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A
través de los siglos, leyendas, mitos y anécdotas,
han contado de la mística y entrañable relación
que existe entre seres humanos y delfines. Alrededor del globo,
en todos los mares donde habitan, se les menciona con simpatía
y no es para menos. Muchos son los que aseguran haber sido
salvados por estos mamíferos.
Algunos cuentan, por ejemplo,
que estaban siendo devorados por las aguas cuando, de pronto, apareció
milagroso un delfín que los llevó hasta una playa;
otros dicen que un fue un delfín él que los defendió
del feroz ataque de un tiburón.
Espisodios como estos, pues,
son los que han hecho que de las criaturas de los mares sean los
delfines quienes gozan de nuestras mayores simpatías. Pero
pese a tenernos -aparentemente- de su lado, están en problemas,
y aunque nos resistamos a creerlo, somos nosotros sus verdugos.
La forma, por ejemplo, en que día a día envenenamos
su casa -el mar- está causando su aniquilación.
Alrededor del globo, según consta en cables
de las últimas semanas, agonizantes delfines, llenos de tumores
y heridas, están yendo a morir a diferentes playas; tristes
episodios que se vienen repitiendo desde hace, ya, algunos años.
Además, pescadores artesanales, de todas las aguas, los matan
a golpes para después comercializar su cotizada carne, que
en nuestro país se vende con el nombre de `mushame'. Y por
si esto no fuera suficiente: la pesca `industrial' utiliza gigantescas
redes (de hasta ¡setenta kilómetros!, también
aquí) para `aligerar' sus operaciones, algo que amenaza no
sólo a los delfines, sino a muchas otras especies que tienen
los mares por hogar.
En esta página publicamos una nota de John
Barrat (del Servicio Noticioso del Smithsonian Institut) que pasa
revista a los problemas que causan el uso de estas redes y a los
últimos estudios efectuados por esa prestigiosa institución
sobre el tema de los cetáceos. Investigaciones que esperamos
contribuyan a enseñarnos cómo proteger al simpático
delfín de nuestras devastadoras actividades.
Es posible que el atún sin delfín no tenga mejor gusto,
pero para mucha gente es mucho más fácil de tragar.
A nadie le gusta un sandwich con sabor a culpa.
Las tres mayores empresas enlatadoras de atún
de los Estados Unidos (Star Kist, Bumble Bee y Chicken of the Sea)
aceptaron ese principio este año, cuando acordaron dejar
de comprar atún pescado con métodos que causan la
muerte del delfín del Pacífico. Organizaciones dedicadas
a la preservación de la naturaleza están tratando
ahora de convencer a compañías atuneras extranjeras
a que hagan lo mismo.
La muerte sigue rondando en altamar
Pero a pesar de la decisión, los delfines
continúan muriendo en el interior de las redes de arrastre,
de cincuenta a setenta kilómetros de longitud, empleadas
normalmente para atrapar otros peces, incluyendo calamares, además
del atún. Asimismo, la preocupación en torno al futuro
de los delfines se ha agravado desde l987 debido a la muerte de
aproximadamente la mitad de la población de ese cetáceo
a lo largo de la cos ta atlántica de los Estados Unidos,
causada por una enfermedad parecida al SIDA. Millares de delfines
arrastrados a la costa por la marejada presentaban lesiones cutáneas,
inanición e infecciones virósicas atribuidas a los
efectos de toxinas naturales y sintéticas. Un fenómeno
similar causó la muerte de varios centenares de delfines
en lo que va del año en el Golfo de México.
Poco se sabe de ellos
Aunque se ha aprendido mucho sobre la conducta y
la inteligencia de delfines cautivos, el estudio de cómo
estos animales viven y sobreviven en mar abierto ha sido difícil
y lento. Los delfines en su medio natural son tímidos, casi
imposible de seguir y pasan la mayor parte del tiempo bajo el agua.
No obstante con el fin de ayudar a que los delfines
sobrevivan a las acciones, a menudo devastadoras, del hombre, es
fundamental obtener una visión más clara de cómo
viven `normalmente', dice el doctor James Mead, director del Programa
de Mamíferos Marinos de la Institución Smithsonian,
con sede en el Museo Nacional de Historia Natural en Washington,
D.C. `Lo que desconocemos acerca de esto animales bastaría
para llenar una biblioteca', afirma. `Un noventa y nueve por ciento
de lo que se lee acerca de ellos es anécdota e hipótesis'.
Las investigaciones sobre delfines y ballenas que
efectuaron Mead y Charles Potter, otro experto del Smithsonian,
contribuyeron a clarificar algunos de los mitos que rodean a estos
animales y ayudaron a fundamentar el caso contra los abusos por
parte de la industria atunera.
A mediados de los setenta, por ejemplo, Mead recibió
los restos de cientos de delfines del Pacífico que habían
sido encontrados en redes de atuneros norteamericanos, congelados,
y despachados a su laboratorio. Varios expertos examinaron cuidadosamente
los delfines muertos, uno por uno, y descubrieron que los pesqueros
estaban dando muerte a diferentes especies y subespecies de delfín
del Pacífico, no solo unos pocos como se había creído.
Aunque los animales eran casi idénticos en apariencia `cada
subespecie es un conjunto único de animales que vive en un
habitat marino particular' señala Potter.
`Conocer las zonas que estos diferentes subgrupos
ocupan en el océano es importante. De otra forma, alguien
podría planear perforar un pozo petrolero o arrojar residuos
en un hábitat de importancia crítica'.
Flotas peligrosas
Los científicos comenzaron a preocuparse que
las grandes flotas atuneras estuvieran explotando excesivamente
ciertas zonas, llevando a la extinción a algunas subespecies
de delfines. En 1972 el Congreso norteamericano aprobó leyes
que limitaron el número de delfines que podían ser
muertos anualmente. En respuesta, la industria atunera desarrolló
redes y técnicas de pesca especiales que redujeron considerablemente
el número de delfines muertos o lastimados.
`Actualmente, los delfines, como también cientos
de otras especies de tiburones, peces, tortugas, focas y pájaros,
mueren ahogados por millares en redes de arrastre que básicamente
están arrasando los océanos', señala Potter.
`Las embarcaciones que arrastran este tipo de red en busca de cierto
tipo de pez matan millares de otros animales en la operación.
Esas criaturas son arrojadas de vuelta al mar, muertas'.
Normalmente, Mead y Potter obtienen la mayor parte
de su información de las carcasas de animales arrastradas
a la costa por la marea, no de los atrapados en las redes de pesca.
Una cadena de contactos personales que se extiende a lo largo de
las costas del Atlántico y del Pacífico, como también
de Alaska y Hawaii, los alerta el año entero de la aparición
de restos de mamíferos marinos.
El examen contenido de sus estómagos, de su
morfología externa, de sus vías reproductivas y otros
órganos proporciona valiosos detalles acerca de la historia
de la vida del animal. Un estómago lleno de calamares en
un delfín del Atlántico, por ejemplo, revela a los
estudiosos que el animal vivía donde abundan los calamares,
lejos de la costa. Un tipo diferente de delfín del Atlántico
que vive cerca de las playas se alimenta solo de peces, como las
truchas de mar.
`Aun sin saber que comían, a menudo podemos
determinar el origen de un animal por el tipo de parásitos
que tenía', explica Mead. `Cada tipo de delfín lleva
en su organismo un conjunto único de lombrices. Algunos provienen
de la comida que digiere y otras son transmitidos del generación
en generación'. Mead y Potter están examinando ahora
lo que creen es un vínculo entre parásitos y alto
índice de mortalidad entre delfines jóvenes.
Y además: contaminación
Desafortunadamente, los contaminantes tóxicos
también se han tornado normales para los delfines y el Programa
de Mamíferos Marinos ha documentado una gama de agentes contaminantes
encontrados en sus organismos, con altas concentraciones de DDT,
PCB, mercurio y clordano. `Tan elevadas, realmente, que si se tratara
de variedades comerciales de peces, ciertamente los delfines serían
tachados como inaceptables para el consumo humano'.
Potter destaca que los delfines están en el
tope de la cadena alimenticia oceánica y adquieren esas sustancias
contaminantes de los peces que comen: truchas, caballa y otros similares.
`Esos son los mismos tipos de pescado que uno encuentra en el restaurante',
advierte.
`En el caso de los mamíferos, las toxinas
se acumulan en los tejidos grasos, como el hígado', señala
Mead. La presencia de niveles subletales de toxinas afecta a los
mamíferos debilitándoles el sistema de inmunidad y
haciéndolos susceptibles a enfermedades que sus organismos
normalmente podrían resistir. Durante la enorme extinción
de delfines del Atlántico ocurrida en 1987 se observaron
signos de debilitamiento del sistema inmune de los animales muertos.
Cuando examinan un delfín en su laboratorio,
Mead y Potter conservan cuidadoso registro del tamaño y peso
del animal. Se le extraen muestras de tejidos vitales (piel, corazón,
hígado, cerebro, riñones y músculo) que son
compartidas con otros estudiosos de la especialidad.
Algunas muestras son congeladas en nitrógeno
líquido para ser usadas en estudios de sus ADN, mientras
que otras son conservadas para emplearlas como pautas de comparación
en la medición futura de contaminantes en los océanos.
Las demás son preservadas en alcohol etílico para
efectuar estudios anatómicos y clínicos.
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