Diario El Comercio Lima -Perú
20-01-1990

 
Verdes verdades del año que se va...
 
Hemos entrado en la última década del siglo XX. Un siglo de progreso, de hazañas y descubrimientos. Un siglo que será recordado, sin duda por sus hombres y sus ideas, pero también por haber sido el tiempo de las más grandes guerras.

Si bien nuestro siglo ha sido testigo de unos dieciséis conflictos armados; la guerra no es de ninguna manera asunto contemporáneo... Basta una simple mirada a la historia para comprender que, en todos los tiempos, la guerra ha sido transformado en un sofisticado juguete de muerte, una herramienta de oscuridad que le ha permitido sentirse poderoso arremetiendo contra la vida.

"La paz no está amenazada solamente por la carrera armamentista, por los conflictos regionales y las injusticias -siempre existentes entre pueblos y naciones-, sino también lo está por la falta de respeto a la naturaleza, la irresponsable e indiscriminada explotación de las fuentes de riqueza y el creciente deterioro de la calidad de vida. Es necesario comprender que el quinto mandamiento "No Matarás", se refiere tanto a la vida humana como a la del medio ambiente" (Juan Pablo II en su mensaje por el nuevo año.)

La alta tecnología alcanzada permite, hoy, desarrollar armas que cumplen a la perfección la funesta misión del exterminio. Bombas nucleares, de hidrógeno o neutrones, terribles armas químicas y biológicas, son algunas de los artefactos que han logrado hacernos comprender que el paso negro de las batallas significa mucho más que vergenza, dolor y muerte. Tras los tambores de guerra quedan tambien la erosión de los suelos, las selvas devastadas, la pérdida de los cultivos y la contaminación de las aguas. El terrible deterioro de nuestro medio ambiente es un efecto a largo plazo que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos tendrán que pagar por nuestro egoísmo...

"No temo nuestra extinción. Lo que realmente me aterra es que el hombre arruine el planeta antes de su partida." Así hablaba el recordado antropólogo norteamericano Loren Eiseley; y no es difícil comprender porqué...

Desde nuestra aparición sobre la Tierra, el maltrato al medio ambiente ha sido una actividad cotidiana. Cada gran salto tecnológico ha significado, lamentablemente, un perjuicio para el equilibrio natural del planeta. Desde los albores de la revolución industrial hemos estado bombeando toneladas de gases nocivos en nuestra atmósfera. Las fábricas, desde siempre, se han dedicado a descargar cantidades de deshechos tóxicos en ríos y mares aniquilando varias formas de vida.
Los automóviles, plagas urbanas, han consumido casi la totalidad del combustible fósil disponible, emponzoñando el aire que respiramos con sus gases residuales. En nombre del "progreso" hemos visto desaparecer gran parte de nuestros bosques y cientos de especies son hoy un lejano recuerdo. El suelo ha sido maltratado, generación tras generación, hasta volverlo estéril.

Por décadas los ambientalistas advirtieron que tanta irresponsabilidad podría tener un fatal desenlace; nadie prestó demasiada atención. Hoy, las consecuencias son más que evidentes. Alrededor del globo, políticos y científicos vienen discutiendo en un afán de encontrar soluciones a los graves problemas ecológicos que nos agobian.

A las puertas del siglo veintiuno, los seres humanos parecen haber comprendido que su supervivencia está íntimamente relacionada a la del medio ambiente. Sin embargo, hay un fantasma terrible que nos amenaza con sus ojos de muerte: es la guerra...
¿ Por qué peleamos?

El hombre es un animal "racional" y la mayoría de las guerras se producen por motivos, aparentemente, razonables (o al menos racionalizados). Las gentes luchan, bien, porque creen que de la batalla obtendrán beneficios o porque se ven obligados a defenderse de un destino aún más cruel que el del propio combate. Y así lo han venido haciendo desde los tiempos más remotos que se puedan recordar.

Primero fueron guerras convencionales; hoy estamos frente a un nuevo fenómeno: guerras de carácter químico, biológico y nuclear. En la guerra contemporánea la destrucción es masiva; reflexionar sobre sus alcances resulta aterrador. La cada vez más sofisticada tecnología militar ha potencializado los efectos destructivos de los arsenales. Se ha militarizado el planeta (incluyendo nuestros mares y el espacio exterior). Hoy, contamos con armas suficientes para borrar cualquier rastro de vida terrestre de una sola vez.

Los preparativos bélicos son causa de un despilfarro económico que resulta vergonzoso en un planeta donde más de media humanidad muere de hambre. Recursos que deberían ser encaminados al desarrollo, la salud y la alimentación, se utilizan para fabricar herramientas de muerte. Se estima que las naciones más desarrolladas invierten unos mil millones de dólares diarios con fines bélicos; una cifra dolorosa en un mundo donde, cada año, mueren más de un millón de niños víctimas de enfermedades relacionadas a la pobreza.

Pero la guerra es mucho más que muerte y miseria; cuando los tambores de guerra ya no resuenan, el eco de las batallas perdura aún... La guerra afecta los cultivos, ayuda a que los desiertos sigan avanzando, no respeta árboles, pastos ni cañaverales. Altera el sistema de drenaje de los suelos, quiebra el equilibrio de los ecosistemas; efectos a largo plazo que, en opinión de los expertos, pueden tardar centurias en normalizarse. Las batallas dejan una oscura huella de dolor, muerte y humos que además, facilitan la aparición de plagas agrícolas y epidemias.
Devastación ecológica

La Segunda Guerra Mundial, conflicto donde murieron más de cincuenta millones de personas y se emplearon toneladas de altos explosivos, causó en Europa una devastación sin precedentes. Zonas urbanas e industriales, así como valiosos ecosistemas en varias islas tropicales del Pacífico fueron arrasados. En Holanda, inundaciones deliberadas con agua salada destruyeron unas diecisiete zonas agrícolas, mientras que los suelos de gran parte de Noruega fueron sistemáticamente esterilizados. La voracidad de esta guerra redujo la productividad agrícola en un cuarenta por ciento. Europa necesitó más de una década de esfuerzos para empezar a recuperarse al tiempo que aparecían nuevos problemas ambientales.

Vietnam es otro dramático ejemplo. Los ecosistemas de esta nación asiática recibieron más de catorce mil millones de kilogramos de venenos químicos y defoliantes para despejar la vegetación de sus exuberantes selvas. Se destruyeron cerca de dos millones de hectáreas de cultivos de arroz, maíz, plátano y yuca, provocando al mismo tiempo el envenenamiento de miles de aves y animales de corral. Casi la mitad de las selvas vietnamitas fueron afectadas así como una extensa y valiosa zona de manglares. Algunos sobrevivientes han afirmado, además, que la exposición a estos agentes ha sido causa de trastornos físicos y mentales, que aún persisten, e inclusive han producido defectos genéticos en su descendencia.

El "invierno nuclear"

Las terribles explosiones de Hiroshima y Nagasaki fueron el preludio de una nueva era, el giro más importante de nuestra historia. Quedó demostrada la espantosa capacidad, del "homo sapiens", para aniquilar en un instante y con el mínimo esfuerzo, a su propia especie. Las nuevas tecnologías han permitido que la potencia de bombas como aquellas haya sido, funestamente, multiplicada por mil. A partir de entonces, los ensayos nucleares han contaminado con material radiactivo nuestra atmósfera, quizá de manera irreversible.

Si utilizáramos las nuevas armas a gran escala, de hecho se producirían graves trastornos ambientales con consecuencias insospechadas y de largo alcance. Así no solo se verían afectados los bandos involucrados, sino todas las naciones de este pequeño y maltratado mundo. Una explosión nuclear causa graves resquebrajamientos en el entorno natural, y una ruptura de larga duración en la base de recursos naturales de las tierras de cultivo; la frágil capa de ozono es también seriamente afectada. Tras la explosión queda la huella de la erosión y la degradación de los suelos.

Las consecuencias de una guerra nuclear son más que evidentes...Las explosiones y el fuego matarían al grueso de las poblaciones cercanas al lugar de la detonación. Las precipitaciones radiactivas alcanzarían a los pobladores de lugares remotos causándoles una mortal y lenta agonía. Estudios atmosféricos y biológicos indican, además, que este tipo de guerra, así sea en pequeña escala, provocaría el llamado "invierno nuclear"; fenómeno que transformaría nuestro planeta, en un mundo triste, oscuro y congelado.

Trabajar por la paz

Pero hoy existe, además, la amenaza de la guerra química y biológica. En estos conflictos la muerte y el dolor llegan bajo la forma de venenos químicos y micro-organismos, virus y bacterias capaces de desencadenar terribles y dolorosas epidemias, además de contaminar críticamente y a largo plazo suelos y fuentes de agua fresca.

También se ha hecho conjeturas sobre la posibilidad de causar perjuicios a una nación "enemiga" por medio de modificaciones climáticas. Actualmente, es posible aumentar deliberadamente las concentraciones de nubes y la cantidad de lluvias. Métodos como estos podrían usarse con fines bélicos, causando sequías e inundaciones que afectarían de manera dramática la agricultura y el equilibrio ecológico. En la guerra contemporánea la destrucción es instantánea y los efectos a largo plazo. ¿Dejaremos una herencia de daños ambientales para las futuras generaciones?

Resulta paradójico, por no decir vergonzoso, que en estos tiempos cuando se requiere de una acción solidaria para enfrentar nuestros problemas reales, se siga invirtiendo en desarrollar nuevas formas de exterminio. La contaminación, la sobre-explotación de recursos, el hambre y las enfermedades, son asuntos urgentes que requieren de un esfuerzo conjunto. Se deben tomar acciones coherentes en lo que se refiere a la carrera armamentista. La humanidad tiene derecho al desarme y los políticos el deber de llevar a cabo la tarea. El mantenimiento de arsenales que nos han puesto al borde del abismo no debe continuar. Estos millonarios presupuestos deberían utilizarse para desarrollar métodos de recuperación y descontaminación de las tierras erosionadas y envenenadas por las batallas. Debemos establecer estrategias que sirvan para borrar la enfermedad, el hambre y la pobreza de la faz del planeta.

Paz no significa el silencio de los ejércitos y la ausencia de batallas; sino el proceso mediante el cual las naciones avanzan mejorando las condiciones de vida de todos sus pobladores. Es hora de comprender que alcanzaremos la paz, no cuando destruyamos las armas, sino cuando hayamos logrado que los Derechos Humanos, dejen de ser simples frases escritas y se transformen en ejercicio diario; una realidad cotidiana para todos los seres humanos, sin discriminacion de ningún tipo, que habitan y habiten algún día este azul y frágil planeta llamado Tierra...