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Recientes decretos legislativos (del
sector agricultura y energía y minas) han derogado dos artículos
primordiales del Código del Medio Ambiente, el 71 y 72. Son
justamente éstos los que declaraban la intangibilidad de
todas nuestras hermosas áreas protegidas y la prohibición
de explotar recursos naturales no renovables (gas, petróleo,
minerales) dentro de sus límites. Obligaban, además,
a realizar profundos y detallados estudios de impacto ambiental
previos a cualquier obra o actividad productiva a gran escala.
Algunas personalidades vinculadas al tema han opinado que las recientemente
promulgadas leyes exceden sus facultades al interferir con el Código
del Medio Ambiente. Afirman, además, que la derogación
de esos dos artículos confirman que Pacaya-Samiria sí
estaba protegida.
En diversas oportunidades nos hemos referido a la manera como el
petróleo deteriora nuestra amazonía, cuando no se
adoptan todas las medidas tecnológicas apropiadas: zonas
deforestadas, aguas contaminadas, peces saturados de venenos, pérdida
invalorable de flora y fauna, lagos literalmente muertos, son algunas
de las huellas que han dejado, en diversos puntos, los buscadores
de líquido negro. Además, se sabe que junto al petróleo,
afloran aguas mucho más saladas que las de nuestros mares.
Líquidos que causan estragos.
Explotar el petróleo sin causar daño ambiental, diseñar
políticas que permitan que este recurso beneficie a los hombres,
mujeres y niños de nuestra amazonía, buscar alternativas
energéticas a un elemento que inevitablemente se agotará,
es impostergable. A la hora de sacar la sangre negra de la tierra,
hay que trabajar con cuidado.
Salada, es como se le llama a la persona con mala suerte, a aquella
a quien todo le resulta justamente al revés. De mil maneras
esotéricas tratamos de explicar su triste destino....Es que
rompió un espejo o seguramente se le caería la sal,
quizá una maldición gitana, un conjuro, un hechizo...
Hay quienes prefieren cualquier superstición antes que aceptar
que la suerte se construye día a día, trabajando,
optando por un estilo de vida, decidiendo, tratando de perfeccionarnos
como seres humanos y preocupándonos que nuestro paso por
la vida contribuya, de alguna manera, a construir la felicidad de
los hombres, mujeres y niños de nuestro tiempo.
Una mirada primaria a nuestra amazonía, nos podría
hacer creer que es realmente una salada, en términos supersticiosos.
Sabemos, por ejemplo, de su exuberancia; de sus infinito árboles,
flores y plantas de inmenso potencial industrial, médico
y alimenticio; de la lascivia de sus ríos y cochas plagadas
de nutritivos peces; de sus sorprendentes riquezas minerales e importantes
yacimientos energéticos y de su inigualable belleza paisajista.
Si fuera una persona diríamos: pero tiene todo para ser feliz.
Sin embargo, una mirada más atenta nos revelará que
tanta riqueza y biodiversidad no ha servido para que esta región
prospere, más bien son su condena. ¿Conjuro, maldición,
selva salada? Nada de eso -nos dirán los analistas- sólo
se trata de malas políticas de desarrollo, experiencias sin
estudios previos, desconocimiento de la realidad social y ecológica
de la zona. Todo esto es cierto, pero nuestra selva si es una verdadera
salada y eso tiene una explicación que nada tiene que ver
con lo esotérico.
El mar en un barril
Varios son los problemas ambientales que se derivan de la exploración
y explotación petrolera, debido a la falta de infraestructura
adecuada y tecnologías obsoletas.
Deforestación, contaminación, presión excesiva
sobre el ecosistema, constantes movilizaciones que alteran el equilibrio
de las zonas y afectan inclusive el ciclo natural de reproducción
de las especies.
En todas las fases del proceso petrolero se puede impactar negativamente
sobre el entorno si no se toman las medidas pertinentes. Hay, sin
embargo, un asunto del que se habla poco: los -literales- mares
que van a parar a los ríos de la amazonía debido a
esta actividad.
Se sabe que, junto con el petróleo, afloran en nuestra selva
líquidos mucho más salados que el agua de nuestros
mares. Durante este proceso de extracción e inevitable desalado,
se producen variedad de substancias residuales y otros subproductos
líquidos. Son elementos altamente contaminantes, entre los
que se destacan las salmueras del crudo. El especialista Edmundo
B. Ossio en su "Análisis Ambiental de la Explotación
de Petróleo en la Amazonía Peruana" (l979), estima
que por cada barril procesado se producen de dos a tres barriles
de sulfatos, bicarbonatos y cloruros, asociados a elementos como
el sodio, calcio y manganeso, entre otros.
Y no sólo esto, además: aceites, compuestos orgánicos
y gases en disolución. A esto, dice, hay que sumar las aguas
procedentes de los derrames, fugas, lavado de los equipos y reparaciones.
Todo esto, lamentablemente, va generalmente a parar a los cursos
de agua alcanzando, así, hasta el último recoveco
de la selva.
Estas aguas, como ya dijimos, tienen con concentraciones de sales
mayores que las del agua marina. Así, a su paso causan estragos
sobre la flora y fauna amazónica, las cuales están
adaptadas al agua dulce.
Nuestra selva está, pues, salada: cada día se vierten
en nuestros ríos varios millones de barriles de salmuera
(dos a tres por uno de crudo producido).
Si en nuestra casa, regásemos una de nuestras plantas con
agua de mar, en pocos días podríamos comprender la
destrucción que estas salmueras (varias veces más
fuertes que las aguas de mar) pueden ocasionar...
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