| Hemos
entrado en la última década del siglo XX. Un siglo de
progreso, de hazañas y descubrimientos. Un siglo que será
recordado, sin duda por sus hombres y sus ideas, pero también
por haber sido el tiempo de las más grandes guerras.
Si bien nuestro siglo ha sido testigo de unos dieciséis
conflictos armados; la guerra no es de ninguna manera asunto contemporáneo...
Basta una simple mirada a la historia para comprender que, en todos
los tiempos, la guerra ha sido transformado en un sofisticado juguete
de muerte, una herramienta de oscuridad que le ha permitido sentirse
poderoso arremetiendo contra la vida.
"La paz no está amenazada solamente por la carrera
armamentista, por los conflictos regionales y las injusticias -siempre
existentes entre pueblos y naciones-, sino también lo está
por la falta de respeto a la naturaleza, la irresponsable e indiscriminada
explotación de las fuentes de riqueza y el creciente deterioro
de la calidad de vida. Es necesario comprender que el quinto mandamiento
"No Matarás", se refiere tanto a la vida humana
como a la del medio ambiente" (Juan Pablo II en su mensaje
por el nuevo año.)
La alta tecnología alcanzada permite, hoy, desarrollar armas
que cumplen a la perfección la funesta misión del
exterminio. Bombas nucleares, de hidrógeno o neutrones, terribles
armas químicas y biológicas, son algunas de los artefactos
que han logrado hacernos comprender que el paso negro de las batallas
significa mucho más que vergenza, dolor y muerte. Tras los
tambores de guerra quedan tambien la erosión de los suelos,
las selvas devastadas, la pérdida de los cultivos y la contaminación
de las aguas. El terrible deterioro de nuestro medio ambiente es
un efecto a largo plazo que nuestros hijos y los hijos de nuestros
hijos tendrán que pagar por nuestro egoísmo...
"No temo nuestra extinción. Lo que realmente me aterra
es que el hombre arruine el planeta antes de su partida." Así
hablaba el recordado antropólogo norteamericano Loren Eiseley;
y no es difícil comprender porqué...
Desde nuestra aparición sobre la Tierra, el maltrato al
medio ambiente ha sido una actividad cotidiana. Cada gran salto
tecnológico ha significado, lamentablemente, un perjuicio
para el equilibrio natural del planeta. Desde los albores de la
revolución industrial hemos estado bombeando toneladas de
gases nocivos en nuestra atmósfera. Las fábricas,
desde siempre, se han dedicado a descargar cantidades de deshechos
tóxicos en ríos y mares aniquilando varias formas
de vida.
Los automóviles, plagas urbanas, han consumido casi la totalidad
del combustible fósil disponible, emponzoñando el
aire que respiramos con sus gases residuales. En nombre del "progreso"
hemos visto desaparecer gran parte de nuestros bosques y cientos
de especies son hoy un lejano recuerdo. El suelo ha sido maltratado,
generación tras generación, hasta volverlo estéril.
Por décadas los ambientalistas advirtieron que tanta irresponsabilidad
podría tener un fatal desenlace; nadie prestó demasiada
atención. Hoy, las consecuencias son más que evidentes.
Alrededor del globo, políticos y científicos vienen
discutiendo en un afán de encontrar soluciones a los graves
problemas ecológicos que nos agobian.
A las puertas del siglo veintiuno, los seres humanos parecen haber
comprendido que su supervivencia está íntimamente
relacionada a la del medio ambiente. Sin embargo, hay un fantasma
terrible que nos amenaza con sus ojos de muerte: es la guerra...
¿ Por qué peleamos?
El hombre es un animal "racional" y la mayoría
de las guerras se producen por motivos, aparentemente, razonables
(o al menos racionalizados). Las gentes luchan, bien, porque creen
que de la batalla obtendrán beneficios o porque se ven obligados
a defenderse de un destino aún más cruel que el del
propio combate. Y así lo han venido haciendo desde los tiempos
más remotos que se puedan recordar.
Primero fueron guerras convencionales; hoy estamos frente a un
nuevo fenómeno: guerras de carácter químico,
biológico y nuclear. En la guerra contemporánea la
destrucción es masiva; reflexionar sobre sus alcances resulta
aterrador. La cada vez más sofisticada tecnología
militar ha potencializado los efectos destructivos de los arsenales.
Se ha militarizado el planeta (incluyendo nuestros mares y el espacio
exterior). Hoy, contamos con armas suficientes para borrar cualquier
rastro de vida terrestre de una sola vez.
Los preparativos bélicos son causa de un despilfarro económico
que resulta vergonzoso en un planeta donde más de media humanidad
muere de hambre. Recursos que deberían ser encaminados al
desarrollo, la salud y la alimentación, se utilizan para
fabricar herramientas de muerte. Se estima que las naciones más
desarrolladas invierten unos mil millones de dólares diarios
con fines bélicos; una cifra dolorosa en un mundo donde,
cada año, mueren más de un millón de niños
víctimas de enfermedades relacionadas a la pobreza.
Pero la guerra es mucho más que muerte y miseria; cuando
los tambores de guerra ya no resuenan, el eco de las batallas perdura
aún... La guerra afecta los cultivos, ayuda a que los desiertos
sigan avanzando, no respeta árboles, pastos ni cañaverales.
Altera el sistema de drenaje de los suelos, quiebra el equilibrio
de los ecosistemas; efectos a largo plazo que, en opinión
de los expertos, pueden tardar centurias en normalizarse. Las batallas
dejan una oscura huella de dolor, muerte y humos que además,
facilitan la aparición de plagas agrícolas y epidemias.
Devastación ecológica
La Segunda Guerra Mundial, conflicto donde murieron más
de cincuenta millones de personas y se emplearon toneladas de altos
explosivos, causó en Europa una devastación sin precedentes.
Zonas urbanas e industriales, así como valiosos ecosistemas
en varias islas tropicales del Pacífico fueron arrasados.
En Holanda, inundaciones deliberadas con agua salada destruyeron
unas diecisiete zonas agrícolas, mientras que los suelos
de gran parte de Noruega fueron sistemáticamente esterilizados.
La voracidad de esta guerra redujo la productividad agrícola
en un cuarenta por ciento. Europa necesitó más de
una década de esfuerzos para empezar a recuperarse al tiempo
que aparecían nuevos problemas ambientales.
Vietnam es otro dramático ejemplo. Los ecosistemas de esta
nación asiática recibieron más de catorce mil
millones de kilogramos de venenos químicos y defoliantes
para despejar la vegetación de sus exuberantes selvas. Se
destruyeron cerca de dos millones de hectáreas de cultivos
de arroz, maíz, plátano y yuca, provocando al mismo
tiempo el envenenamiento de miles de aves y animales de corral.
Casi la mitad de las selvas vietnamitas fueron afectadas así
como una extensa y valiosa zona de manglares. Algunos sobrevivientes
han afirmado, además, que la exposición a estos agentes
ha sido causa de trastornos físicos y mentales, que aún
persisten, e inclusive han producido defectos genéticos en
su descendencia.
El "invierno nuclear"
Las terribles explosiones de Hiroshima y Nagasaki fueron el preludio
de una nueva era, el giro más importante de nuestra historia.
Quedó demostrada la espantosa capacidad, del "homo sapiens",
para aniquilar en un instante y con el mínimo esfuerzo, a
su propia especie. Las nuevas tecnologías han permitido que
la potencia de bombas como aquellas haya sido, funestamente, multiplicada
por mil. A partir de entonces, los ensayos nucleares han contaminado
con material radiactivo nuestra atmósfera, quizá de
manera irreversible.
Si utilizáramos las nuevas armas a gran escala, de hecho
se producirían graves trastornos ambientales con consecuencias
insospechadas y de largo alcance. Así no solo se verían
afectados los bandos involucrados, sino todas las naciones de este
pequeño y maltratado mundo. Una explosión nuclear
causa graves resquebrajamientos en el entorno natural, y una ruptura
de larga duración en la base de recursos naturales de las
tierras de cultivo; la frágil capa de ozono es también
seriamente afectada. Tras la explosión queda la huella de
la erosión y la degradación de los suelos.
Las consecuencias de una guerra nuclear son más que evidentes...Las
explosiones y el fuego matarían al grueso de las poblaciones
cercanas al lugar de la detonación. Las precipitaciones radiactivas
alcanzarían a los pobladores de lugares remotos causándoles
una mortal y lenta agonía. Estudios atmosféricos y
biológicos indican, además, que este tipo de guerra,
así sea en pequeña escala, provocaría el llamado
"invierno nuclear"; fenómeno que transformaría
nuestro planeta, en un mundo triste, oscuro y congelado.
Trabajar por la paz
Pero hoy existe, además, la amenaza de la guerra química
y biológica. En estos conflictos la muerte y el dolor llegan
bajo la forma de venenos químicos y micro-organismos, virus
y bacterias capaces de desencadenar terribles y dolorosas epidemias,
además de contaminar críticamente y a largo plazo
suelos y fuentes de agua fresca.
También se ha hecho conjeturas sobre la posibilidad de causar
perjuicios a una nación "enemiga" por medio de
modificaciones climáticas. Actualmente, es posible aumentar
deliberadamente las concentraciones de nubes y la cantidad de lluvias.
Métodos como estos podrían usarse con fines bélicos,
causando sequías e inundaciones que afectarían de
manera dramática la agricultura y el equilibrio ecológico.
En la guerra contemporánea la destrucción es instantánea
y los efectos a largo plazo. ¿Dejaremos una herencia de daños
ambientales para las futuras generaciones?
Resulta paradójico, por no decir vergonzoso, que en estos
tiempos cuando se requiere de una acción solidaria para enfrentar
nuestros problemas reales, se siga invirtiendo en desarrollar nuevas
formas de exterminio. La contaminación, la sobre-explotación
de recursos, el hambre y las enfermedades, son asuntos urgentes
que requieren de un esfuerzo conjunto. Se deben tomar acciones coherentes
en lo que se refiere a la carrera armamentista. La humanidad tiene
derecho al desarme y los políticos el deber de llevar a cabo
la tarea. El mantenimiento de arsenales que nos han puesto al borde
del abismo no debe continuar. Estos millonarios presupuestos deberían
utilizarse para desarrollar métodos de recuperación
y descontaminación de las tierras erosionadas y envenenadas
por las batallas. Debemos establecer estrategias que sirvan para
borrar la enfermedad, el hambre y la pobreza de la faz del planeta.
Paz no significa el silencio de los ejércitos y la ausencia
de batallas; sino el proceso mediante el cual las naciones avanzan
mejorando las condiciones de vida de todos sus pobladores. Es hora
de comprender que alcanzaremos la paz, no cuando destruyamos las
armas, sino cuando hayamos logrado que los Derechos Humanos, dejen
de ser simples frases escritas y se transformen en ejercicio diario;
una realidad cotidiana para todos los seres humanos, sin discriminacion
de ningún tipo, que habitan y habiten algún día
este azul y frágil planeta llamado Tierra...
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