Diario El Comercio Lima -Perú
22-09-1990

 
¿Cómo saben las plantas que llegó la primavera?
 

En una danza eterna gira la Tierra alrededor del sol, girando sobre si misma; inexorable y mágica trayectoria, que determina la duración de la luz y las sombras de todos nuestros días. Al ciclo completo llamamos año, y con cuatro rostros se nos presenta: verano, otoño, invierno, primavera son resultado de ese exacto movimiento.

Esto sabemos, y lo hemos aprendido descifrando a la naturaleza a través de siglos. Y así como la tibieza nos dice que el invierno se está despidiendo, los capullos a punto de reventar y la porfiada insistencia de la hierba por alcanzar la más alta estrella azul, son como voces que gritan: ¡llega la primavera!. Pero, ¿cómo saben las pl antas que ya es tiempo de desperezarse y retoñar?...

Pequeñitos y verdes ojos nos miran desde las ramas desnudas. Algo ha despertado, de pronto, al oscuro esqueleto del árbol. Y no es la primera vez...así ha sucedido desde siempre. Año tras año (por tantos que nadie puede precisar cuántos), con puntualidad de relojero, un imperio que parecía derrotado empieza a tomar por salto el paisaje.

Las hojas caídas del otoño renacen, la hierba alarga su talle mucho más azul y perfumada; y las flores, como un bostezo de colores, extienden sus alas tratando de imitar a las mariposas. Sí, llegó la primavera pero ¿quién despertó de su letargo invernal a las plantas? ¿Cómo supieron que la primavera llegaba?

Muchos pensarán: "obvio, las plantas lo saben porque las temperaturas son ahora más elevadas". ¡Error!, si este hecho fuera la clave, las pobrecitas plantas hubieran enloquecido con aquellos breves períodos cuando el sol se las ingenió para hacernos sentir su calor en mitad del invierno.

Claves secretas

Ya que los cambios de temperatura (como única señal indicadora) resultaría muy perjudicial; las plantas han aprendido a descifrar varias y complejas claves ambientales. Códigos secretos que no son iguales para todas las plantas, además, diferentes partes de una misma planta están capacitadas para responder a más de una señal.

En el caso concreto de la temperatura (el frío es de hecho una de las claves), los científicos han descubierto, por ejemplo, que ciertos brotes de árboles deben ser expuestos, por lo menos, a una cantidad mínima de frío para "comprender" que vendrá la primavera. Dicen los especialistas, que los receptores del frío (que ponen a las plantas en estado inactivo) son individuales, y que no están distribuidas, ni tienen conexión con otras, a lo largo de la planta. Sólo así se explica que al congelarse determinada yema de una planta, como la lila por ejemplo, sea aquella la única en florecer.

Aunque nadie sabe a ciencia cierta cómo las señales externas les informan lo que deben hacer en cada período del año, se cree que podrían desencadenar una serie de alteraciones al interior de la planta (como modificaciones en los niveles de las hormonas vinculadas al crecimiento). Las señales, quizá, actúen sobre los inhibidores del crecimiento, neutralizándolos, y elevando las concentraciones de aquellas que sí lo favorecen. Cuando se alcanza el nivel óptimo de equilibrio hormonal aparece el crecimiento.

Esto, queda claro, es en el caso de plantas ya desarrolladas, pero ¿qué ocurre con las semillas y los bulbos?

La luz y la semilla

Muchos bulbos, para germinar durante la primavera, requieren haber estado expuestos, también, períodos largos de frío (para tener una idea clara de bulbo, recordemos a la cebolla: sucesión de carnosas y nutritivas capas que, en el centro, abriga un brote. En el caso de las semillas, la vida que sueña escapar de esa prisión sólo será verdad, dicen los expertos, después de haber estado expuestas a señales tales como una determinada cantidad de luz, y otra de frío.

Cuando llega la primavera, con sus lápices de colores dispuestos a transformarlo todo, semillas y bulbos ya se han desprendido de sus pieles externas, ayudados por las bajas temperaturas invernales. Esto permite que sustancias indispensables para la germinación (como oxígeno y agua) ejerzan su mágico poder en las profundidades de la semilla. Se cree que, junto a la pérdida de la capa externa, se eliminan también, restricciones físicas y ciertos químicos que impiden el desarrollo. En otros casos, un determinado lapso de tiempo es lo que necesitan las semillas para comprender que deben dejar salir la vida de su vientre.

La luz, sabemos, es un elemento esencial para las plantas: la transforman en sustancias nutritivas durante el maravilloso proceso de la fotosíntesis. Sin luz difícilmente sobreviven las plantas, y sólo por ella revientan en flor los capullos.

Así, pues, se llama fotoperiodicidad al mecanismo que obliga a la mayoría de plantas a florecer año tras año, en la misma época. Tal es el vínculo entre plantas y luz, que estas pueden percibir la duración de los períodos luminosos y "comprender" así a qué estación corresponde. Tan delicado mecanismo depende de un pigmento sensible a la luz llamado fitocroma.

Hay quien sugiere que cuando una planta "siente" un ciclo apropiado de luz-oscuridad, las substancias estimulantes del crecimiento son automáticamente enviadas desde la hoja al capullo. "Leyendo" señales como éstas es que las plantas logran estallar en una colorida carcajada llamada... primavera.