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Antes de descubrir el
secreto, la raza humana parecía estar condenada a vagar eternamente
sobre la Tierra. Desde siempre, mucho antes que de su garganta escapara
como un ave poderosa la primera palabra. Mucho antes también
que ese bípedo hirsuto, que arrastraba sus sombras por los
paisajes, vislumbrara que algún día dominaría
la naturaleza, la supervivencia de la especie dependía de
la caza, la pesca, y la recolección de semillas, bayas, y
otros frutos.
Pero sucedió un día, hace unos diez
mil años, que mientras los más rudos salían
a enfrentarse con las fieras, los demás quedaban al cuidado
de los pequeños dedicándose exclusivamente a recoger
los frutos que ofrecían los árboles y plantas cercanas.
Esta permanencia por periodos más o menos largos permitió,
probablemente, a la mujer comprender el ciclo de las plantas y descubrir
el maravilloso proceso de la germinación.
Los tiempos de andar errantes quedaron en el olvido, se establecieron
las primeras ciudades, y los hombres y mujeres del planeta Tierra
comprendieron, por vez primera, que sus destinos y el de aquel suelo
que guardaba la huella de sus pasos incesantes, era el mismo. La
tierra se convirtió en objeto de culto y adoración.
Desde estos siglos lejanos, desarrollar tecnologías
que permitieran aliviar las faenas y mejorar los cultivos se convirtió
en principal objetivo. Los conocimientos que desde el neolítico
hemos adquirido de la agricultura es tal que, hoy, la raza humana
sólo requiere espacio para ver sus frutos. Pero pese a que
el suelo, la tierra fértil, es esencial para la supervivencia
humana, y para asegurar la alimentación de más de
cinco mil millones de seres humanos, cada día que pasa nuestro
planeta ve reducido sus espacios de siembra. Se agrava así
el triste problema del hambre, y se pone en riesgo a la humanidad
toda. Mientras la población del planeta crece a un ritmo
vertiginoso, demandando cada vez más alimentos, las hectáreas
dedicadas a tales fines no se incrementan en la misma proporción.
En nuestro país, por ejemplo, en l929, según
lo afirma Basadre, habían l'463,867 Ha bajo cultivo. Hoy
esa cifra se ha reducido en casi catorce mil hectáreas. Miles
de hectáreas menos para alimentar a una población
cinco veces mayor. Y lo mismo ocurre en el resto del globo.
En la actualidad, sólo una pequeña
porción del mundo está siendo cultivada: un apretado
once por ciento del total de tierras disponibles, es decir más
o menos mil quinientos millones de hectáreas. Conociendo
estas cifras parecería evidente que las posibilidades de
expansión son grandes, sin embargo las cosas no son tan simples...
Un planeta sin tierras...
En nuestro planeta las tierras fértiles y
buenas para la agricultura, no son muchas. De las hectáreas
libres, donde se podría desarrollar la agricultura más
de la cuarta parte resultan demasiado áridas, otro tanto
está salinizada, o posee elevadas concentraciones de otras
sustancias que impiden el desarrollo de cultivos saludables. Una
superficie similar posee una capa fértil muy frágil
y rápidamente agotable, la superficie restante o bien está
permanentemente encharcada, o bajo hielos eternos. Pero, como bien
lo dice Robin Clarke, conocido escritor británico y asesor
de la ONU y la FAO, "eso no significa que toda esa tierra sea
inútil; el agua podría drenarse, y las tierras secas
regarse. Aun así, la superficie de tierra potencialmente
cultivable, sólo alcanza los tres mil millones de hectáreas"
(es decir solamente el doble de la cifra actual, mientras la población
aumenta mucho más).
Conociendo estas cifras es más fácil
comprender por qué la necesidad de proteger, en todo el mundo,
las pocas tierras de cultivo es un asunto impostergable. Nuestra
historia es una diaria lucha por atenuar los graves problemas por
los que atraviesa nuestra especie; uno de ellos, y sin duda el más
doloroso, es el del hambre. Es cierto que varios son los factores
que contribuyen a profundizarlo, el excesivo crecimiento de la población,
la desigual distribución de los alimentos y el gasto de muchos
gobiernos en acciones poco productivas como el armamentismo y la
investigación bélica hace que (literalmente) media
humanidad muera de hambre.
Las limitaciones en la creación y difusión
de técnicas agrícolas, y la pérdida de suelos,
amenazan con dejar sin alimentos a esa otra media humanidad que,
hoy, vive relativamente tranquila.
Protegiendo los suelos fértiles, aseguramos
el sostenimiento de la vida toda del planeta...
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