Diario El Comercio Lima -Perú
24-08-1991

Martha Meier MQ.

 
Selva salada
 

Recientes decretos legislativos (del sector agricultura y energía y minas) han derogado dos artículos primordiales del Código del Medio Ambiente, el 71 y 72. Son justamente éstos los que declaraban la intangibilidad de todas nuestras hermosas áreas protegidas y la prohibición de explotar recursos naturales no renovables (gas, petróleo, minerales) dentro de sus límites. Obligaban, además, a realizar profundos y detallados estudios de impacto ambiental previos a cualquier obra o actividad productiva a gran escala.

Algunas personalidades vinculadas al tema han opinado que las recientemente promulgadas leyes exceden sus facultades al interferir con el Código del Medio Ambiente. Afirman, además, que la derogación de esos dos artículos confirman que Pacaya-Samiria sí estaba protegida.

En diversas oportunidades nos hemos referido a la manera como el petróleo deteriora nuestra amazonía, cuando no se adoptan todas las medidas tecnológicas apropiadas: zonas deforestadas, aguas contaminadas, peces saturados de venenos, pérdida invalorable de flora y fauna, lagos literalmente muertos, son algunas de las huellas que han dejado, en diversos puntos, los buscadores de líquido negro. Además, se sabe que junto al petróleo, afloran aguas mucho más saladas que las de nuestros mares. Líquidos que causan estragos.

Explotar el petróleo sin causar daño ambiental, diseñar políticas que permitan que este recurso beneficie a los hombres, mujeres y niños de nuestra amazonía, buscar alternativas energéticas a un elemento que inevitablemente se agotará, es impostergable. A la hora de sacar la sangre negra de la tierra, hay que trabajar con cuidado.

Salada, es como se le llama a la persona con mala suerte, a aquella a quien todo le resulta justamente al revés. De mil maneras esotéricas tratamos de explicar su triste destino....Es que rompió un espejo o seguramente se le caería la sal, quizá una maldición gitana, un conjuro, un hechizo... Hay quienes prefieren cualquier superstición antes que aceptar que la suerte se construye día a día, trabajando, optando por un estilo de vida, decidiendo, tratando de perfeccionarnos como seres humanos y preocupándonos que nuestro paso por la vida contribuya, de alguna manera, a construir la felicidad de los hombres, mujeres y niños de nuestro tiempo.

Una mirada primaria a nuestra amazonía, nos podría hacer creer que es realmente una salada, en términos supersticiosos. Sabemos, por ejemplo, de su exuberancia; de sus infinito árboles, flores y plantas de inmenso potencial industrial, médico y alimenticio; de la lascivia de sus ríos y cochas plagadas de nutritivos peces; de sus sorprendentes riquezas minerales e importantes yacimientos energéticos y de su inigualable belleza paisajista. Si fuera una persona diríamos: pero tiene todo para ser feliz. Sin embargo, una mirada más atenta nos revelará que tanta riqueza y biodiversidad no ha servido para que esta región prospere, más bien son su condena. ¿Conjuro, maldición, selva salada? Nada de eso -nos dirán los analistas- sólo se trata de malas políticas de desarrollo, experiencias sin estudios previos, desconocimiento de la realidad social y ecológica de la zona. Todo esto es cierto, pero nuestra selva si es una verdadera salada y eso tiene una explicación que nada tiene que ver con lo esotérico.

El mar en un barril

Varios son los problemas ambientales que se derivan de la exploración y explotación petrolera, debido a la falta de infraestructura adecuada y tecnologías obsoletas.

Deforestación, contaminación, presión excesiva sobre el ecosistema, constantes movilizaciones que alteran el equilibrio de las zonas y afectan inclusive el ciclo natural de reproducción de las especies.

En todas las fases del proceso petrolero se puede impactar negativamente sobre el entorno si no se toman las medidas pertinentes. Hay, sin embargo, un asunto del que se habla poco: los -literales- mares que van a parar a los ríos de la amazonía debido a esta actividad.

Se sabe que, junto con el petróleo, afloran en nuestra selva líquidos mucho más salados que el agua de nuestros mares. Durante este proceso de extracción e inevitable desalado, se producen variedad de substancias residuales y otros subproductos líquidos. Son elementos altamente contaminantes, entre los que se destacan las salmueras del crudo. El especialista Edmundo B. Ossio en su "Análisis Ambiental de la Explotación de Petróleo en la Amazonía Peruana" (l979), estima que por cada barril procesado se producen de dos a tres barriles de sulfatos, bicarbonatos y cloruros, asociados a elementos como el sodio, calcio y manganeso, entre otros.

Y no sólo esto, además: aceites, compuestos orgánicos y gases en disolución. A esto, dice, hay que sumar las aguas procedentes de los derrames, fugas, lavado de los equipos y reparaciones. Todo esto, lamentablemente, va generalmente a parar a los cursos de agua alcanzando, así, hasta el último recoveco de la selva.

Estas aguas, como ya dijimos, tienen con concentraciones de sales mayores que las del agua marina. Así, a su paso causan estragos sobre la flora y fauna amazónica, las cuales están adaptadas al agua dulce.

Nuestra selva está, pues, salada: cada día se vierten en nuestros ríos varios millones de barriles de salmuera (dos a tres por uno de crudo producido).

Si en nuestra casa, regásemos una de nuestras plantas con agua de mar, en pocos días podríamos comprender la destrucción que estas salmueras (varias veces más fuertes que las aguas de mar) pueden ocasionar...