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En una danza eterna
gira la Tierra alrededor del sol, girando sobre si misma; inexorable
y mágica trayectoria, que determina la duración de
la luz y las sombras de todos nuestros días. Al ciclo completo
llamamos año, y con cuatro rostros se nos presenta: verano,
otoño, invierno, primavera son resultado de ese exacto movimiento.
Esto sabemos, y lo hemos aprendido descifrando a
la naturaleza a través de siglos. Y así como la tibieza
nos dice que el invierno se está despidiendo, los capullos
a punto de reventar y la porfiada insistencia de la hierba por alcanzar
la más alta estrella azul, son como voces que gritan: ¡llega
la primavera!. Pero, ¿cómo saben las pl antas que
ya es tiempo de desperezarse y retoñar?...
Pequeñitos y verdes ojos nos miran desde las ramas desnudas.
Algo ha despertado, de pronto, al oscuro esqueleto del árbol.
Y no es la primera vez...así ha sucedido desde siempre. Año
tras año (por tantos que nadie puede precisar cuántos),
con puntualidad de relojero, un imperio que parecía derrotado
empieza a tomar por salto el paisaje.
Las hojas caídas del otoño renacen,
la hierba alarga su talle mucho más azul y perfumada; y las
flores, como un bostezo de colores, extienden sus alas tratando
de imitar a las mariposas. Sí, llegó la primavera
pero ¿quién despertó de su letargo invernal
a las plantas? ¿Cómo supieron que la primavera llegaba?
Muchos pensarán: "obvio, las plantas
lo saben porque las temperaturas son ahora más elevadas".
¡Error!, si este hecho fuera la clave, las pobrecitas plantas
hubieran enloquecido con aquellos breves períodos cuando
el sol se las ingenió para hacernos sentir su calor en mitad
del invierno.
Claves secretas
Ya que los cambios de temperatura (como única señal
indicadora) resultaría muy perjudicial; las plantas han aprendido
a descifrar varias y complejas claves ambientales. Códigos
secretos que no son iguales para todas las plantas, además,
diferentes partes de una misma planta están capacitadas para
responder a más de una señal.
En el caso concreto de la temperatura (el frío
es de hecho una de las claves), los científicos han descubierto,
por ejemplo, que ciertos brotes de árboles deben ser expuestos,
por lo menos, a una cantidad mínima de frío para "comprender"
que vendrá la primavera. Dicen los especialistas, que los
receptores del frío (que ponen a las plantas en estado inactivo)
son individuales, y que no están distribuidas, ni tienen
conexión con otras, a lo largo de la planta. Sólo
así se explica que al congelarse determinada yema de una
planta, como la lila por ejemplo, sea aquella la única en
florecer.
Aunque nadie sabe a ciencia cierta cómo las
señales externas les informan lo que deben hacer en cada
período del año, se cree que podrían desencadenar
una serie de alteraciones al interior de la planta (como modificaciones
en los niveles de las hormonas vinculadas al crecimiento). Las señales,
quizá, actúen sobre los inhibidores del crecimiento,
neutralizándolos, y elevando las concentraciones de aquellas
que sí lo favorecen. Cuando se alcanza el nivel óptimo
de equilibrio hormonal aparece el crecimiento.
Esto, queda claro, es en el caso de plantas ya desarrolladas,
pero ¿qué ocurre con las semillas y los bulbos?
La luz y la semilla
Muchos bulbos, para germinar
durante la primavera, requieren haber estado expuestos, también,
períodos largos de frío (para tener una idea clara
de bulbo, recordemos a la cebolla: sucesión de carnosas y
nutritivas capas que, en el centro, abriga un brote. En el caso
de las semillas, la vida que sueña escapar de esa prisión
sólo será verdad, dicen los expertos, después
de haber estado expuestas a señales tales como una determinada
cantidad de luz, y otra de frío.
Cuando llega la primavera, con
sus lápices de colores dispuestos a transformarlo todo, semillas
y bulbos ya se han desprendido de sus pieles externas, ayudados
por las bajas temperaturas invernales. Esto permite que sustancias
indispensables para la germinación (como oxígeno y
agua) ejerzan su mágico poder en las profundidades de la
semilla. Se cree que, junto a la pérdida de la capa externa,
se eliminan también, restricciones físicas y ciertos
químicos que impiden el desarrollo. En otros casos, un determinado
lapso de tiempo es lo que necesitan las semillas para comprender
que deben dejar salir la vida de su vientre.
La luz, sabemos, es un elemento
esencial para las plantas: la transforman en sustancias nutritivas
durante el maravilloso proceso de la fotosíntesis. Sin luz
difícilmente sobreviven las plantas, y sólo por ella
revientan en flor los capullos.
Así, pues, se llama fotoperiodicidad
al mecanismo que obliga a la mayoría de plantas a florecer
año tras año, en la misma época. Tal es el
vínculo entre plantas y luz, que estas pueden percibir la
duración de los períodos luminosos y "comprender"
así a qué estación corresponde. Tan delicado
mecanismo depende de un pigmento sensible a la luz llamado fitocroma.
Hay quien sugiere que cuando
una planta "siente" un ciclo apropiado de luz-oscuridad,
las substancias estimulantes del crecimiento son automáticamente
enviadas desde la hoja al capullo. "Leyendo" señales
como éstas es que las plantas logran estallar en una colorida
carcajada llamada... primavera.
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