Diario El Comercio Lima -Perú
15-09-1990

 
Delfín : Ni en el mar está seguro
 

A través de los siglos, leyendas, mitos y anécdotas, han contado de la mística y entrañable relación que existe entre seres humanos y delfines. Alrededor del globo, en todos los mares donde habitan, se les menciona con simpatía y no es para menos. Muchos son los que aseguran haber sido salvados por estos mamíferos.

Algunos cuentan, por ejemplo, que estaban siendo devorados por las aguas cuando, de pronto, apareció milagroso un delfín que los llevó hasta una playa; otros dicen que un fue un delfín él que los defendió del feroz ataque de un tiburón.

Espisodios como estos, pues, son los que han hecho que de las criaturas de los mares sean los delfines quienes gozan de nuestras mayores simpatías. Pero pese a tenernos -aparentemente- de su lado, están en problemas, y aunque nos resistamos a creerlo, somos nosotros sus verdugos. La forma, por ejemplo, en que día a día envenenamos su casa -el mar- está causando su aniquilación.

Alrededor del globo, según consta en cables de las últimas semanas, agonizantes delfines, llenos de tumores y heridas, están yendo a morir a diferentes playas; tristes episodios que se vienen repitiendo desde hace, ya, algunos años. Además, pescadores artesanales, de todas las aguas, los matan a golpes para después comercializar su cotizada carne, que en nuestro país se vende con el nombre de `mushame'. Y por si esto no fuera suficiente: la pesca `industrial' utiliza gigantescas redes (de hasta ¡setenta kilómetros!, también aquí) para `aligerar' sus operaciones, algo que amenaza no sólo a los delfines, sino a muchas otras especies que tienen los mares por hogar.

En esta página publicamos una nota de John Barrat (del Servicio Noticioso del Smithsonian Institut) que pasa revista a los problemas que causan el uso de estas redes y a los últimos estudios efectuados por esa prestigiosa institución sobre el tema de los cetáceos. Investigaciones que esperamos contribuyan a enseñarnos cómo proteger al simpático delfín de nuestras devastadoras actividades.

Es posible que el atún sin delfín no tenga mejor gusto, pero para mucha gente es mucho más fácil de tragar. A nadie le gusta un sandwich con sabor a culpa.

Las tres mayores empresas enlatadoras de atún de los Estados Unidos (Star Kist, Bumble Bee y Chicken of the Sea) aceptaron ese principio este año, cuando acordaron dejar de comprar atún pescado con métodos que causan la muerte del delfín del Pacífico. Organizaciones dedicadas a la preservación de la naturaleza están tratando ahora de convencer a compañías atuneras extranjeras a que hagan lo mismo.

La muerte sigue rondando en altamar

Pero a pesar de la decisión, los delfines continúan muriendo en el interior de las redes de arrastre, de cincuenta a setenta kilómetros de longitud, empleadas normalmente para atrapar otros peces, incluyendo calamares, además del atún. Asimismo, la preocupación en torno al futuro de los delfines se ha agravado desde l987 debido a la muerte de aproximadamente la mitad de la población de ese cetáceo a lo largo de la cos ta atlántica de los Estados Unidos, causada por una enfermedad parecida al SIDA. Millares de delfines arrastrados a la costa por la marejada presentaban lesiones cutáneas, inanición e infecciones virósicas atribuidas a los efectos de toxinas naturales y sintéticas. Un fenómeno similar causó la muerte de varios centenares de delfines en lo que va del año en el Golfo de México.

Poco se sabe de ellos

Aunque se ha aprendido mucho sobre la conducta y la inteligencia de delfines cautivos, el estudio de cómo estos animales viven y sobreviven en mar abierto ha sido difícil y lento. Los delfines en su medio natural son tímidos, casi imposible de seguir y pasan la mayor parte del tiempo bajo el agua.

No obstante con el fin de ayudar a que los delfines sobrevivan a las acciones, a menudo devastadoras, del hombre, es fundamental obtener una visión más clara de cómo viven `normalmente', dice el doctor James Mead, director del Programa de Mamíferos Marinos de la Institución Smithsonian, con sede en el Museo Nacional de Historia Natural en Washington, D.C. `Lo que desconocemos acerca de esto animales bastaría para llenar una biblioteca', afirma. `Un noventa y nueve por ciento de lo que se lee acerca de ellos es anécdota e hipótesis'.

Las investigaciones sobre delfines y ballenas que efectuaron Mead y Charles Potter, otro experto del Smithsonian, contribuyeron a clarificar algunos de los mitos que rodean a estos animales y ayudaron a fundamentar el caso contra los abusos por parte de la industria atunera.

A mediados de los setenta, por ejemplo, Mead recibió los restos de cientos de delfines del Pacífico que habían sido encontrados en redes de atuneros norteamericanos, congelados, y despachados a su laboratorio. Varios expertos examinaron cuidadosamente los delfines muertos, uno por uno, y descubrieron que los pesqueros estaban dando muerte a diferentes especies y subespecies de delfín del Pacífico, no solo unos pocos como se había creído. Aunque los animales eran casi idénticos en apariencia `cada subespecie es un conjunto único de animales que vive en un habitat marino particular' señala Potter.

`Conocer las zonas que estos diferentes subgrupos ocupan en el océano es importante. De otra forma, alguien podría planear perforar un pozo petrolero o arrojar residuos en un hábitat de importancia crítica'.
Flotas peligrosas

Los científicos comenzaron a preocuparse que las grandes flotas atuneras estuvieran explotando excesivamente ciertas zonas, llevando a la extinción a algunas subespecies de delfines. En 1972 el Congreso norteamericano aprobó leyes que limitaron el número de delfines que podían ser muertos anualmente. En respuesta, la industria atunera desarrolló redes y técnicas de pesca especiales que redujeron considerablemente el número de delfines muertos o lastimados.

`Actualmente, los delfines, como también cientos de otras especies de tiburones, peces, tortugas, focas y pájaros, mueren ahogados por millares en redes de arrastre que básicamente están arrasando los océanos', señala Potter. `Las embarcaciones que arrastran este tipo de red en busca de cierto tipo de pez matan millares de otros animales en la operación. Esas criaturas son arrojadas de vuelta al mar, muertas'.

Normalmente, Mead y Potter obtienen la mayor parte de su información de las carcasas de animales arrastradas a la costa por la marea, no de los atrapados en las redes de pesca. Una cadena de contactos personales que se extiende a lo largo de las costas del Atlántico y del Pacífico, como también de Alaska y Hawaii, los alerta el año entero de la aparición de restos de mamíferos marinos.

El examen contenido de sus estómagos, de su morfología externa, de sus vías reproductivas y otros órganos proporciona valiosos detalles acerca de la historia de la vida del animal. Un estómago lleno de calamares en un delfín del Atlántico, por ejemplo, revela a los estudiosos que el animal vivía donde abundan los calamares, lejos de la costa. Un tipo diferente de delfín del Atlántico que vive cerca de las playas se alimenta solo de peces, como las truchas de mar.

`Aun sin saber que comían, a menudo podemos determinar el origen de un animal por el tipo de parásitos que tenía', explica Mead. `Cada tipo de delfín lleva en su organismo un conjunto único de lombrices. Algunos provienen de la comida que digiere y otras son transmitidos del generación en generación'. Mead y Potter están examinando ahora lo que creen es un vínculo entre parásitos y alto índice de mortalidad entre delfines jóvenes.

Y además: contaminación

Desafortunadamente, los contaminantes tóxicos también se han tornado normales para los delfines y el Programa de Mamíferos Marinos ha documentado una gama de agentes contaminantes encontrados en sus organismos, con altas concentraciones de DDT, PCB, mercurio y clordano. `Tan elevadas, realmente, que si se tratara de variedades comerciales de peces, ciertamente los delfines serían tachados como inaceptables para el consumo humano'.

Potter destaca que los delfines están en el tope de la cadena alimenticia oceánica y adquieren esas sustancias contaminantes de los peces que comen: truchas, caballa y otros similares. `Esos son los mismos tipos de pescado que uno encuentra en el restaurante', advierte.

`En el caso de los mamíferos, las toxinas se acumulan en los tejidos grasos, como el hígado', señala Mead. La presencia de niveles subletales de toxinas afecta a los mamíferos debilitándoles el sistema de inmunidad y haciéndolos susceptibles a enfermedades que sus organismos normalmente podrían resistir. Durante la enorme extinción de delfines del Atlántico ocurrida en 1987 se observaron signos de debilitamiento del sistema inmune de los animales muertos.

Cuando examinan un delfín en su laboratorio, Mead y Potter conservan cuidadoso registro del tamaño y peso del animal. Se le extraen muestras de tejidos vitales (piel, corazón, hígado, cerebro, riñones y músculo) que son compartidas con otros estudiosos de la especialidad.

Algunas muestras son congeladas en nitrógeno líquido para ser usadas en estudios de sus ADN, mientras que otras son conservadas para emplearlas como pautas de comparación en la medición futura de contaminantes en los océanos. Las demás son preservadas en alcohol etílico para efectuar estudios anatómicos y clínicos.