"En este mundo/donde no duran
las palabras,/más que el rocío/sobre las hojas,/¿qué
podría decir/para la posteridad?". En su lecho de
muerte, rodeada por sus hijos, una anciana sonrió y entonó
el bellísimo poema que precede a estas líneas. Ella
era O-San, una inspiradora mujer que alcanzó la iluminación
cuando estudiaba el budismo zen con el maestro Tetsumon. Versos
que como mariposas aletean dentro de la cabeza, especialmente
hoy, cuando un año más llega a su fin. Mañana
ingresaremos a 1998.
Apenas dos años nos separan del alguna vez lejano...
¡tercer milenio! ¿Qué decir, entonces? Fluye
el tiempo imparable, galopando como un corcel desbocado. Todo
cambia y sin embargo todo permanece igual.
El fin de un año significa el comienzo de otro que llega
cargado con un inmenso racimo de días, con infinitas posibilidades
y promesas. Quizá trabajando hombro a hombro, sin egoísmos,
nos atrevamos a poner la primera piedra para edificar ese mañana
mejor, más solidario, justo y equitativo con el que soñamos.
No está de más, pues, reflexionar sobre nuestra
relación con el entorno, aceptar que cada quien tiene su
"culpita" en esta debacle ambiental que padecemos y
asumir el reto de cambiar de rumbo.
Esta noche, entre ¡salud! Y ¡salud!, No habría
que dejar de brindar por este pequeño planeta que alberga
la vida toda. El libro,"Conservación ambiental y desarrollo
sostenido" es uno de los pilares fundamentales de la divulgación
del tema "verde" y del pensamiento ecologista. Rolando
Mendoza, su autor, es un destacado investigador costarricense.
A continuación difundimos extractos de "El hombre
en el equilibrio de la naturaleza", uno de los capítulos
de tan valiosa obra. Sus lúcidas frases nos llevan a replantearnos
nuestro verdadero lugar en este "redondo manicomio"
-a decir de Mafalda- en el que nos ha tocado habitar y al que
debemos aprender a cuidar
(MARTHA MEIER MIRO QUESADA). {RESTO}
Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha tenido problemas
para percatarse del papel que le toca jugar en el escenario de
la naturaleza. El hombre primitivo se sentía sobrecogido
por ella y, en señal de sumisión, le prodigaba,
como tributo su temor y veneración.
En los últimos dos siglos, con el desarrollo científico
y tecnológico, los papeles se han invertido. El hombre,
soberbio, cree tener dominio absoluto sobre la naturaleza y ha
olvidado, como dice George Clarke en su 'Elementos de ecología',
que "es parte del ambiente; con su inteligencia puede contribuir
a la conservación de los lugares expuestos a peligros e
incluso puede mejorar la productividad de los ambientes naturales.
Pero también es capaz, insensatamente, de acelerar la destrucción".
CUIDAR Y AVANZAR...
Cuando se piensa en la influencia que tiene el 'mundo desarrollado'
sobre el 'subdesarrollado' respecto a la imposición de
patrones culturales, nos convencemos más de que la obligación
del segundo consiste en buscar su propio estilo de vida, acorde
con el contexto histórico y geográfico. El gobernante
y poeta de Senegal, Leopoldo Senghor, lo expresó así:
"Enraicemos en nuestros valores culturales, pero abrámonos
al exterior, hay que saber evolucionar pero mantengamos nuestra
identidad".
El ilimitado egoísmo humano se manifiesta en su deseo
de querer acaparar y despilfarrar las riquezas de la naturaleza,
con la consecuente destrucción del hábitat humano.
En su libro 'Ecología', el experto español Ramón
Margalef afirma que la conservación "es un esfuerzo
deliberado para evitar una degradación excesiva de los
ecosistemas. Las motivaciones son múltiples: de una parte,
evitar la reducción del rendimiento que puede extraerse
del ecosistema; por otra parte, razones estéticas y sentimentales".
VOLVER AL FUTURO...
El propósito de la conservación, según la
Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza
(UICN), es "lograr la máxima calidad de vida para
la humanidad". Calidad de vida es un concepto complejo de
definir, pero está relacionado con el trasfondo cultural
de cada país y con aspectos tan variados como nutrición
y salud, vivienda y vestido, educación y recreación.
Estas demandas humanas tienen que ver, directa o indirectamente,
con los recursos naturales.
No se pretende señalar una nueva moral frente a la naturaleza,
ya que formas de respeto datan desde épocas remotas.
Nuestros antepasados indígenas supieron vivir en armonía
con el ambiente. Terence Grieder, de la Universidad de California,
sostiene en su libro 'Ecología precolombina', que cuando
los colonizadores