Diario El Comercio Lima -Perú
12-05-1990

 
La vida y el cultivo de la tierra
 

Antes de descubrir el secreto, la raza humana parecía estar condenada a vagar eternamente sobre la Tierra. Desde siempre, mucho antes que de su garganta escapara como un ave poderosa la primera palabra. Mucho antes también que ese bípedo hirsuto, que arrastraba sus sombras por los paisajes, vislumbrara que algún día dominaría la naturaleza, la supervivencia de la especie dependía de la caza, la pesca, y la recolección de semillas, bayas, y otros frutos.

Pero sucedió un día, hace unos diez mil años, que mientras los más rudos salían a enfrentarse con las fieras, los demás quedaban al cuidado de los pequeños dedicándose exclusivamente a recoger los frutos que ofrecían los árboles y plantas cercanas. Esta permanencia por periodos más o menos largos permitió, probablemente, a la mujer comprender el ciclo de las plantas y descubrir el maravilloso proceso de la germinación.
Los tiempos de andar errantes quedaron en el olvido, se establecieron las primeras ciudades, y los hombres y mujeres del planeta Tierra comprendieron, por vez primera, que sus destinos y el de aquel suelo que guardaba la huella de sus pasos incesantes, era el mismo. La tierra se convirtió en objeto de culto y adoración.

Desde estos siglos lejanos, desarrollar tecnologías que permitieran aliviar las faenas y mejorar los cultivos se convirtió en principal objetivo. Los conocimientos que desde el neolítico hemos adquirido de la agricultura es tal que, hoy, la raza humana sólo requiere espacio para ver sus frutos. Pero pese a que el suelo, la tierra fértil, es esencial para la supervivencia humana, y para asegurar la alimentación de más de cinco mil millones de seres humanos, cada día que pasa nuestro planeta ve reducido sus espacios de siembra. Se agrava así el triste problema del hambre, y se pone en riesgo a la humanidad toda. Mientras la población del planeta crece a un ritmo vertiginoso, demandando cada vez más alimentos, las hectáreas dedicadas a tales fines no se incrementan en la misma proporción.

En nuestro país, por ejemplo, en l929, según lo afirma Basadre, habían l'463,867 Ha bajo cultivo. Hoy esa cifra se ha reducido en casi catorce mil hectáreas. Miles de hectáreas menos para alimentar a una población cinco veces mayor. Y lo mismo ocurre en el resto del globo.

En la actualidad, sólo una pequeña porción del mundo está siendo cultivada: un apretado once por ciento del total de tierras disponibles, es decir más o menos mil quinientos millones de hectáreas. Conociendo estas cifras parecería evidente que las posibilidades de expansión son grandes, sin embargo las cosas no son tan simples... Un planeta sin tierras...

En nuestro planeta las tierras fértiles y buenas para la agricultura, no son muchas. De las hectáreas libres, donde se podría desarrollar la agricultura más de la cuarta parte resultan demasiado áridas, otro tanto está salinizada, o posee elevadas concentraciones de otras sustancias que impiden el desarrollo de cultivos saludables. Una superficie similar posee una capa fértil muy frágil y rápidamente agotable, la superficie restante o bien está permanentemente encharcada, o bajo hielos eternos. Pero, como bien lo dice Robin Clarke, conocido escritor británico y asesor de la ONU y la FAO, "eso no significa que toda esa tierra sea inútil; el agua podría drenarse, y las tierras secas regarse. Aun así, la superficie de tierra potencialmente cultivable, sólo alcanza los tres mil millones de hectáreas" (es decir solamente el doble de la cifra actual, mientras la población aumenta mucho más).

Conociendo estas cifras es más fácil comprender por qué la necesidad de proteger, en todo el mundo, las pocas tierras de cultivo es un asunto impostergable. Nuestra historia es una diaria lucha por atenuar los graves problemas por los que atraviesa nuestra especie; uno de ellos, y sin duda el más doloroso, es el del hambre. Es cierto que varios son los factores que contribuyen a profundizarlo, el excesivo crecimiento de la población, la desigual distribución de los alimentos y el gasto de muchos gobiernos en acciones poco productivas como el armamentismo y la investigación bélica hace que (literalmente) media humanidad muera de hambre.

Las limitaciones en la creación y difusión de técnicas agrícolas, y la pérdida de suelos, amenazan con dejar sin alimentos a esa otra media humanidad que, hoy, vive relativamente tranquila.

Protegiendo los suelos fértiles, aseguramos el sostenimiento de la vida toda del planeta...