las cosas no son tan simples...
En un planeta donde un tercio de la población,
en su mayoría la procedente de los países en vías
de desarrollo, no tiene alternativa frente a la leña como
combustible, resulta casi imposible evitar que en el bosque sigan
cayendo los árboles.
Pero los desiertos no sólo se forman, allí,
donde la mano fuerte empuña el hacha. Los humos de nuestra
modernidad podrían causar tales desajustes, sobre la atmósfera
y los patrones climáticos, como para exterminar masivamente
nuestros bosques y conducirnos hacia la era de los desiertos. Hacia
la nada...
El desierto peruano avanza
A través de una franja de dos mil quinientos
kilómetros y un ancho de no más de cien, se extiende
a lo largo de la costa nuestro desierto. Millones de hectáreas
de sequedad, donde se encuentran las tierras de cultivo más
fértiles del país gracias a la húmeda presencia
de más de cincuenta valles. Pero el desierto está
creciendo, y quizá las arenas terminen cubriendo los valles
(si es que no lo hace primero el asfalto). No es sólo en
la costa, donde las dunas silenciosas obedecen al viento y avanzan
sin perder sus formas, que la aridez está ganando la batalla.
En el paisaje serrano, y en el de la selva empieza a irrumpir el
desierto. Según cálculos de los especialistas en el
Perú existen más de cuarenta millones de hectáreas
amenazadas por la desertificación; es decir que prácticamente
la tercera parte de nuestro territorio podría transformarse
en una vasto y yermo arenal.
Este proceso de desertificación no debe confundirse
con las sequías; los desiertos que brotan no son producto
de la falta de agua, sino de la forma en que maltratamos el recurso
suelo.
Para cerrarle el paso a las arenas, hay que reforestar
de forma masiva, apuntando a proteger nuestras tierras de cultivo,
nuestros caminos y nuestras ciudades.
Es hora de invertir el proceso y transformar los
desiertos en zonas vivas. No vaya a suceder que, algún día,
al volver la mirada comprendamos que bajo las arenas se nos quedó
el mundo y que jamás lo recuperaremos...
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