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"Hacia
el final de enero el mar se iba volviendo áspero, empezaba
a vaciar sobre el pueblo una basura espesa y pocas semanas después
todo estaba contaminado de su humor insoportable", con esta
frase inicia García Márquez uno de sus cuentos: "El
Mar del Tiempo Perdido". Y de haber estado el 19 de marzo en
la caleta de San José, Chiclayo, lo que hubiera visto salir
de las aguas habrían sido peces, millones de peces, que por
motivos que los científicos no logran aún descifrar,
terminaron sobre las blancas arenas formando una muralla de siete
mil metros de largo.
Algunos pescadores hablaron de milagro, otros del fin del mundo.
Surgieron las hipótesis; un calentamiento repentino de las
aguas, una misteriosa explosión o algún desconocido
y mortífero virus.
Nadie sabe a ciencia cierta lo
que significa este fenómeno, pero todos concuerdan en que
no ha de ser nada bueno. Los ambientalistas opinan que la agonía
de los seres del agua es, quizá, el aviso del caos futuro
que nos espera; un episodio que ilustra el modo terrible en que
hemos alterado los ecosistemas del planeta Tierra...
El lunes 19 de marzo los pobladores
de la caleta de San José, en Chiclayo, celebraban el día
de su santo patrono. Cantos, risas y discursos le tapaban la boca
al viento de las doce, mientras los cobrizos hombres de mar hablaban
de sus redes, sus luchas contra las olas y cómo tejer sus
sueños.
Las mujeres adornaban la oscuridad
de sus cabelleras, y sonreían al ver a los hijos corriendo
descalzos en la plaza.
Manos fuertes y curtidas, se
apretaban en sinceros saludos; los más viejos recordaban,
con cierta nostalgia en la mirada, otras fiestas de San José
más coloridas y más prósperas.
A lo lejos el mar y su eco. La
espuma rompiendo su blancura contra el viento y las arenas arrastradas
por su inexorable destino. El grito quebrado de alguna gaviota solitaria.
El calor y el perfume de la sal, tan espesos, que casi podían
descifrarse en el paisaje. La caleta lucía como siempre,
nada hacía presagiar que los peces dejarían el mar...
A las pocas horas una muralla
de sardinas, tollos, chitas y hasta cangrejos, empezó a formarse
en la playa. Muchos hablaban de milagro, otros más temerosos
recordaron que un día el mundo habrá de terminar y
creyeron que es era el día. Algún pescador recordó
la contaminación de esos mares por el vertido de desechos
industriale. ¿Podrían estar las aguas tan inmundas
como para que ni los propios peces las soporten?. Ante la mirada
absorta de los pobladores el mar siguió vomitando millares
de peces que muchos optaron por recoger.
Tantos peces arrojó el
mar que, uno sobre otro alcanzaron un metro de altura sobre siete
mil metros de playa; luego empezaron a podrirse. Las autoridades
emprendieron la limpieza y fumigación de las arenas para
evitar que el "regalo de las aguas" se convirtiera en
un foco de infección y que alguién consumiera este
pescado que empezaba a descomponerse.
Especialistas del Instituto del Mar del Perú (Imarpe) llegaron
a San José para investigar lo ocurrido. Fueron tres las hipótesis
sobre el episodio: un extraño virus, una gran explosión
en el fondo del mar o el calentamiento repentino de las aguas. El
Imarpe, emitió un comunicado estableciendo que "el acercamiento
a la costa de una corriente cálida con bajo contenido de
oxígeno" había sido la causa del fenómeno.
Es decir: los peces murieron por...¡asfixia!; aunque parezca
increíble, existen otras oprtunidades en que esto ha ocurrido.
Truchas "locas" en
Suecia...
Hace no mucho, un pisicultor sueco no podía
creer lo que veía; sus truchas parecían enloquecidas
y nadaban con la cabecita fuera del agua. Luego de observarlas por
un rato le pareció como si, víctimas de una súbita
asfixia, los peces trataban de atrapar algo del oxígeno del
aire, esto le pareció imposible. Pese a que no vio ninguna
alteración peculiar en las aguas, a los dos días las
truchas empezaron a morir.
Los estudios posteriores demostraron que fue el inicio
de una "marea roja", un fenómeno que afecta regularmente
a los polucionados y heridos mares del norte. La "marea roja"
se ha presentado en nuestras costas en varias oportunidades, y es
una suerte de mancha de muerte de dos o tres metros de espesor que
alcanza decenas de kilómetros de extensión. Arrastrada
por las corrientes, va asesinando toneladas de seres acuáticos
a su paso. Estos rojos y devastadores episodios se han repetido
en las costas orientales de Estados Unidos, Hong Kong, Guatemala
y otros puntos del globo.
Se sabe que las manchas de muerte, si bien ocurren
algunas veces por fenómenos perfectamente naturales, son
una dramática consecuencia de la forma en que la sociedad
contemporánea ensucia las aguas.
El vertido de desechos agrícolas, y los desagues
domésticos, que llevan hasta los mares las espumas de los
detergentes, sirven de"abono", a diminutas y microscópicas
algas que luego resultan mortíferas.
Toneladas de algas se desarrollan descontroladamente
y, al empezar a corromperse, roban el oxígeno al agua; esto
lo que se conoce como "eutrofización". No es raro,
pues, que los peces mueran asfixiados en aguas pútridas como
esas.
Una casa muy sucia
Alguna vez, la casa de los peces fue transparente y perfumada; los
ríos, lagos y mares del planeta eran un líquido imperio
donde reinaba el equilibrio. Hoy, esa casa está muy sucia
debido al vertido intensivo de millones de toneladas de residuos
org nicos, agrícolas, industriales, mineros y hasta radiactivos
que causan la muerte periódica de flora y fauna marina. En
opinión de los expertos las profundidades oceánicas
no han sido afectadas tan gravemente pero consideran que los estragos
causados en los mares ribereños y ríos pueden ser
responsables por los desequilibrios que se observan alrededor del
mundo (no olvidemos que a los pocos días del fenómenos
de Chicalyo, millones de tortugas vararon en una playa colombiana).
Parecería, pues, que hemos condenado a los océanos
a quedarse despoblados.
En el caso de caleta San José, es bueno recordar
que esas aguas saladas, como las restantes de Chiclayo, son unas
de los más contaminadas del Perú; decenas de industrias
descargan sustancias eutrofizantes en el mar. Puede que allí
las varazones se conviertan en asunto cotidiano. Pero los peces
no sólo agonizan por las suciedades del mar...
Otros estragos
Aparte de la agonía causada por la contaminación
química de las aguas, los peces tienen que soportar otras
agresiones. La contaminación térmica de las aguas,
esa artificial elevación de la temperatura luego de utilizarlas
en la refrigeración de centrales de energía nuclear,
causa la muerte de muchas especies acuáticas.
En el mundo líquido, las temperaturas son
relativamente constantes, las variaciones determinan el ciclo reproductivo
y la distribución de muchas de las especies y especialmente
de la base de la cadena alimenticia: el plankton.
Algunas veces ocurren cambios bruscos de temperatura
por causas naturales; este es el caso del fenómeno del "Niño",
las consecuencias de estas alteraciones son por todos conocidas.
Las cuantiosas pérdidas generadas por el "Niño"
pueden ser repetidas, pues, por el hombre y no sólo en el
caso de las aguas vertidas por las centrales de energía.
A decir de los científicos el futuro del planeta
está que arde. Mucho se habla, en estos tiempos, de la elevación
global de la temperatura a causa del "fenómeno invernadero".
Una alteración climática, que se cree, derivada del
abuso en la quema de combustibles fósiles. Este calor repercutirá,
de hecho, sobre los océanos aguas (ya se han registrado temperaturas
más altas en muchos de los mares del mundo); probablemente
esto resulte en la muerte masiva de miles de especies, que no se
adaptarán al cambio, y en la aparición de atípicos
y mortíferos organismos.
Por increíble que parezca, los humos de las
ciudades también terminaran por asfixiar a los seres del
agua.
Persiguiendo peces
Mucho antes que el hombre aprendiera a cultivar la tierra e inclusive
a cazar, ya había descubierto, en el pescado, un excelente
alimento. Con redes, venenos, dinamita, arpones y anzuelos los ha
estado sacando de la liquidez; cualquier sistema ha parecido bueno
se de pescar se trata.
La sofisticada tecnología actual, permite
a los seres humanos ubicar bancos de peces hasta en los más
ocultos recovecos del fondo marino; así, cada año
que pasa, se lograran extraer más de setenta millones de
toneladas. Esta pesca intensiva y depredadora no toma en cuenta
los procesos naturales de reproducción así es que
muchas especies, altamente nutritivas, han sido puestas en peligro.
Pese a que la pesca es un importante recursos, en el Perú
no se le maneja adecuadamente, quien opine lo contrario recuerde
el episodio de la anchoveta en los años setenta. Se trata
de una actividad que significa sustento para miles de peruanos,
alimentación para millones y la base sólidas industrias.
Es evidente que se requiere un cambio de actitud frente al mar y
sus habitantes...
Debemos emprender la recuperación de los oceános
del planeta y no sólo porque allí se recicla el ochenta
por ciento del oxígeno del planeta, sino por que, bajo las
aguas hoy polucionadas, nadan las proteínas que aseguran
el futuro de nuestra especie.
Las naciones del mundo deben apuntar a una racional
explotación de los productos hidrobiológicos. La pesca
debe encaminarse preferencialmente para atender la demanda interna
de cada país, y realizarse de una manera sostenida.
Es hora de comprender el papel que tiene el mar,
y el resto de la naturaleza, dentro de los ciclos biológicos,
químicos y físicos de los que dependen la supervivencia
humana.
La alteración ocurrida en San José,
es sin duda un mensaje. La lenta agonía de los peces podría
ser el aviso de la agonía que le espera a la humanidad toda...
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